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México, DF.- Hace unos años, en un evento público de caridad, un hombre vio a Carlos Slim y se acercó hasta él para proponerle un negocio: hacer un libro de fotografías sobre la Ciudad de México para regalar en Navidad. El hombre más rico del mundo según la lista de la revista Forbes, incluso más rico que Bill Gates, aceptó la oferta.

Le pidió que preparara mil ejemplares para sus clientes especiales de Inbursa, el banco del que es dueño, como también lo es de la empresa de telecomunicaciones más gigante de Latinoamérica, una compañía industrial de cables eléctricos, hospitales, minas de oro, cigarreras, el predio alrededor de donde está la única pirámide prehispánica del Distrito Federal, tiendas Saks Fifth Avenue y fábricas de bicicletas, líneas de ferrocarriles y acciones del New York Times y la colección de esculturas de Rodin más completa del mundo. Semanas después de haber conversado con el multimillonario, el hombre del libro navideño obtuvo una cita con él. Slim lo recibiría en su oficina de Lomas de Chapultepec, la más tradicional colonia adinerada de la ciudad, donde exhibe la escultura de bronce de un Napoleón descansando en un sillón, una obra del artista Vincenzo Vela premiada a fines del siglo XIX en París.

Según uno de sus empleados, Slim la tiene allí para recordarse que es un simple mortal. Cuando el empresario le entregó un ejemplar de su libro con fotografías de México, Slim lo revisó con detenimiento y miró la factura con un rostro agrio. Le dijo que no podía pagarle ese precio porque le parecía muy caro. El hombre de negocios le aseguró que no estaba ganando dinero con el libro, que sus costos de producción eran los reales. De su escritorio, donde no tiene ninguna computadora, Carlos Slim sacó un papel y un lápiz, hizo sumas y restas, hasta que escribió la cifra que estaba dispuesto a pagar.

El empresario de un libro para regalar en Navidad cedió ante el regateo del hombre que Forbes dice que es el más rico del mundo.

Todos saben algo de Carlos Slim, pero no abunda gente dispuesta a hablar con soltura de él. En México hay más leyendas que reportajes acerca de este hombre que estudió ingeniería civil haciendo cuentas con calculadoras electrónicas, un objeto al que en su tesis para graduarse el futuro multimillonario le auguraría un gran porvenir. La historia del libro de Navidad es una de las tantas que se cuentan en reuniones de empresarios para recordar el estilo Slim a la hora de negociar. Otra historia que se esparce como un virus de risa en los mismos círculos es la del tiempo que Slim se pasó regateando con un vendedor de Venecia para conseguir un descuento de diez dólares por una corbata.

Es normal que un multimillonario como Slim, tan omnipresente en la vida diaria de mexicanos y latinoamericanos, sea objeto tanto de adulaciones como de insultos gratuitos. Los juicios sobre él se dividen entre la complacencia de intelectuales, políticos y artistas que lo ven como un mecenas nacionalista, y la lapidación de ciudadanos comunes que no tienen más opción que ser sus clientes porque es dueño de la mayoría de productos y servicios que compran. Luego se desahogan con chistes, como el típico: “Mi amor, entiende que cuando discutimos por teléfono ni tú ni yo ganamos. Gana Carlos Slim”. Los efectos de su fortuna creciente invaden hasta las peleas de pareja en clave de comicidad contra uno mismo.

Cualquiera puede volverse millonario de la noche a la mañana por azar. Pero estar en la cumbre de los que ganan más de mil millones de dólares, según la fábula de la riqueza occidental, cuesta media vida de esfuerzo y corresponde a la ilusión de un hombre de perfil generoso, creativo y audaz. Bill Gates es visto como un genio, Warren Buffet como trabajador incansable, George Soros como un millonario rebelde y chic. Slim es conocido por ser el hombre más rico del mundo en un país con cincuenta millones de pobres. Tal vez por ello, en lugar de creer en el valor de su trabajo, se le asocia más a los oligarcas rusos, que multiplican su fortuna por corrupción y reciben ventajas para hacer negocios bajo la sombra del poder.

The Wall Street Journal atribuye la fortuna de Slim a sus prácticas monopólicas. El magnate lo ha negado una y otra vez, pero en México es muy popular la idea de que sin la ayuda que tuvo del gobierno, nunca hubiera llegado a la cúspide de los más ricos del mundo.

