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Chihuahua.- Nadie sospecharía que esta adolescente de zapatillas Converse, sentada en una silla que le queda muy grande, es uno de esos casos extraños que los mejores criminalistas de Chihuahua siguen sin explicarse. Ana Carolina mató a sus padres y no tiene la intención de agradarle a nadie.

“La tenemos separada por seguridad” –me dice de entrada un guardia de la fiscalía local. Lo que no me explica es si se trata de la seguridad de Ana Carolina o de los demás.

La jovencita trae unos jeans entubados y una playera de tirantes. No hace otra cosa que mirar al frente, con las manos agarradas a los lados, como si estuviera trepada en un columpio. No mide más de 1.48 metros y está tan flaca como un pájaro.

Podría decirse que Ana Carolina no creció en lo físico, pero sí en lo emocional. Si no fuera una asesina confesa ni tuviera una psicopatología nivel 9 –que en las escalas del FBI está reservada sólo a los homicidas más duros–, el resto de su personalidad concordaría con la descripción de cualquier adolescente.

Mira todas las películas de Zach Efron, tiene una debilidad por la ropa de marca, viaja mucho y Tito “El Bambino” sí que la hace bailar. En otras palabras: es toda una teen cuyos familiares describen como esa niña que puede pasar tardes enteras brincando en el tumbling que está en el patio trasero de su casa.

Ana Carolina fue detenida hace dos semanas. Tiene 17 años y hoy es el centro de un intenso escrutinio criminalístico. Psicólogos e investigadores tratan de entender qué resortes operan en la cabeza de una menor de edad, sin antecedentes de abuso familiar y que en apariencia lo tiene todo, para todavía envenenar y después quemar a sus padres, don Efrén y doña Albertina, el pasado 3 y 4 de mayo. (Por privacidad de la familia se omiten sus apellidos.)

–Encontrarte a una menor de edad que no presenta ningún remordimiento por haber cometido un doble homicidio… es rarísimo –dice David Ochoa, analista criminal de la fiscalía de Chihuahua, a quien recurre el Gobierno del Estado cada vez que necesita el perfil de un asesino.

Ochoa ha recorrido unas 250 escenas del crimen, en los 17 años que ha trabajado en esto. Ha perfilado a enfermos mentales, asesinos pasionales y sicarios, de los que no fallan. Hace mucho tiempo perdió la cuenta de los cuerpos que han desfilado frente a sus ojos. Pero toda su experiencia no le valió de nada hace dos semanas. Le llegó el día de quedarse boquiabierto.

–Las escenas de crimen son como lienzos –explica Ochoa–. En criminología lo llamamos intención. Llegas a una escena y te das cuenta si se excitó el asesino, si es un sádico o si su intención era hacer sufrir a las víctimas. Es como meterte en su mente.

Pero ésta era diferente. A riesgo de sonar poético, diría que quien mató a estas personas no tenía alma. Aquel sábado 4 de mayo, Ochoa se estaba preparando para sentarse con sus hijos a mirar el televisor, cuando un comandante de homicidios le llamó por teléfono.

–¿Te acuerdas del caso de la niña que mató a su amiga y su madre? –le preguntó el judicial.

–¿La que estuvo tres días con los cuerpos? Sí.

–Tenemos uno peor.

El comandante no exageraba: había un doble homicidio que, hasta ahora sigue en la boca de la gente en Chihuahua. Este caso puede desembocar en cadena perpetua para dos adolescentes. Y podría reavivar el debate sobre si un menor de edad debe ser juzgado como adulto bajo ciertas circunstancias.

La historia incluye a tres jóvenes, 13 litros de gasolina, una caja de cerillos Clásicos y una pareja de ancianos millonarios con fin trágico. Y en el centro de todo está Ana Carolina. Una “niña fresa” de 17 años, que estaba por salir de viaje a Venecia y a la que caracteriza un desapego extraño frente al dolor ajeno.

