Tags: universidad en guadalajara, uaaan, saltillo, narro, lengua indígena, gerardo gonzález carrillo, coahuila


Saltillo, Coah.- En sueños, los dioses le dijeron al curandero que lo trajo al mundo que debía llamarlo “Muvie”, un nombre huichol que Gerardo sólo escucha cuando regresa a su comunidad. Aurelia desafió a su hermana para venir a estudiar a la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro y sueña con ayudar a los productores de la sierra Mixe de donde proviene. Mientras, Miguel se enorgullece en decir que tiene una mamá que habla náhuatl.

Se han despojado de sus trajes típicos, pero sus rasgos los distinguen, la gran mayoría son bilingües, aprendieron español escuchándolo o a base de castigos, y aunque la brecha de desigualdad aún es muy grande, su esperanza y el rumor de su lengua apenas se escucha por los caminos norteños de Saltillo.

En los últimos años, la capital de Coahuila se ha convertido en lugar de paso y establecimiento de personas de origen y lengua indígena, Saltillo es la esperanza de jóvenes y madres que provienen de pueblos marginados tratando se desafiar las estadísticas, pues según el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) actualmente en México el 28.2% de la población de 5 años y más, hablante de lengua indígena no sabe leer y escribir, problema que se agrava en el caso de las mujeres.

Silenciosamente la población de lengua indígena ha crecido en el estado, actualmente son 6 mil 105 personas que a veces pasan inadvertidas, pero que dominan lenguas como la náhuatl, que es incluso la más común.

UN HUICHOL EN SALTILLO

“En mi dialecto tengo mi nombre, ‘Muvie’, cuando nacemos, nos saca el curandero y cuando una mujer está embarazada el curandero está al pendiente, al curandero en sueños sus dioses le dicen se va a llamar así y al siguiente día nos da el nombre, me presentó ante el sol y me llamó ‘Muvie’, que es como ahorita que está lloviendo”, revela Gerardo González Carrillo.

El joven llegó hace tres años a Saltillo de una comunidad huichol ubicada en los límites de Jalisco y Nayarit, donde aún no hay carreteras, ni electrificación y para llegar hasta su hogar cada que sale de vacaciones debe caminar ocho horas.

“Conocí a un profesor que hizo en la Narro su maestría y me dijo, ‘sabes qué Gerardo, tienes buen promedio, te vas a la Narro’, me dijo ‘estudia mucho y vas ver que pasas el examen’”, recuerda.

Sus padres creían que estudiaría en la Universidad en Guadalajara, pero se sorprendieron cuando dijo que tenía que tomar un autobús y viajar toda la noche para llegar hasta Saltillo.

“Cuando yo llegué no conocía a nadie, no estaba acostumbrado a ver tanta raza y me daba vergüenza, el español no lo tenía al 100%, en mi pueblo estudié la primaria, pero en dialectos, nos comunicábamos así, en secundaria batallaba mucho sólo decía sí y no, aquí en el primer año cuando exponía yo mismo no me entendía, ahorita ya, yo soy el único huichol que ando por este lado”, dice mientras sonríe.

Sus días transcurren en las aulas y patios de la UAAAN, pero cuando decide salir del internado donde vive, le gusta recorrer Saltillo para pasear y recordar: la Alameda, la Plaza de Armas o el Bosque Urbano, donde evoca a los de su raza, a sus seis hermanos, a sus padres, a sus abuelos y los días hablando en huichol.

“Para mí el huichol es un idioma, porque ahí en mi comunidad lo hablamos todos, pero muchas veces dice la raza que es un dialecto, yo no pienso así, mis papás sí hablan español, pero no me gusta hablarlo con ellos, como ellos empezaron a hablarme en huichol considero una falta de respeto que yo llegue hablando español”, dice Gerardo.

Vestido con jeans, una camiseta tipo polo y una abrigadora chaqueta en la que no penetra ni la lluvia ni el frío, no olvida sus raíces, sino que trata de difundirlas, formó un grupo de música que se llama Inspiración Huichol, él canta y dos compañeros le hacen las voces y se viste con su traje típico cuando ameniza en alguna reunión o evento cultural.

En este momento sólo se concentra en realizar el sueño que lo trajo a Saltillo, graduarse de ingeniero agrónomo en producción, trabajar en el mejoramiento del maíz en alguna empresa por algunos años y, sobre todo, ayudar a su pueblo con los conocimientos que ha adquirido para seguir trabajando la tierra de sus antepasados.

EL ESPAÑOL HASTA QUE DUELA

“Cuando yo era niña veía a mis paisanos que sufrían porque no tenían suficientes ingresos, entonces los maestros me decían que había forma de ayudar a los productores, cómo, especializándome, solita decidí estudiar porque ya no tengo papás, mi hermana me decía ‘no puedes irte a otro estado porque vas a salir embarazada, aquí estás mejor’, pero no le hice caso”, relata Aurelia Reyes José.

Hace tres años llegó a Saltillo de la Región Mixe de Oaxaca, sin más recuerdos que dos blusas bordadas y una servilleta que le bordó su hermana y en el pequeño cuarto que habita junto con otra compañera, su entorno no ha cambiado mucho, aunque tiene servicios que en su comunidad serían inaccesibles como Internet.

Pasa los días de la universidad a su cuarto y es literal, pues el espacio se encuentra dentro de una vecindad en la colonia Bellavista donde le han prestado una cama individual para dormir, mientras que unas bolsas son su guardarropa y una mesita le sirve de tocador y de alacena.

“Tengo una beca académica con esto es suficiente, aquí me cobran 500 pesos mensuales y las comidas las doy en la escuela, realmente no necesito mucho dinero”, dice.