Carlos Slim ascendió por un elevador privado al club de Forbes en los años en que abrió su billetera para respaldar a un aspirante presidencial. Slim el magnate donó veinticinco millones de dólares para la campaña del candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), a las elecciones de 1994. En una cena, Carlos Salinas de Gortari, el presidente saliente, les pidió esa cantidad a él y a otros multimillonarios mexicanos para asegurar el triunfo de su partido, que por primera vez temía perder las elecciones que hasta entonces había ganado con fraudes.

Slim era un entusiasta defensor del PRI. En aquellos tiempos, su éxito se atribuía a sus buenas relaciones con los gobiernos del partido que se mantendría durante setenta años en el poder en México. Los mexicanos recuerdan esa época diciendo: “El PRI robaba, pero dejaba robar”. Durante el mandato del presidente Salinas de Gortari, se privatizaron casi mil empresas públicas y, de todas, la venta más rentable y polémica fue Teléfonos de México (Telmex), la única telefónica nacional. Hasta entonces Carlos Slim sólo había figurado como uno más de los empresarios que acompañaban a Salinas de Gortari desde la campaña electoral. Tenía menos de cincuenta años de edad y lo único que se sabía de él era que primero había trabajado como agente en la Bolsa de Valores y luego se había enriquecido comprando compañías en crisis, a las que volvía rentables en forma casi milagrosa.

La adquisición de Telmex incluía cláusulas ventajosas que daban al empresario el control de la compañía y el monopolio de este servicio en la época de mayor contratación de líneas telefónicas en el país. Se rumoreó que había comprado Telmex actuando en nombre del mismo presidente cuyo gobierno vendía la empresa, que Slim era un testaferro de Salinas de Gortari. Comprar Telmex en 1991 lo catapultó como personaje de la vida pública en México.

II
Diez años antes de convertirse en el hombre más adinerado de la Tierra, Carlos Slim estuvo a punto de morirse. Sufría del corazón. Ese otoño de 1997, el magnate lucía tan flaco y débil que sus amigos más cercanos no creían que lo verían de nuevo en su oficina haciendo cuentas con tres calculadoras a la vez. Tampoco se acostumbraban a la idea de no verlo revisar reportes financieros de todo el mundo con la mirada inexpresiva de un tiburón que ve a una presa. Había viajado en secreto y con su esposa a Houston para que le cambiaran una de las dos válvulas de su corazón, una intervención que no debía ser riesgosa.

Estaba en el Texas Heart Institute, un centro médico de adventistas dirigido por Denton Cooley, famoso por haber realizado el primer trasplante de un corazón artificial. El médico encargado de operarlo era Paolo Angelini, un cardiólogo italiano pero que había estudiado en México. Hablaba un español aceptable y le caía bien a Slim. En medio de la cirugía a corazón abierto, la válvula por operar se rompió. Slim sufrió una hemorragia que Angelini y su equipo de médicos combatieron con el suministro de una bolsa de sangre tras otra hasta llegar a las treinta y uno. Las siguientes veinticuatro horas, Slim respiró con ayuda de un ventilador mecánico. Sus barreras de inmunidad quedaron vulnerables y adquirió una neumonía. De una semana a otra, Slim bajó veinte kilos.

Todo indicaba que la noticia de ese otoño sería la de la muerte del entonces hombre más rico de América Latina. Algunos de sus colaboradores creyeron que había muerto y esparcieron el rumor. Otros creían que los rivales del empresario esparcían la noticia para desestabilizar sus acciones en la bolsa de valores. La oficina de prensa del multimillonario tuvo que lanzar un comunicado en el que aclaraba que Slim estaba vivo y todas sus empresas operaban con normalidad. El médico Héctor Castañón, jefe de terapia intensiva del Hospital Siglo XXI, viajó a Houston para revisar su estado de salud. Slim se quedó varias semanas más en Estados Unidos, antes de poder volver a México para seguir la rehabilitación en su casa de Acapulco.

Fructuoso Pérez, amigo de Slim desde la época universitaria, se enteró de la supuesta muerte del millonario leyendo un periódico. Pronto confirmó que la información era falsa y tiempo después, de boca del mismo Slim, supo detalles de lo sucedido. Dice que Slim se pone mal cuando recuerda este momento: le desesperaba el hospital, la torpeza de las enfermeras y los médicos. “Para él fue como una segunda oportunidad de revivir. Le hizo pensar en hacer cambios en su vida”. Slim no habla en público de lo que sucedió aquellos días. Tampoco entre sus amigos más cercanos, aunque a veces comenta que un médico cubano le salvó la vida en esa ocasión.