Hace unos días, justo cuando la enviaron a esa celda especial con la silla alta, le preguntaron cómo se sentía después de planear y lograr el asesinato de sus padres.

“Libre”, dijo.

Cadáveres que desconciertan

Los dos cadáveres estaban carbonizados y yacían junto a una barda de hormigón ennegrecido, ahumado, como si ahí hubiera una chimenea. Los peritos determinaron que habían sido incendiados y abandonados apenas hacía unas horas. Por la posición de las manos y los pies, atadas a la espalda, estaba claro que no habían podido defenderse. El desgaste de los dientes en los cadáveres reveló que eran personas ya viejas. Una cadera permitió establecer que una de ellas era mujer, quizá de 60 años de edad.

El otro muerto desconcertaba. Todo indicaba que se trataba de un hombre que rondaba 90 años, algo que hacía el crimen completamente atípico. A escala nacional, menos de 0.09% de los homicidios involucran a personas mayores de 80. ¿De 90? Quizá haya uno o dos casos en 10 años.

A Ochoa no le tomó más de 20 minutos arribar a la escena, en el sur de la ciudad, en un descampado cerca del tristemente célebre parque acuático El Sapo Verde, a cuya desierta periferia acuden con regularidad homicidas para abandonar cuerpos.

–Por allá están– le dijo un policía, aunque no era necesario. Bastaba con seguir el rastro de pasto quemado. Ochoa entró en acción, con su libretita y bata blanca, caminando, dando vueltas, estudiando todos los ángulos del pastizal y los cuerpos. Todo para llegar a ese momento en el que las cosas hacen clic en su cabeza.

Éste vino cuando estudió los rostros de las víctimas. No mostraban ni sorpresa ni terror, emociones que suelen grabarse en un rictus en quienes son asesinados y torturados. No había ceños fruncidos, párpados arrugados o labios contraídos.

–Los tomaron por sorpresa –diría después–. Nunca se esperaron la agresión. Estaban en un ambiente de confianza cuando los mataron.

Los cuerpos quedaron registrados como NN. No identificados.

La solución del caso tomó menos de lo esperado. Sólo 24 horas después del hallazgo cerca del Sapo Verde, un joven de 18 años confesó haber participado en el doble homicidio. Se trata de José Alberto Grajeda Batista, estudiante de quinto semestre de preparatoria.

“¡Ya no puedo más, necesito un psicólogo!”, pidió a investigadores de la Fiscalía, según consta en actas judiciales. Le estaban haciendo preguntas de rutina sobre la desaparición del empresario Efrén L. y su esposa Albertina E., dueños de una decena de bares y expendios de licor en la ciudad, además de distintas propiedades en Chihuahua y Texas. Eran padres adoptivos de su novia, Ana Carolina.

Eran las 17 horas del domingo 5 de mayo y la Fiscalía respondía al reporte de una persona desaparecida, presentado por la familia de Albertina. Desde la tarde del viernes no se sabía de ella y su esposo.

“Efrén estaba acostado en el cuarto y Albertina armando su rompecabezas en la terraza”, reportó Margarita S., la mucama, última persona en verlos con vida. Durante 15 años había trabajado en la casa del matrimonio y, como todos los viernes, salió temprano.

Ahí es en donde entra en escena Ana Carolina. Yeni, como le decían de afecto. Una niña de 17 años adoptada en el DIF local cuando tenía sólo dos meses de edad. Había sido criada por Efrén y Albertina como propia.

El quiebre de José Alberto lo arruinó todo. Ana Carolina ya había sido entrevistada por agentes judiciales en dos ocasiones, en las que se comportó fría y resoluta. Se mantuvo firme: aseguró haber visto a sus padres viernes y sábado, como todos los fines de semana. No fue sino hasta el domingo que se dio cuenta de su desaparición.

–Me desperté y ya no estaban– sostuvo.

