Hace siete años cayó de una bicicleta en su pueblo Bella Unión, y producto del golpe se le desarrolló una protuberancia en el lado izquierdo del pecho que hoy le pesa cerca de 5 kilogramos, le supura y le dificulta la respiración.
Sentado en un escalón de la entrada de su vivienda, don Armando espera las visitas, pero raras veces llega alguien a verlo, pues hace dos años su esposa lo abandonó y sus hijas, ya casadas, poco tiempo tienen de verlo y de procurarle comida o atención.
Fuerte en apariencia, con el rostro arrugado pero el cuerpo firme, su pecho cubierto por una raída chamarra se infla desesperadamente con cada respiración, haciéndolo batallar para hablar y explicar su padecimiento.
Don Armando trabajaba en la labor, sembrando maíz, chile, tomate y cebolla; pero un mal día cayó de su bicicleta, se golpeó el pecho y ya nada volvió a ser igual, pues algo empezó a brotar de su interior, formándose unas protuberancias.
A la altura de su pecho, en el lado izquierdo, una formación dura, del tamaño de una sandía promedio se aprecia, la cual le llega más debajo de la cintura e, incluso, en ocasiones no le deja dormir, ya que sólo puede hacerlo de lado, y a veces las condiciones no son las mejores. Se lamenta de no poder trabajar, pues batalla para caminar y ni hablar de volver a subirse a la bicicleta, su medio de transporte, pues mantener el equilibrio le sería imposible, lo que le mantiene deprimido y siempre en casa.
“Me salió una bolita, empezó así como del tamaño de una manzana, me decían que era un nervio, me sobaron, pero no se arregló”, comenta Sánchez Jalomo con tristeza.
Asegura que ha visitado hospitales en Saltillo, en donde le solicitaron análisis y exámenes de casi todo, por lo que tuvo que hacer el desembolso de 5 mil pesos con los que, por supuesto, no contaba y pidió prestados a conocidos que, de buena fe, le ayudaron.
SIN DIAGNÓSTICO
Sin embargo, ni siquiera esto fue suficiente, pues nadie atinó a dar con su padecimiento, ya que mientras algunos galenos le dijeron que se traba de un tumor, otros no emiten pronóstico alguno, y los menos favorecedores, le dicen que sólo le resta esperar la muerte.
“Unos doctores me dicen que es un tumor, pero que ese nada más me lo pueden quitar allá en México, donde tienen máquinas muy nuevas, pero otro doctor me dijo que ya me iba a morir”, relata.
Su protuberancia crece cada día más y el temor de don Armando radica en que sus órganos se obstruyan y sean aplastados, pues la dificultad para respirar ya la tiene, pero no quiere que su condición empeore con el tiempo. “Me decían que era cáncer, pero pues yo no sé de esas cosas, antes estaba dura, y anoche me supuró”, explica.
Por lo pronto vive al día, gracias a la caridad de los vecinos y de alguna de sus hijas que, cuando no están muy ocupadas, lo visitan y le llevan de comer. “Ellas ya están casadas, ya tienen marido y no tienen tiempo”, dice don Armando.
Presa de su desesperación, toma unas pastillas naturales que tampoco le han hecho mucho ni mejorado su padecimiento, por lo que pide ayuda para ser atendido en algún hospital cercano y que, finalmente, le den una explicación.
“Yo estoy casado, pero la señora también me dejó. Esta casita me la presta un señor de Monterrey, pero pues no es mía, él no me dice nada, pero yo no estoy a gusto así”, señala.
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