Cinco años antes de que se le rompiera la válvula del corazón, Carlos Slim ya se había sometido a una primera cirugía cardiovascular. Fue con el doctor Teodoro Césarman, conocido por haber sido el cardiólogo del ex presidente Luis Echeverría y del comediante Cantinflas. Tras esa operación, Carlos Slim también decidió convalecer en su mansión de Acapulco. De esa intervención quirúrgica se supo todavía menos por la prensa, que recién entonces empezaba a interesarse en el empresario. La salud de Slim todavía no era asunto de especulación en la bolsa. Cuando lo llevó a ser operado, para evitar ser localizados, su esposa lo registró con el irónico nombre de Carlos Delgado.

Durante el tiempo de su primera recuperación, Slim tuvo varias recaídas. Se deprimió. Se dejó crecer la barba y vestía con mayor desaliño que el de costumbre. Uno de esos días, cuando apenas rondaba el lugar 33 de la lista de Forbes les dijo a sus amigos que le daban ganas de olvidarse de los negocios. Esa vez Ignacio Cobo y Juan Antonio Pérez Simón rentaron un avión y lo llevaron al Texas Heart Institute. Slim se amarró el corazón y se animó a continuar con sus empresas. Hoy ese hospital es un consentido de su política de donaciones, tal vez una excepción sentimental de su filosofía pragmática de la generosidad.

Cuando anunció que donaría cuarenta millones de dólares para investigaciones de salud, Carlos Slim declaró su teoría del altruismo: “Nuestro concepto se enfoca en realizar y resolver las cosas, en lugar de dar. No ir por ahí como Santa Claus”. El dinero que dio ese día ha servido para que su Instituto Carso —por las tres primeras letras de su nombre y las dos primeras del de su esposa Soumaya— enviara médicos a comunidades indígenas de la sierra Tarahumara y de Chiapas a que ayuden en labores de parto. O para atender trasplantes y problemas de riñón, como los que tuvo su esposa, que murió de insuficiencia renal en 1999. El dinero de Slim también ha sido usado para adiestrar a cinco mil personas que trabajan en centros de tratamiento de adicciones y para crear equipos de atención psicosocial a pacientes en fase terminal en hospitales públicos.

Su instituto ha financiado el estudio de las bases genéticas de la diabetes y varios tipos de cáncer, además de la búsqueda de vacunas contra la enfermedad de Chagas, y la leishmaniasis. Mientras que a Slim no le interesa el trabajo de regalar a tiempo completo, Warren Buffet, el empresario debajo de él en la lista Forbes, inversor de un sinfín de compañías que van de Nike a Coca-Cola, cree en la filantropía a otra escala. Buffet ha donado treinta y un mil millones de dólares, más de la tercera parte de su fortuna, a una fundación de caridad que lleva el nombre de Melinda y Bill Gates, el tercer multimillonario del mundo, con quien Buffet sí comparte esta visión de la generosidad. Mientras Buffet dejó de administrar sus negocios para dedicarse a la filantropía, el magnate mexicano administra los suyos desde otra balanza. “No es generoso ni con él mismo”, me dijo un antiguo ejecutivo de Telmex, la empresa más conocida de Slim.

El hombre más rico del mundo no tiene chofer y él mismo conduce su automóvil Mercedes Benz en el desesperante tráfico del Distrito Federal. Quiere participar con un equipo en la Fórmula Uno, pero ha puesto la condición de que haya un mexicano en el circuito. Su amigo Ignacio Cobo, un copiloto habitual en su auto y en los negocios, suele llamarlo “Cierto Bulto” cuando habla de él ante los demás. Pero no sólo sus amigos más cercanos lo encuentran tan normal. Alfonso Ramírez Cuéllar, un líder campesino que defiende a deudores bancarios, dice que a veces Slim lo cita para hablar de economía y que es un tipo amigable y común en su trato. “Slim es un cabrón que casi siempre anda en calcetines en su oficina. De traje y sin zapatos. Por cosas así me cae bien —dice—. Hace cuentas con las manos y a veces usa una calculadora”.

Slim es un personaje fascinante por la paradoja de tener tanto dinero y parecer aburrido. Cuando viaja fuera de México duerme en hotel, en casas rentadas o de amigos, porque decidió no comprar para su uso personal ninguna mansión en el extranjero: presume que ha vivido treinta años en la misma casa. Su equipo de prensa difunde que la ropa que viste proviene de cualquiera de las tiendas Sears de su propiedad, y no de la sofisticada Saks. Cuando fundó su banco Inbursa decidió no registrarlo a la Asociación Mexicana de Bancos porque le pareció caro pagar medio millón de dólares para obtener la membresía —que incluía el uso de las instalaciones de un exclusivo club deportivo—.

