Saltillo, Coah.- La posibilidad de tener un encuentro a solas con Ignacio Allende habría derretido a varias jovencillas de principios de siglo. Incluso a alguna corregidora célebre. Pero a Sandra Molina Arceo la emoción sólo fue provocada por la curiosidad.

La cita, realizada en un café céntrico en San Miguel de Allende, fue narrada a detalle por Sandra Molina en el Centro Cultural Vito Alessio Robles, y consignada en uno más de los volúmenes que integran la colección “Charlas de Café” de la editorial Grijalbo.

Contrastes

Como preámbulo a la narración del encuentro entre Allende y Sandra Molina, Eduardo Guajardo realizó un repaso del tránsito de los insurgentes por Coahuila, secuencia que culminó en el episodio de Baján.

A continuación, la autora contó cómo fueron sus primeras aproximaciones hacia el personaje de Allende, hasta que un jinete de nariz chueca la abordó en un café de San Miguel de Allende; entonces inició una charla que por momentos se puso difícil y en la que no dejó de escanciarse el chocolate.

Molina repasó la biografía de Allende, “este sex-symbol que nos arroja la Historia” según dijo, para mostrar los contrastes que convirtieron a un potencial “yupi”, como lo calificó la autora, en uno de nuestros héroes.

En la intimidad de la charla aparecieron temas complicados como su relación con la Corregidora, el presenciar la muerte de su hijo Indalecio, o la postura del gran estratega frente a la serenidad de Miguel Hidalgo.

Allende revelado

La autora relató dos confesiones de esa charla que arrojaron a los asistentes algunos atisbos sobre la personalidad de don Ignacio Allende.

La primera se refirió a su carácter práctico, evidenciado cuando Molina le preguntó si pasajes románticos de la gesta histórica, como el episodio del Pípila, realmente habían ocurrido. A esas preguntas, Allende afirmó: “No lo sé, yo estaba ocupado en asuntos más importantes”.

Otra fue cuando se examinó la escena en la que Allende consideró envenenar al cura Hidalgo para dar otro cauce a la insurgencia, trama que hubiese convertido al misterioso héroe en un probable traidor. En ese tenor quedó su primer aprendizaje bajo la tutoría de Calleja o los berrinches que llevaron al joven criollo a ponerse contra los “gachupines”.

Un momento que la autora consideró ríspido fue cuando le confesó a Allende que su némesis, Agustín de Iturbide, fue quien culminó la independencia de México, ante lo que el prócer hizo tal berrinche que el chocolate cayó de las mesas y Allende “parecía que se iba a morir de nuevo”, según contó Molina.
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