Estudia Economía Agrícola, porque dice que en el bachillerato era la materia que más se le dificultaba, y como le gustan los retos emprendió uno de los más importante, pues está consciente que esta materia es básica para realizar proyectos de producción agropecuaria que tanto hacen falta en la región de donde proviene.

En la región media de la Sierra Mixe viven unos 2 mil 500 habitantes, hace tiempo que dejaron de usar sus trajes típicos y la mayoría de los niños habla español, pues desde hace más de una década los maestros lo impusieron a la fuerza.

“Ahorita los niños ya hablan más español, cuando yo estaba pequeña en la primaria me castigaban mis maestros si hablaba en mixe, me obligaban a hablar en español, si quería ir al baño tenía que pedir permiso en español, si no, no salía, igual si quería pedir prestado algún útil escolar a los compañeritos tenía que hacerlo en español o si no mímicamente nos entendíamos para no recibir malos tratos”, recuerda.

“Mi amiga y yo regularmente hablamos en mixe y si alguien nos mira más lo hacemos, no nos importa el área y si alguien nos mira feo más lo hacemos, no nos importa si alguien nos mira, porque es realmente de nosotras y nos sentimos orgullosas de nuestra lengua”, sostiene.

Aurelia convive a diario con Berenice, quien domina la lengua zapoteca y con Angelina con quien comparte la lengua Mixe, a las tres les ha costado acostumbrarse a ver el desierto y añorar las sierras verdes de Oaxaca, o comer tortillas de harina en lugar de tortillas de nixtamal.

Las tres jóvenes coinciden en una cosa: están orgullosas de su origen y su lengua, aunque en Saltillo a los provenientes de estos pueblos indígenas a veces los juzguen por estar “chaparros, morenos o porque no dominan el español”.

Saltillo las ha arropado, pero sus valores contrastan, pues observan cómo en esta región norteña se respeta poco a los adultos mayores, han visto cómo alguien que habla en lenguas o dialectos lo pierden al casarse con una persona coahuilense, donde se calcula que el 2% de su población es indígena.

MUJER QUE HABLA EN NÁHUATL

Sus rasgos marcados y su acento revelan que proviene de otra región, un lugar donde aún abunda la pobreza que hace años dejó, y que aún le duele en el corazón, el lugar donde andaba descalza y no pudo llegar a la primaria por cuidar a su mamá.

Claudia Martínez arribó a Saltillo hace años desde la huasteca potosina, del pueblo de Xilitla, y hasta su juventud temprana vivió en el ejido Tlacuapa, en el cual se habla la lengua náhuatl.

Desde los 8 años supo lo que era trabajar, la enseñaron a cuidar a sus hermanos, a lavar el nixtamal, a molerlo en el metate para hacer tortillas de maíz, sólo fue una semana a la escuela donde los niños tenían que escribir con la puntita de un lápiz, porque la mitad era para un año y la otra para el que seguía.

Pero ella no tuvo que pasar por esos aprietos, porque tuvo que abandonar la escuela, siendo la más pequeña de su hogar tenía que ayudar a su madre que constantemente enfermaba.

Llegó a Saltillo para cuidar a los hijos de sus padrinos, y para sacar adelante la vida que llevaba en su vientre, la de su hijo Miguel:

“Me gusta mucho que mi mamá hable otra lengua, pero sólo sé algunas palabras, conozco el pueblo de mi mamá, en algunos lugares hay mucha vegetación, pero hay mucha pobreza, ellos tienen que conseguir su comida, están en condiciones muy feas; como siempre me dan mis dominguitos, cuando voy les compro algo a mis abuelitos, les llevo juguetes y lápices a mis primos”, dice Miguel.

El niño cursa el sexto año de primaria, nació en Saltillo donde ha perdido la herencia materna de su madre, pues sólo conoce muy pocas palabras en náhuatl.

“Miguel es el que me ha sacado, a él no le da vergüenza, por eso yo le digo que lo que él aprenda es para él, para que no batalle, porque yo no sé leer ni escribir y ahorita él dice que quiere ser doctor”, comenta la mujer que algún día fue artesana y hoy sobrevive de la venta de zapatos y el apoyo de sus padrinos, quienes hoy la consideran una integrante más de su familia.

“Para aprender ‘castilla’ (castellano) se me hizo muy difícil, aprendí cuando salía a trabajar, aquí me enseñaron, me decían cosas y no podía responder, hasta la escuela de mi hijo he ido a hablar sobre mi estado, mi lengua y cuando me encuentran en la calle me dicen, ‘tú eres la que sabes hablar en náhuatl’ y me da mucho gusto”, concluye sonriendo.

NUMERALIA

En México el 28.2% de la población de 5 años y más, hablante de lengua indígena no sabe leer y escribir.
En Saltillo y su zona conurbada hay cerca de 500 hogares donde se hablan lenguas indígenas.
El 65% de esta población habla náhuatl, el 12% zapoteco, el 10% mazahua, el 8% otomí y el 5% maya.

FRASES

“Ahorita los niños ya hablan más español, cuando yo estaba pequeña en la primaria me castigaban mis maestros si hablaba en mixe, me obligaban a hablar en español”, Aurelia.

“En mi dialecto tengo mi nombre, ‘Muvie’, cuando nacemos, nos saca el curandero… en sueños sus dioses le dicen se va a llamar así y al siguiente día nos da el nombre, me presentó ante el sol y me llamó ‘Muvie’”, Gerardo.

Aurelia convive a diario con Berenice quien domina la lengua zapoteca y con Angelina con quien comparte la lengua mixe, a las tres les ha costado acostumbrarse a ver el desierto y añorar las sierras verdes de Oaxaca.