Intelectuales y periodistas influyentes, que han sido invitados a comer a sus oficinas de Lomas de Chapultepec, relatan que los alimentos a veces son traídos de la cocina del Sanborn’s más cercano, una antigua cadena de farmacias a la que Slim le agregó con éxito restaurante, pastelería y librería. En eventos importantes, el hombre más rico del mundo suele comportarse sin sofisticaciones: prefiere Coca-Cola Light que vino tinto y en ocasiones aparece comiendo cacahuates japoneses con la mano.
El lugar común para explicar esta forma de ser de Carlos Slim.

Es la reputación tacaña de su ascendencia árabe. Años atrás, cuando viajé a Líbano, donde nacieron sus padres, una profesora me contó la historia de un estadounidense que llega a una tienda de lámparas y ve una que le gusta. Pregunta el precio y el vendedor contesta con el rostro sonriente que son cincuenta dólares, un monto excesivo para una lámpara que sin embargo el cliente acepta mientras dice que se llevará tres. El vendedor se ofende. Le increpa que no haya reclamado un mejor precio y se niega a venderle siquiera una. En la cultura comercial del Medio Oriente, el regateo no sólo es imprescindible: es un acto de cortesía. Pero en México y en casi todo el mundo, un multimillonario regateando está condenado a ganarse la imagen de avaro. A pesar del chiste, puede que Slim no sea un producto de la cultura libanesa, pero sí un ídolo para una comunidad que se precia de su olfato para los negocios y lo emprendedor.

En Beirut apenas lo conocen, aunque tiene vínculos personales claves con la historia política reciente del país: su esposa Soumaya Domit Gemayel pertenecía a la familia de donde salieron Bechir y Amin Gemayel, dos de los presidentes más polémicos de la época reciente en el país productor de cedro y de Hezbolá. A diferencia del de su esposa, Slim —Salim, en árabe— es un apellido sin linaje alguno. Hasta ahora.

Un hombre de Líbano que sí conoce la historia de Slim es Issa Goraieb, el principal editorialista del diario Le Journal, un libanés de mirada generosa nacido por casualidad en México a mediados del siglo pasado. Goraieb cree que la gran hambruna que vivió Líbano entre 1910 y 1915 marcó a las siguientes generaciones, sobre todo, a las que emigraron al continente americano y construyeron redes de apoyo, como Julián Slim Haddad, el padre de quien se convertiría en el primer nacido en un país pobre que logró ser el más rico del mundo. Si las culturas árabes tienen reputación de negociantes, los libaneses exiliados a principios del siglo XX que recordaban esas penurias eran todavía más precavidos. Slim Haddad fue hijo de campesinos y tras emigrar en barco a México se volvió un próspero vendedor de telas. Luego fundó y dirigió por años la Cámara Libanesa de Comercio, donde la palabra más invocada para administrar un negocio fue sólo una: austeridad.

Carlos Slim recibió influencias empresariales bastante lejanas del Líbano. Cuando acababa de terminar sus estudios de Ingeniería Civil en la Universidad Nacional Autónoma de México, Slim encontró inspiración en las páginas de una revista Playboy. Un día, entre las fotografías de chicas semidesnudas, leyó un artículo de Jean Paul Getty, el primer hombre en acumular una fortuna de más de mil millones de dólares. La filosofía de Getty, en torno a la necesidad de tener una “mentalidad millonaria” impactó al joven estudiante. Hoy recuerda esa lectura como un momento clave en su vida. A mediados de los sesenta, el magnate petrolero escribía para Playboy sobre negocios. Las páginas de la revista enseñaban a sus lectores a convertirse en consumidores y promovían un estilo de vida desenfadado y hedonista. Eran los años previos a la rebeldía de fines de la década.

En la UNAM, la escuela de Slim, se habían desatado marchas y protestas que acabaron en una masacre de estudiantes ejecutada por el Ejército. Por esa misma época, Getty aconsejaba a los jóvenes a despreciar la radicalidad. Para él se trataba de una apuesta que casi siempre se perdía.

Jean Paul Getty también cobró fama como escritor motivacional. En su libro Cómo Ser Rico, distinguía entre cuatro tipos de personas: 1. Las que trabajan mejor por sí solas que con una empresa. 2. Las que buscan ser las más importantes dentro de una empresa. 3. Las que sólo aspiran a recibir un buen salario. 4. Las que no tienen ninguna necesidad o deseo de prosperar y se conforman con lo que tienen. Los que se ubican en las primeras dos clasificaciones podrían conseguir la riqueza económica porque —abracadabra— cuentan con una “mentalidad millonaria”, explicaba Getty.