El relato, que incluía una detallada lista de visitas a lugares públicos y otras coartadas, se vino por tierra con la confesión de su novio. Compungido, reveló haber participado la noche del viernes, junto con Ana Carolina y otro amigo, Mauro Domínguez, en el asesinato.

Reconstruyó paso a paso una trama que para él comenzó un mes antes, cuando Yeni le llamó para quejarse de que sus padres le habían castigado con el coche.

El diálogo forma parte de su confesión, la cual se dio a conocer públicamente la semana pasada. Concuerda con el testimonio que Ana Carolina rindió después. Tras enterarse de que su novio la había traicionado, aceptó su culpa.

Lo planeó durante un mes

–¡Ya no los aguanto!– dijo la niña.

–Este… ¿Quieres que silencie a tus papás?– preguntó José Alberto, no muy convencido, como en broma. Yeni sonaba histérica.

–¿Es en serio lo que me dices?

–Tú dime. ¿Quieres que lo haga?
–Sí.

La menor que mató e incineró a sus padres adoptivos narró al MP cómo ocurrieron los crímenes. La joven aceptó que durante un mes planeó los homicidios.

Podría decirle que la fotografía de Ana Carolina parece extraída de un catálogo pervert. O que pertenece a una adolescente común y corriente que está jugando con la cámara. Eso lo decide usted, que es quien mira la imagen tomada con un celular. Nos muestra a una niña de coletas, pequeña como un ratón, con los labios pintados de color ocre brillante.

Está lanzando un beso al espejo. Inocente o precoz, queda al juicio subjetivo. Lo que es indiscutible es que detrás de ese beso se encuentra la homicida más extraña que haya visto Chihuahua en mucho tiempo.

Su álbum fotográfico es un paseo por la vida de una adolescente rica: Ana Carolina, Yeni, de minifalda y tacones en las Bahamas. Ana Carolina en Disneyland. Ana Carolina en Miami. Ana Carolina en lo que parece ser una graduación, de vestido de diseñador traslúcido abrazando a su novio, José Alberto.

Son la pareja dispareja: él ni siquiera le ha quitado la etiqueta al traje barato que le queda demasiado largo. Por si fuera poco, coronó su mal gusto acomodándose el cuello de la camisa roja al tipo Tony Montana, encima de las solapas.

–Siempre la vi como una niña chiple (mimada)–, resume Gabriela, compañera de semestre y estudiante de preparatoria en el Tec Milenio de Chihuahua–. Acababa de decir que se iba ir este verano a Venecia. Esas serían sus últimas vacaciones antes de ser enviada a un internado en Estados Unidos.

El viaje, por supuesto, quedó cancelado. En vez de fotos de Ana Carolina en una escuela de la Ivy League o Ana Carolina sonriente en la Plaza de San Marcos, decidió añadir a su vida otra muy diferente. La de su presentación como homicida ante los medios de comunicación, el pasado 6 de mayo.

En la imagen más reciente, Yeni está de pie frente a un rótulo en el que se puede leer “Policía Estatal Única Investigadora”. Lleva un top de tirantes y tiene los últimos rastros de haber usado mousse en su cabello.

Se ve diminuta. Al lado derecho está su novio, con una playera Aeropostale que resalta sus músculos. Al costado izquierdo está un tipo que parece un viejo prematuro. Es Mauro Domínguez y las de su cara no son arrugas.

Tiene el rostro quemado porque se flameó accidentalmente al tratar de desaparecer parte de la evidencia que le vinculaba al homicidio. El coche en el que los tres transportaron los cuerpos sin vida de don Efrén y doña Albertina hacia su incineración callejera. (Los apellidos se omiten por privacidad de la familia).

–Sus papás la amaban mucho – cuenta Jesús Alberto, nieto de don Efrén–. Tenía todo lo que pedía. Una computadora, una lap, un iPad, celular, ropa, un coche, tv en el cuarto. Nunca le negaban nada.

