Todo un mundo taurino se reserva en el sitio que habitó con su familia los últimos 16 años en Saltillo; las paredes de cualquier rincón lo hacen presente, pues no existe mínima parte en que no haya un ligero recuerdo de su talento.
Cuadros de todos tamaños, secuencias y todo tipo de fotografías taurinas invaden las paredes del inmueble, formando una verdadera galería al lado de los recuerdos familiares que también están postrados, con mensajes de todo tipo que hablan por sí solos.
SU PASIÓN POR LA FOTOGRAFÍA
Fue en 1972 cuando Armando Rosales inició en la fotografía. Después de estar mucho tiempo hospitalizado por una cornada en el ojo derecho dentro de su faceta como torero, no hallaba de qué manera poder recuperar un poco la visibilidad.
“Se mostraba preocupado, quería desplazarse más porque no podía ver hacia su derecha y trataba de encontrar alguna alternativa”, comenta su esposa, Teresa González.
“En ese tiempo lo invitó a trabajar el licenciando Julio Téllez, que estaba en el Instituto Politécnico Nacional, en México; Armando aceptó y empezó a dar talleres de fotografía, porque creía que de esa forma iba a mejorar un poquito la visualización”, dice.
“Él decía: ¡yo tengo un sólo ojo y ése tiene que trabajar por los dos! pero nunca dejaba la idea de hacerlo pensando en los toros”, añade.
Fue entonces cuando a Téllez le llegó una convocatoria para un curso de fotografía, el cual rechazó y se lo ofreció a Armando.
Gustoso por la posibilidad de que ésa fuera alternativa a su problema, aceptó y fue cuando comenzó a tomarle más interés a la fotografía.
Esto se sumó a la tarea de cada fin de semana para “El Saltillense”, quien ya tenía la encomienda de cubrir las corridas para el IPN en la Plaza México.
Así, con ese gusto por la fotografía, Armando contrajo matrimonio en 1983, procreando a sus tres hijos: Armando Miguel, Teresa Guadalupe y Pablo Daniel.
En 1993 regresó a Saltillo, su tierra natal, pero su fidelidad a su trabajo lo hacía retornar frecuentemente a México para seguir cubriendo las corridas de toros.
“Tenía que estar cada ocho días en México, se iba y se quedaba un mes y luego se venía unas dos semanas, nunca estaba quieto; nosotros le decíamos que trabajaba mucho, pero no le importaba, la fotografía taurina era su pasión”, comenta.
Y es que Armando tuvo algunas ofertas para trabajar como fotógrafo en eventos sociales, pero siempre las rechazó.
“Se llevaba unos 12 rollos y buscaba el momento importante para él; insistía mucho en lo taurino, decía: ‘¡esto es lo mío!’ y yo le contestaba que tal vez no funcionaría económicamente; algunas veces tomó fotografías a los niños en las escuelas, eventos deportivos como motocross y algunas bodas, pero lo hacía por compromiso, cumplía y se volvía a lo suyo”.
VINO EL DECLIVE
La vida de Armando bajó de ritmo, su salud comenzó a complicarse y fue entonces cuando se atendió y se le detectó cirrosis hepática.
“En febrero de 2010 le diagnosticaron cirrosis hepática y a causa de eso fue menos el ritmo de trabajo”.
Sin embargo, su carácter y su pasión por la fotografía lo incitaban a mantenerse siempre de pie, a no dejarse vencer por la enfermedad, la cual siempre afrontó con valentía.
“Estuvo ocho veces hospitalizado y cuando se agravó más fue en julio de 2011; no era muy expresivo, más bien era reservado, pero decía que no se iba a dejar vencer”.
QUERÍA HACER MÁS
“Por eso, momentos antes de morir, su último día de vida, me extrañó que me dijera que ya no podía, decía: ‘¡no me puedo morir, tengo muchas cosas que hacer, tengo que echarle ganas!’”.
“El viernes que estaba en el Seguro me dijo: ‘¿sabes qué? ya me estoy rajando, ya no aguanto más estos dolores’; fue cuando me alarmé porque nunca se había expresado y el haber dicho eso me preocupó”.
EL DESENLACE
Armando siempre utilizó su personalidad para expresarse, pero esta vez no lo hizo para despedirse pues su muerte lo sorprendió conscientemente.
No dijo adiós, partió como todo un torero, como todo un artista; dio la última vuelta al ruedo, como siempre lo deseó, acompañado de sus amigos y familiares y en su plaza, la Plaza “Armillita”.
A su familia le deja un legado, una gran enseñanza, como lo dice su esposa, “pues él pudo salir adelante después de tantos problemas de salud; se levantaba y se iba a trabajar en cualquier corrida, fue un ejemplo de dedicación”.
SUS CENIZAS AL MAR
Sus cenizas descansan en su hogar, al lado de sus obras, pero sólo por un corto tiempo, ya que en un futuro se hará cumplir una de sus voluntades.
“Él me pidió, desde antes de saber que estaba enfermo, que si algún día llegaba a fallecer se incinerara su cuerpo, primeramente; no quería quedar en un panteón, decía que después pasaba el tiempo y ya no lo iban a visitar. Por eso sus cenizas las vamos a echar al mar, como él lo pidió; mi hija Tere estaba viviendo en Cabo San Lucas, fuimos alguna vez y le gustó, y ahí quedarán sus restos, no sabemos cuándo, pero así se hará”.
» Armando Rosales Gámez nació en Saltillo, Coahuila, el 27 de agosto de 1948.
» Se inició como novillero en las fiestas de Encarnación de Díaz y novenarios de Jalisco, Michoacán y Guerrero.
» Cuando estaba a punto de presentarse en la Plaza México, en 1970, un toro de Zotoluca lo hirió en la plaza de Ojo de Agua y perdió el globo ocular derecho.
» Desde entonces prefirió bordar faenas visuales y se dedicó a la fotografía taurina, convirtiéndose a lo largo de 38 años, en uno de los mejores del mundo.
» Su exposición itinerante más reciente se titulaba “Tauridades”, en cuatro tiempos, 50 obras en formato de 70 por 50 centímetros.
» El 23 de noviembre de 1980, Armando Rosales, ya sin la visión del ojo derecho, triunfó en la Plaza “Armillita”, luego de tomar la alternativa de manos de Jesús Solórzano hijo.
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