El magnate estadounidense decía que su secreto para haber llegado a ser tan rico era levantarse temprano, trabajar hasta tarde y encontrar petróleo. La principal fuente de su fortuna era Getty Inc, un emporio energético que desapareció cuando fue adquirido por Texaco, años después de su muerte. Getty tenía también la fama de no gastar dinero. En la literatura de los magnates, además de ser el billonario pionero, suele ser calificado como “el hombre más tacaño del mundo”. Cuando el Che Guevara inspiraba a los estudiantes latinoamericanos, el héroe de Slim era Getty.

El mismo año en que los Beatles sacaron a la venta su primer disco sencillo, cuando la compañía AT&T lanzó al espacio el primer satélite experimental de telecomunicaciones, Carlos Slim se graduaba de ingeniero civil en la UNAM. Su tesis —“Aplicaciones de programación lineal a algunos problemas de ingeniería civil”— es un documento dedicado a la memoria de su padre. El último capítulo de su trabajo, el joven Slim lo inicia con una frase que hoy asemeja un anticuado slogan publicitario: “Con las calculadoras electrónicas es posible sumar, restar, multiplicar y dividir con una rapidez asombrosa”.

Fructuoso Pérez García, uno de sus compañeros en la UNAM, recuerda que sus maestros celebraron ese trabajo, aunque un Slim de veintidós años de edad también tratara de refutar teorías de Einstein. A principios de los años sesenta, la programación lineal era un modelo matemático novedoso para resolver problemas. Era un terreno espinoso para un estudiante recién graduado. Slim había ensayado una tesis audaz. El modelo había sido aplicado en secreto por el Ejército de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial para organizar mejor las ofensivas militares, con un algoritmo que permitía elegir las actividades necesarias para lograr una meta entre todas las alternativas existentes. En su tesis, el ingeniero que había estudiado para construir puentes y presas pronosticó que las calculadoras electrónicas revolucionarían la forma de hacer negocios en el mundo. Medio siglo después, esos artefactos de museo siguen ayudándole a conservar el control minucioso de su fortuna cuando alguien le cobra una factura.

El ingeniero que puede ganar un millón de dólares en una hora tiene seis hijos: tres hombres y tres mujeres. Carlos, Marco Antonio y Patrick Slim son directores de sus compañías fundamentales; Soumaya, Vanessa y Johanna participan en actividades culturales, mientras que sus esposos ocupan puestos directivos en otras empresas del suegro. A diferencia de Buffet, quien anunció que devolvería la mayor parte de su fortuna a la sociedad y ha legado a sus tres hijos sólo el veinte por ciento de ella, Slim no ha contado cuál es el destino de su dinero cuando muera. Si quisiera repartirlo entre sus más de cien millones de paisanos mexicanos —como se lo piden usuarios en Twitter y Facebook—, cada uno recibiría quinientos dólares, y todos en el onceavo país más poblado del planeta tendrían un iPad.

Cuando eran niños, los hijos de Slim durmieron varios años en dos habitaciones: una para los tres varones y otra para las tres niñas. Su padre se jacta de haberlos educado con responsabilidad. Parece ser cierto: ninguno de los seis ha conseguido la reputación de derrochador. El que más cerca ha estado de esa fama es Carlos Slim hijo, su primogénito, quien en 2010 celebró su boda ante más de mil quinientos invitados, entre ellos un presidente, varios ex mandatarios y un Nobel de Literatura. El menú de la fiesta incluyó más de cien postres y la comida que sirvieron después del banquete fueron platillos de Sanborn’s. A los invitados que estuvieron hasta el final de una boda gigantesca y fastuosa, les invitaron al amanecer comida de una cafetería donde un desayuno vale menos de diez dólares.

En cambio, la historia familiar de Jean Paul Getty, el gurú para aspirantes a millonarios que leían Playboy, fue tormentosa. Tras su muerte se supo que en sus mansiones instalaba teléfonos con máquinas tragamonedas para impedir que la servidumbre, invitados y familiares hicieran llamadas gratis. El relato más conocido sobre su tacañería gira en torno a una oreja: cuando tenía dieciséis años, su nieto John Paul Getty fue secuestrado en Roma. La mafia de Calabria le pidió al abuelo diecisiete millones de dólares a cambio de la liberación de su nieto. El multimillonario, con la fama de ser un trozo de hielo que no se derretía jamás, pensó que aquello podía tratarse en realidad de un autosecuestro de su nieto para sacarle dinero. Durante varias semanas ignoró la advertencia de la Ndrangheta, lo que provocó que los secuestradores mutilaran una oreja a su nieto y se la enviaran. El abuelo accedió a pagar sólo dos millones de dólares que después cobraría a su nieto como un préstamo, con un cobro preferencial de interés del cuatro por ciento.

