Según Juan, Alicia tenía 26 años y vivía con sus padres cuando la conoció, iniciaron un romance en la fábrica donde trabajaban juntos y al poco tiempo le puso departamento y se lo amuebló, pero asegura que entre ellos no había intimidad, “ella no quería porque quería que nos casáramos primero”, dice con voz calma al recordarla.
“Estuvimos dos años juntos, yo la visitaba y le llevaba regalos y la consentía, también me encargaba de los gastos del departamento”, comenta mientras mueve la cabeza de un lado para otro en señal de negación.
Agrega que todo iba viento en popa hasta que ella le exigió que dejara a su familia y, ante el rotundo no de Jesús, ella optó por intimar con él para que se decidiera pero, al ver que Juan se mantenía firme en su decisión de seguir con su familia, Alicia lo demandó acusándolo de violación.
“Ya ha pasado mucho tiempo de lo que pasó, la verdad es que ya no le guardo rencor, tal vez me lo merezco por todos los errores que cometí con ella y con mi familia”, añade con un gesto de resignación.
“Mis hijos y mi esposa son mi adoración, son los que me dan fuerza para seguir adelante y no mirar pa’ tras”, dice.
“Ellos saben porque estoy preso, para que decirles mentiras, de alguna manera u otra se iban a enterar, y que mejor que decírselos de frente”, manifiesta al tiempo que toma una bocanada de aire para seguir con la conversación.
Comparte que al principio lo más difícil para él era perdonar, pero lo de ella ya lo ha olvidado, “eso hace mucho que quedó en el pasado”, comenta.
A pesar del infierno que supondría para la mayoría de los reclusos, para Juan estar privado de su libertad le ha servido para reencontrarse a sí mismo, “no soy una perita en dulce, tengo mucha cola que me pisen, por algo el Señor nos pone estas difíciles pruebas”, concluye Juan.
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