Todo pudo haber sido coincidencia, pero la duda comenzó a clavarse después de que el camión ADO-GL, "servicio ejecutivo", número 8003, pasara la caseta de cobro de la autopista México-Pachuca, en el municipio mexiquense de Ecatepec, a eso de las 20:50 horas, cuando uno de los usuarios, el que ocupaba el asiento 23, se puso de pie y le dijo al que iba a su lado, del 24, que en un momento regresaba, y se dirigió al baño. Esa sería la contraseña. Luego reinaría el miedo y la histeria.
Era el mismo joven de tez blanca, pantalón de mezclilla y playera azul rey que, acompañado de otro, moreno, también de mezclilla, camiseta blanca de mangas largas y franjas rojas, llegó a formarse en la fila que abordaría el autobús, y preguntó:
--¿Éste es el que va a Tuxpan?
***
El que fue al baño regresó y apuró a su compañero en voz baja:
--Párate, que ya es la hora.
Eran las 21:00 horas.
Cada quien se colocó una lamparita en la frente. Uno caminó hacia el fondo del pasillo y el otro, pistola en mano, se dirigió al chofer y le dijo:
--¡Esto es un asalto, y no hagan nada, porque se los va a llevar la chingada! ¡Y tú, cabrón, síguele --ordenó al chofer, después de una pausa--, y no te pares porque te meto un plomazo, y no prendas las luces!
El de atrás gritó:
--¡Ya oyeron, cabrones! ¡Esto es un asalto, y saquen todo lo que traigan!
--¡Saquen las laptops, celulares, carteras, joyas! --añadió el que estaba cerca de la puerta.
Lo sabían: a bordo iban comerciantes tuxpeños, quienes compran prendas de oro en la Ciudad de México, así como empleados de una empresa con ordenadores.
--¡Párate, párate, cabrón!
Y el chofer frenó.
--¡Abre la puerta, ábrela!
Como fantasmas, en medio de la noche, subieron tres hombres. También traían lamparitas en la frente.
--¡Síguete, síguete, no te detengas! --ordenaron al conductor.
Los pasajeros depositaban sus pertenencias en bolsas negras de plástico que sostenían los recién llegados.
--¡No se hagan pendejos: las laptops y los celulares, las joyas y las carteras; rápido, todo!
--¡Y fíjense debajo de los asientos --ordenó un asaltante a sus cómplices que acopiaban--, debajo de los asientos, rápido, rápido!
--¡Empínate, empínate! ¡Ora, hijos de la chingada! ¡Saquen todo!
Y doña Carmen, ya despojada de su celular, el reloj, aretes y cadenas, fue obligada a entregar un estuche, mismo que trataban de abrirlo, pero no podía; por fin, el delincuente logró abrirlo, pero lo arrojó al descubrir que sólo había un tubito de pintura labial y un espejo.
No había escapatoria. Escudriñaban bien. Por eso Andrés Sánchez Cruz, abogado, no tuvo más remedio que darles un reloj Seiko chapeado de oro, regalo del senador Arturo Herviz Reyes.
--¡Ora, no te hagas pendejo! --apuró el asaltante, y Sánchez le dio un billete de 200 pesos, pero aquél metió la mano en la bolsa de la camisa y sacó papeles y halló la cartera, misma que abrió y sacó mil 300 pesos.
--¡Tu celular!
Le dio su celular Vega, Motorola, de 9 mil pesos, que adquirió a crédito, y a los 12 minutos de iniciado el atraco, entre los kilómetros 10 y 12, ordenaron al chofer que frenara, y bajaron.
--Y tú --dijo el de la pistola al chofer--, síguete, y no te pares, porque si te paras, te voy a plomear.
El chofer obedeció, miró por el retrovisor y preguntó si todos estaban bien. Un pasajero de los primeros asientos se puso de pie e inquirió: "¿Ya oyeron? ¡El chofer pregunta si todos están bien!"
Entonces pareció como si hubiesen destapado una olla presión, surgió el griterío, entre el que sobresalió la voz de una mujer: "¡Nos van a matar, nos van a matar!" Preguntaron al chofer si traía alcohol, mientras Sánchez lo cuestionaba:
--¿Qué te han dicho en tu compañía --preguntó Sánchez al del volante-- en los cursos, sobre lo que se tiene que hacer en estos casos?
--Nada, a mí no me han dicho nada --respondió, y otro pasajero insistió en que regresara a Ecatepec para hacer la denuncia, pero el chofer parecía no escuchar.
Sánchez sugirió:
--Háblale a tu compañero que va en el camarote para ver qué podemos hacer, o por lo menos para que se solidarice.
Y más mutismo.
Pocos se percataron, o disimulaban, que los había rebasado un taxi del DF, el cual simuló guiar al autobús durante varios kilómetros. El taxi desapareció antes de llegar a la caseta El Tejocotal, cerca de Huauchinango, Puebla, y Sánchez sugirió al chofer que reportara lo sucedido, pero éste no hizo caso, por lo que él tuvo que gritar por la ventana:
--¡Nos acaban de asaltar!
Eran las 22:20.
Después de media hora llegó una patrulla, la 12678-PFP, y el oficial pidió calma y reprendió al chofer porque no hizo la denuncia en Ecatepec, pero el regañado culpó a los pasajeros de tal omisión, y fue cuando Sánchez dijo que ni siquiera avisó a su compañero que dormía en el camarote, de modo que el policía despertó al relevo y auscultó el compartimento.
Una pasajera sugirió pedir asesoría al Departamento Jurídico de ADO, en Poza Rica, y en ese momento, ante la sorpresa de todos, apareció alguien que dijo ser "gerente" de esa empresa en aquella ciudad, a lo que Sánchez, enfurecido, le echó en cara su sigilo.
--¿Y usted por qué no dice nada?
--Es que nosotros no tenemos injerencia en GL; yo soy gerente de ADO --argumentó el sujeto.
***
Llegaron a Poza Rica en la madrugada. Bajó la mayoría de los pasajeros. El resto lo hizo en Tuxpan.
"Ahí se apersonó el señor Jorge Palomeque, que dijo ser asesor jurídico de ADO, y nos dio unas hojas para que hiciéramos un recuento de lo robado. Tres días después lo visité y negaron su presencia", recuerda Andrés Arturo Sánchez Cruz.
--¿Qué le dijeron?
--Que no podían considerarlo un robo con violencia, porque no hubo heridos, y que fue psicológico, porque entregamos nuestras pertenencias en forma voluntaria...
Días después, 21 de noviembre, Arturo Sánchez, su esposa y la profesora María Eréndira Camacho, avalados por otros, hicieron una denuncia en la agencia del ministerio público de Ecatepec.
Y ahora el matrimonio está aquí, en una fonda de la Ciudad de México, en la que hacen escala cada vez que Carmen Farías visita al médico en un hospital de Tlalpan, donde ahora, además de su enfermedad, la atiende un psicólogo como consecuencia de lo que sucedió aquella noche.
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