John Paul Getty no pudo pagar el adeudo a su abuelo. A los veinticinco años, tomó un coctel de metadona, Valium y alcohol que lo dejó paralítico, mudo y casi ciego hasta su muerte veinte años más tarde. Apenas pudo disfrutar la herencia que le había dejado su abuelo. Aunque Slim nunca ha tenido que ponerle precio a la vida de nadie en su familia, su generosidad con otras víctimas de secuestros lo coloca en un plano más halagador que a Getty. Un año después de que Slim entrara a la lista de Forbes, en 1994, el banquero Alfredo Harp Helú, su primo, fue plagiado por un grupo guerrillero mexicano y liberado tras nueve meses de negociaciones en las que Slim se mantuvo en comunicación con sus sobrinos, pese a que por competencia económica, la historia personal con su primo se había vuelto tirante durante esos años.

El magnate ha demostrado generosidad con otras víctimas de secuestros que no son miembros de su familia. Durante una madrugada de esos años noventa, una llamada telefónica despertó al periodista Julio Scherer, un patriarca del periodismo contemporáneo mexicano: “Si no nos entrega trescientos mil pesos al amanecer, matamos a su hijo”. El fundador de Proceso, un semanario político de izquierda en México, tenía sólo cuatro mil pesos en casa. A las cuatro de la mañana marcó al teléfono de Slim para pedir ayuda. Por esas fechas, la esposa del empresario convalecía de una enfermedad. “En este momento reúno todo lo que tengo en la caja fuerte. Además, Sumi y yo nos comunicaremos con algunos amigos por si algo más te hiciera falta. Lo siento, lo siente Sumi, ya sabes, te quiere mucho”, le dijo a Scherer, según cuenta el periodista. Tiempo después llegó a su casa un enviado de Slim con el dinero en efectivo y la orden de permanecer junto a él. El dinero fue entregado a los secuestradores y el hijo de Scherer recuperó su libertad.

Los coqueteos entre el periodismo y el poder han sido siempre una historia de pactos, conveniencias y traiciones. La de Scherer y Slim ha sido además una historia turbulenta. En los años noventa, las principales críticas contra Slim por la adquisición del monopolio telefónico durante el sexenio del presidente Salinas de Gortari salieron de la pluma de reporteros de la revista dirigida por Scherer. Uno de ellos, Rafael Rodríguez Castañeda —hoy director de Proceso— escribió Operación Telmex: Contacto en el Poder, libro donde se cuestiona a Slim de beneficiarse de la corrupción del gobierno durante la apertura económica mexicana al mercado extranjero. Por esos años, el empresario Juan Antonio Pérez Simón, amigo de Slim y de Scherer, intervino para reconciliarlos.

Fue en esa situación cuando Scherer lo llamó de madrugada al enterarse del secuestro de su hijo. En los últimos años, la historia entre el magnate y el periodista se volvió a deteriorar por unos reportajes que cuestionaban que Slim comprara tantas propiedades en el Centro Histórico de México como si jugase Monopoly con la ciudad. Su fortuna le da la oportunidad de convertirse en personaje de portada de los diarios que aún nos importan del mundo, en dos de los cuales —uno en Europa y otro en América— tiene un mínimo porcentaje de acciones que, al parecer, no usa para influir en sus líneas editoriales. Unos meses antes de morir, Miguel Ángel Granados Chapa, otro patriarca del periodismo mexicano, me confirmó que el hombre que rescató a The New York Times haciéndole un préstamo para recuperar su liquidez es mecenas invisible de buena parte de los diarios y revistas de papel de su país.

III

Carlos Slim también ha sido generoso con intelectuales y escritores independientes. A Carlos Monsiváis le cedió cuatro pisos y la terraza del Esmeralda, un edificio del Centro Histórico de la Ciudad de México que en el siglo XIX fue la joyería más exclusiva de la ciudad y que, antes de ser patrimonio de Slim, fue también una discoteca llamada La Opulencia. Monsiváis acomodó allí unos doce mil objetos: pinturas, comics, juguetes indígenas, máscaras de luchadores, entre otras cosas raras y fetiches personales que había coleccionado durante décadas. El museo es administrado por un fideicomiso: su nombre es El Estanquillo, como se llamaba a las tiendas de antaño donde se vendía de todo.

