Eduardo García | Saltillo, Coah.- Entró, robó y lo “pescaron”. A Juan Ignacio Cortez Parra le gana la risa al recordar cuando lo atrapó la Policía en el interior de una vivienda del sector conocido como Las Tetillas, “con las manos en la masa”, dice y lanza una carcajada.

“No andaba solo, andaba con otro ‘vato’, pero a ése nomás lo culparon por cómplice y a mí me echaron toda la culpa, él ya salió, pero yo me quedé aquí embotellado”, agrega en relación con el delito que lo mantiene tras las rejas.

Luego reflexiona y comenta que, aunque sabe que no es motivo para sentirse orgulloso, a eso se dedicaba antes de ingresar al reclusorio, pues siempre andaba muy drogado en compañía de sus camaradas de la colonia Berrueto, donde vivía antes de que cayera por… ya no recuerda cuántas veces van.

Su estado de ánimo cambia radicalmente al compartir que en esta ocasión es diferente. Ahora sí le pesa el encierro, pues ya tomó conciencia de los tres años con cuatro meses que permanecerá privado de su libertad, y de los cuales apenas comienza a medio adaptarse a su nuevo entorno, donde se hallan los más de 800 reos que al igual que él purgan una condena.

“Solo, estoy completamente solo, mis amigos desaparecieron, ‘machín’, y mi esposa sólo vino a verme dos veces”, expresa al tiempo que se rasca las cejas que recién se cortó en un arranque de tedio y desesperación, pues asegura que se encuentra en proceso de desintoxicación y le está costando mucho más de lo que alguien se imagina.

“Cómo puede uno cambiar de un día para otro una vida llena de vicios; de alcohol, mota y resistol”, se pregunta Juan Ignacio.

Otra oportunidad para demostrar que es posible recuperar lo perdido y rehacer una vida que estaba mal encaminada; la posibilidad de ser una mejor persona, de encontrar un trabajo honrado que le dé el sustento, es lo único que pide Cortez Parra, “tal vez en la obra o en alguna fábrica”, dice esperanzado de poder reintegrarse pronto a la sociedad.

Para Juan Ignacio no todo está perdido, a sus 26 años todavía le resta mucho por vivir, por aprender, por conocer, pues asegura que no hay mejor escuela que los tropezones que se ha llevado hasta ahora y por los cuales ya está pagando el precio.

Por lo pronto, se encuentra listo para trabajar en el centro penitenciario, en el área de cocina, lavando trastes o fregando pisos, mientras aprende a cocinar o a realizar trabajos de carpintería, pues le gustan mucho los cuadros de madera que hacen sus compañeros.

Su único consuelo son las visitas mensuales que le hace su familia, los pocos amigos que ha hecho en su corta estancia en el Cereso y la esperanza de que su esposa algún día se comunique, “lo único que quiero es saber si está bien, si ella quiere volver, pues sí, y si no, yo no la voy a obligar”, dice.
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