El muro nos lleva a Altamira, a Alpera, Valtorta, donde los hombres se reconocieron en las primeras aventuras del lenguaje. Nos lleva a la Creta de Minos, escenario de grandes cantos épicos.
Las escaleras se transforman en la antesala del laberinto del Minotauro. El visitante, por unos segundos, se convierte en un Teseo amarrado al hilo de la curiosidad. La antesala nos recuerda que la vida es un burladero que recorremos cada día en espera de llegar al centro, donde habremos de enfrentar nuestros miedos.
No ha llegado el visitante a las salas y las emociones ya se agolpan. Al cruzar el umbral del Museo de la Cultura Taurina el reloj se detiene: es domingo, son las cuatro de la tarde. Lo que sigue son tres tercios alrededor de una manifestación cultural tan antigua y vasta como el hombre mismo.
Arte taurino
No es capricho que la fiesta taurina sea considerada un arte. La bravura del animal y el arrojo del torero son elementos inexorables de las épicas; los pases y lanzas tienen aliento coreográfico; el traje de luces, el trapío y el color de los bureles atraen a cualquier pincel; la nomenclatura de los encastes (zaino, jijón, berrendo, etc) tiene reminiscencias musicales.
Esta relación entre la fiesta de los toros y el arte es el eje de la primera sala. Inicia con un repaso histórico en diferentes cosmogonías, particularmente por su significación religiosa.
La existencia de pictogramas y representaciones escultóricas antiguas teje un puente directo entre este animal y la plástica. Así lo evidencias las reproducciones de cabezas de hastados empotradas en la primera sala, correspondientes a culturas antiquísimas.
La evolución de la fiesta se advierte en una serie de litografías, también apostadas en esta sala, que son reproducciones de un serial de Goya en el que se advierte la influencia del espectáculo imperial romano y se proyecta el refinamiento que fue recibiendo en manos de los andaluces, a medio camino entre Sevilla y Jerez de Frontera.
De esa interdigitación se deriva la música como elemento añadido a la fiesta taurina, también como un elemento romano, pero con identidad taurina gracias a los pasodobles, que en esta sala son explicados en interesantes textos y dos módulos auditivos.
Quizá por el predominio de Hollywood, lleno de prejuicios e impredescible ante lo que le resulta exótico, la fiesta taurina ha pasado por el cine mundial un tanto como personaje bufo. Desde luego, el cine español es la excepción, e incluso en buenos momentos el mexicano. Esta sala resguarda algunos “rushes” de películas emblemáticas, aunque se extrañan fragmentos de “El Mil Faenas” por ejemplo. Estos pueden ser observados en las dos pantallas que cierran la sala.
Segundo tercio
Las dos siguientes salas del museo son la enumeración de todos aquellos elementos que enraizan una tradición cultural.
La primera sala se dedica al protagonista de la fiesta: el toro. Nos propone que éste pertenece a una casta real, un estirpe de guerreros. Entre ellos hay linajes: una taxonomía que no excluye, sólo exacerba la distinción. Dividir a los toros por colores, trapío, hierros y linaje sólo sirve para apreciar en toda su majestuosidad al ejemplar, al conductor de la lidia.
Mención especial merece la explicación del llamado “Encaste de Saltillo”, una línea genética prestigiada en el mundo taurino por la bravura y belleza de los toros.
La siguiente sala explica la historia del toreo hasta su forma moderna. Por medio de placas, módulos interactivos, fotos y una bella colección de trajes de luces, vestimenta de monosabios, picadores, capotes y demás enseres (todos dentro de una vitrina), apreciamos la construcción paulatina de la fiesta, con su gala, sus supersticiones, su etiqueta.
El rigor, la disciplina, la costumbre y los estilos van generando una cultura. En esta sala están explicadas desde las entrañables hasta las excéntricas.
El misterio del vuelo de la montera: ¿cómo es la suerte si queda boca arriba o a la inversa? Las creencias en torno a la presencia femenina en el redondel, su connotación, si se aprecia de cerca, un tanto erótica y su sello cultural tristemente misógino (que sin embargo se ha ido superando: hay mujeres toreras). El ritual para vestir el traje de luces, la obligatoria visita a la capilla para solicitar protección de San Pedro Regalado o de la figura mariana que el torero elija.
En estas dos salas asistimos a una cultura que tiene sus rituales y misterios; sus prejuicios, su barbarie también; su color. No hay deporte o arte que se sustraiga a esto. Quizá es que en el toreo priva una cierta sofisticación que otras disciplinas no tienen. Y un misterio que le viene de las herméticas supersticiones y reglas de los gitanos.
Casa de Armilla
La tercera sala aterriza esta fiesta en nuestro estado, Coahuila, uno particularmente apegado a los toros y al que, paradójicamente, se tiene poco acceso. Basta citar el caso de Saltillo, donde los domingos a las cuatro de la tarde pocas veces se oye a una orquesta dando la bienvenida a una cuadrilla.
Un árbol genealógico abre la sala. En esta trama sobresale una figura: Fermín Espinoza “Armillita”, el gran maestro saltillense, a quien la suerte de los astas sólo llegó una vez.
“Armillita” no sólo abre esta sala: su espigada figura, en pleno pase, da la bienvenida a la entrada del museo. Esa es la confirmación de que esa es su casa. El toreo en Saltillo no tiene otro nombre.
Una vitrina nos deja recomponer la figura de “Armilla Chico” por medio de libros, carteles, fotografías y objetos personales.
A un costado del espacio de “Armillita”, el museo cierra con una colección de figurines y una zona de juegos para los más chicos.
Esta casa, la casa de “Armillita”, recibe a todo mundo. El Museo de la Cultura Taurina muestra pocas colecciones en parte porque su vocación no es la exposición: es la comunión, el compartir con todos la fiesta brava. Allí el aliento pedagógico del museo. Detractores, indiferentes, villamelones y expertos tienen cabida en este lugar que nos recuerda que la vida es un burladero. Que todos tenemos una bestia qué enfrentar.
| Comparte ese artículo: |
|