Cuando la generosidad de Carlos Slim trasciende, puede meter en apuros a los políticos. Un día el empresario viajó a Buenos Aires y se reunió con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Al término de su cita le regaló una McBook Air delante de los fotógrafos. No era la primera computadora que Slim le daba a Kirchner, pero sí era la primera vez que lo hacía frente a periodistas que comprobaron que el aerodinámico ordenador, según las leyes argentinas, es un regalo demasiado caro para un presidente. Años antes, en los años noventa, el magnate había llevado a La Habana un moderno televisor para Fidel Castro y nadie se escandalizó. El regaló permaneció hasta 2009 en la sala de la casa del revolucionario, quien ha dicho que Slim es “un hombre inteligente que conoce todos los secretos de las bolsas y mecanismos del sistema capitalista”.

El pago de fianzas a presos pobres mexicanos es uno de los actos de caridad más aplaudidos de Slim: hasta 2010, en el lapso de una década y media, el millonario patrocinó la liberación de decenas de miles de personas acusadas de delitos que no son graves. Regaló una pensión vitalicia de quinientos dólares mensuales a veintidós campeones mundiales de box ya retirados.

Otras donaciones que los relacionistas públicos de Carlos Slim publicitan son las que ha concedido a las fundaciones de Bill Clinton y Shakira, que invierten en salud y educación. Shakira suele invitar a Slim a los conciertos que ella celebra en Latinoamérica. En el único que se ha dejado ver y fotografiar junto a la cantante, fue en el del Zócalo del DF.

Usar la calculadora para sumar las donaciones del hombre más rico del mundo nos daría la impresión de que es un paladín de la filantropía. Sin embargo, en comparación con otros multimillonarios, y con una fortuna acumulada de setenta y cinco mil millones de dólares, la escala de generosidad de Slim es mediocre. Con todo su dinero podría pagar dos veces la deuda externa del Líbano y todas sus investigaciones de salud podría financiarlas con lo que gana en tres semanas. El dinero que regaló a Bill Clinton le costó una semana producirlo. La donación que Shakira recibió sonriente no le quitó ni un día completo de su tiempo.

Es como si los límites de su generosidad no pudieran exceder del número de dígitos de la calculadora en su escritorio.
Carlos Slim ha hecho de su generosidad un pasatiempo. El segundo hombre más rico del mundo, en cambio, lo ve como una misión: Warren Bufett quiere que los hombres más adinerados del planeta donen la mitad de sus fortunas. Ha convencido a otros sesenta y nueve magnates de todas las calañas, entre ellos Bill Gates, Ted Turner, David Rockefeller, George Soros, Michael Bloomberg, Mark Zuckerberg y Oprah Winfrey. El bueno de Buffet piensa que los archimillonarios pueden salvar a la civilización occidental de su suicidio como especie.

Buffet quiere que la nueva generación de gente que gana más de mil millones de dólares sean filántropos radicales y compartan en vida sus ganancias. “No conozco a nadie que no pueda vivir con tan sólo quinientos millones de dólares”, suele ironizar Buffet, quien ha guiñado el ojo a los manifestantes que tomaron una plaza en Wall Street como portavoces de los reclamos del 99% de la población de Estados Unidos que no es archimillonaria. En Nueva Delhi, durante la presentación de su campaña ante millonarios indios, Warren Buffet, al lado de Bill Gates, quien lo acompaña en la cruzada, dijo muy convencido: “Se pueden crear puestos de trabajo y al mismo tiempo hacerla de Santa Claus”. Hasta la navidad de 2011, Carlos Slim sigue regateando su incorporación a las filas de la revolución filantrópica mundial.

Un siglo antes Santa Claus no tenía tanto dinero: a fines del XIX, el hombre más rico del mundo acumulaba treinta millones de dólares, un bocadillo de un banquete si lo comparamos con lo que hoy posee Slim. Andrew Carnegie fue un inmigrante escocés que levantó un imperio del acero en Estados Unidos. En 1889, publicó Wealth, un ensayo sobre la riqueza, el documento que funda la filantropía moderna. Carnegie defendía la existencia de una nueva especie de ricos: los primeros multimillonarios del mundo industrializado. Decía que lo esencial para el progreso de la raza es que las casas de algunos hombres fueran también los hogares de lo más elevado en la literatura y en las artes y en todos los refinamientos de la civilización. “Mucho mejor es esta gran irregularidad que una miseria universal —escribió Carnegie—. Sin riqueza no puede haber mecenas”. En la visión del padre de la filantropía, los pobres del siglo XIX gozaban de lo que antes no podían permitirse ni los ricos. Los que antes eran lujos, según él, se habían convertido en artículos de primera necesidad: “Hoy el labrador tiene más comodidades que el granjero de hace unas cuantas generaciones. El granjero tiene más lujos que los que tenía el terrateniente, y está mejor vestido y alojado. El terrateniente tiene libros y cuadros más raros, y gustos más artísticos de los que entonces podría tener el rey”.