Decir que la familia sigue conmocionada es quedarse corto. Se nota cuando Jesús Alberto se atraganta al hablar de la cercanía entre Ana Carolina y don Efrén, un hombre que en sus 89 años jamás se enfermó y al que todos auguraban llegar a los 110 por ser fuerte como un toro en el retiro.

“Cuando salían a comer ella le escogía los platos. La última vez fue hace como un mes. Le pidió unas flautas”, recordó. “Vaya que el abuelo la amaba. Le decía ‘mi niña’”.

El golpe le pegó más duro a la nana de Ana Carolina, Margarita S. Hoy carga con unas enormes ojeras y parece estar lista para ser hospitalizada. Hasta que se hizo adolescente, uno de sus trabajos había sido el de ser la confidente de Yeni, a la que llevó a numerosas fiestas infantiles. Al álbum se pueden añadir las fotos de una niña vestida de hada.

–¡Era una persona normal cien por ciento! –dice–. La conocí desde bebé. Todos estos años de estar con ella. Lo que le puedo decir es que no tiene nombre lo que hizo. No lo entiendo. Era muy tierna.

Nadie parece encontrar la explicación a la mutación de niña chiple a multihomicida, aunque Jesús y Margarita coinciden en haber notado desde noviembre pasado un cambio en el comportamiento de Ana Carolina.

Quizá nada demasiado raro para una adolescente, pero dejó de comer con sus padres en la casa. Comenzó a pelear a gritos. Pasó más y más tiempo frente a la computadora. Y se volvió cruel con su perro schnauzer.

Lo que Ana Carolina solía contarle en los últimos meses a sus compañeros de la escuela ya era un foco rojo. En secundaria llegó a ser perseguida con el apodo de “Anita La Huerfanita” porque, con papás de 70 y 90 años, era evidente su origen. Parece que el resentimiento la persiguió hasta la preparatoria.

“Un día dijo que le iba a meter un susto a sus papás por no protegerla del bullying”, me dijo Gabriela, quien pidió no ser identificada por su nombre verdadero. “Pero lo tomé a broma porque sabíamos que se llevaba mal con ellos”.

El reporte psicológico que se le hizo a Yeni luego de su detención, nos borra por completo la imagen de la niña que elegía la comida de su padre y lo reemplaza por el retrato de una asesina extremadamente peligrosa. En éste, se advierte que padece de un nivel de psicopatología en la escala de crímenes violentos del FBI al tope. Ella es un nueve de nueve.

El examen reveló trazas de sadismo sexual, una absoluta falta de remordimiento y un distanciamiento paulatino con sus padres. La ruptura –interna y externa– habría iniciado desde la secundaria, desde los años en que estudiaba en el Instituto América, un estricto colegio de monjas en donde sus compañeras abusaban verbalmente de ella.

Bajo el escrutinio de los médicos, Ana Carolina admitió haber desarrollado un mecanismo de protección. Cada vez que la bulleaban, lloraba a voluntad. Se decía a sí misma: llora. Una forma fina de manipulación.

Las conclusiones del reporte criminalístico precisan que el homicidio se fue madurando durante un año. Fueron meses en los que Ana Carolina llegó a germinar la idea. Y a convencerse de que podía hacerlo. Que asesinar a sus padres era “igual que deshacerse de un objeto”.

Dotada presumiblemente de un IQ elevado, Yeni debió entender bien que no tenía el cuerpo para concretar su plan. Una niña de 1.48 y cuarenta y pocos kilos jamás podría asesinar a dos personas, por muy viejas que fueran.

Pero el informe nos confirma que por eso emprendió la búsqueda de lo que psicólogos definen como un proxy: un sustituto con la fuerza física necesaria.