Hoy el apellido Carnegie es sinónimo de arte y conocimiento. En el Carnegie Hall se presentan los mejores músicos del mundo. En el Carnegie Museum of Art han hecho residencias artistas como Andy Warhol. Andrew Carnegie, un hombre que empezó como telegrafista, fue fan de las obras de Shakespeare. Por las noches, Slim dice que prefiere leer las estrategias militares de Genghis Kan.

A pesar de su devoción por el guerrero mongol, Carlos Slim también ha sido mecenas de escritores frustrados. José Luis López Portillo era un abogado mexicano fascinado con Quetzalcóalt, el dios azteca representado por la serpiente emplumada, del cual se propuso escribir una saga literaria que se estancó en el primer volumen.

A mediados de la década de los setenta, el abogado López Portillo debió abandonar los proyectos de literatura azteca y ser presidente. Eran años de vigor para el régimen del PRI, al que Mario Vargas Llosa definió como la “dictadura perfecta”, en el que el presidente en turno nombraba a su sucesor y organizaba elecciones ficticias en las que hasta los muertos votaban por el partido oficial. En los noventa, cuando ya no era presidente, y vagaba como alma en pena en el exilio al que los emperadores caídos del régimen del PRI eran condenados, López Portillo buscó a Slim para pedirle ayuda: quería escribir un libro. Se había divorciado de Carmen Romano, su esposa de toda la vida, para casarse con Sasha Montenegro, una vedette de ascendencia yugoslava que lo dejó en graves líos económicos después de un tormentoso divorcio. El filántropo Slim, junto con su socio Juan Antonio Pérez Simón, le dio dinero cada mes para que se dedicara a escribir. Sintiéndose en deuda, el ex presidente que solía viajar al extranjero con el piano de cola de su mujer, que era concertista, escribió a mano cartas de agradecimiento dirigidas a Slim o a Pérez Simón, como esta que le envió en los años noventa.

“Una vez más y ahora de forma anticipada he recibido en cincuenta mil nuevos pesos que acordaron uds (con Don Carlos Slim y a proposición de ud) darme mensualmente, lo que han hecho puntualísimamente. Nada en cambio he hecho o dicho yo. He esperado la convocatoria dispuesto a dar mis esfuerzos y nada. Y aunque esa suma me ha dado tranquilidad para escribir mi Dinámica política de México, me siento en deuda con uds. Le recuerdo que soy abogado y no fui malo, con capacidad para opinar en cualquier asunto menos fiscal, por la deformación que en mi preparación dejó la secretaría de Hacienda cuando fui su titular. Las pláticas, que no me atrevo a llamarlas conferencias, puedo darlas sobre múltiples temas, en función de la audiencia que escojan y con la periodicidad que sea útil. [Dos palabras Ilegibles] me siento (¡a mis años y condición!) como una especie de becado. Con un abrazo para Ud. y Don Carlos y mis respetos para sus familias, que reitera su agradecido amigo”.
En otra de sus cartas, López Portillo dice estar avergonzado de contaminar la amistad pidiendo dinero. No hay leyendas de que Slim sacara la calculadora cada vez que este ex presidente enfermo y anciano necesitara ayuda para pagar su tratamiento en Cuba. Carlos Slim no regateó con el proyecto de libro de López Portillo, tal vez más descabellado que el de aquel empresario que en medio de un evento de caridad le propuso hacer uno para regalar en Navidad y que lo obligó a sacar papel y lápiz para hacer cuentas y regatear el último centavo. No parecía importarle que ese libro que el ex presidente escribió con su mecenazgo fuera una pésima inversión para él. Sólo Slim sabe por qué le entregaba cada mes ese dinero a cambio de un proyecto tan incierto. Una tarde lo encontré por casualidad en una tienda de revistas del aeropuerto junto a otros libros de saldo. Me costó un dólar. A Carlos Slim bastante más.