Los detalles del homicidio de don Efrén y doña Albertina salieron a luz el lunes pasado, durante una audiencia en la que el Ministerio Público dio lectura a las confesiones de Ana Carolina y su novio. Fueron 45 minutos tensos, llenos de lágrimas de las familias de las víctimas y los victimarios, sentados lado a lado en el Juzgado 5 de lo penal de Chihuahua.

Ahí, en un tono impersonal que no podía ocultar la realidad de lo que se estaba narrando, un agente describió lo que sucedió entre el viernes 3 y el domingo 5 de mayo.

Por lo que describe, es mejor dejar la narración de los hechos incompleta. La letra fina de esa noche atroz fue redactada por Ana Carolina durante un mes, en el que se hizo de dos cómplices que servirían de músculo. Su novio y Mauro, un amigo que mostró un inusitado interés por participar en la desaparición de dos personas.

Fue ella quien eligió el viernes porque era el día más propicio: Margarita se habría ido por la noche y don Efrén tampoco estaría. Pasaría buena parte de la tarde en su juego semanal de billar, dejando sola a su esposa.

‘Ya no los aguantaba’

En esencia, Ana Carolina preparó una trampa de dos tiempos. Primero prendió la televisión de la sala y esperó a que su padre no estuviera para llamar a su madre a la cocina, con Mauro agazapado detrás de un sillón. “Mamá, no encuentro un ingrediente”, dijo. Cuando Albertina entró a la estancia, fue sorprendida por la espalda. Tenía los ojos clavados en su hija al momento de ser asfixiada con un cable.

Don Efrén nunca tuvo la oportunidad de salvarse. A las 10, cuando regresó de la que sería su última partida de pool, Ana Carolina repitió la operación. “Papá, ¿no vienes a cortar fruta conmigo?”. Esta vez el brazo de Yeni fue José.

Varios elementos adicionales han sorprendido a los investigadores en este caso. Sobre todo, la frialdad y la casualidad –hasta banalidad podría decirse–, con que una niña que convivió toda su vida con una familia pudo deshacerse de sus padres. Como si fuera algo cotidiano. Un hecho más de rutina.

Después del homicidio, Ana Carolina, José y Mauro dejaron los cuerpos en la sala para ir a cenar hot dogs. Remataron con un six de Tecates. Al día siguiente, luego de la incineración cerca del Sapo Verde, los novios se fueron de shopping a medirse los dedos para anillos de compromiso. Por la noche acudieron a celebrar en una fiesta de XV años.

Probablemente la Fiscalía habría encontrado elementos para resolver el caso sin la necesidad de la confesión de José. Pero llama la atención un hecho. Ana Carolina soportó dos interrogatorios sin quebrarse un centímetro. No falló ella. Fue su novio.

Como menor de edad, Ana Carolina será juzgada de forma separada a sus cómplices. A diferencia de José Alberto y Mauro, que enfrentan la posibilidad de ser sentenciados a cadena perpetua por la agravante de haber cometido un feminicidio, ella no recibirá más de 15 años de prisión. Estará libre a los 32 años.

–Como familia de las víctimas le vamos a pedir al Congreso del Estado que modifique la ley– me explicó Jesús Alberto. A raíz de esto deben reducir la edad penal a 16 años. Después de lo que hizo, Ana Carolina va a estar libre muy joven. Sabemos que no puede aplicar a su caso porque no hay retroactividad, pero en el futuro esto es algo que no puede repetirse.

Para quienes la han visto después del homicidio, Ana Carolina no ha mostrado la más mínima señal de arrepentimiento. En las horas iniciales tras su detención, entabló un diálogo absurdo con investigadores de la Fiscalía. Testigos la describen como completamente relajada. “Siempre capaz de sostener la mirada”, delineó un judicial presente.

–¿No te arrepientes?, le preguntó un agente.

–Sí y no. Sí porque ya no me voy a poder casar con mi novio. No, porque ya no aguantaba a mis papás.

–Vamos a suponer que no te hubieran atrapado. ¿Cómo te veías?

–Yo, feliz.