Saltillo, Coah.- El café caliente que tomaba el policía Francisco Guzmán Sánchez a media noche terminó frío cuando regresó a la Biblioteca Central, en la Alameda Zaragoza.

A más de 20 años de distancia el episodio lo recuerda casi intacto.

Tomaba un café con el vigilante de la Biblioteca cuando vio llorar a una mujer sentada junto al lago. Vestía ella un abrigo y en su hombro colgaba un bolso

Tal vez necesitaba ayuda, por eso se acercó, le preguntó qué tenía y la mujer no le respondió, se levantó y caminó hacia la calle Cuauhtémoc donde la vio entrar a las que eran oficinas del hoy desaparecido periódico El Sol del Norte. El vigilante del local negó que alguien hubiera entrado ahí.

Francisco Guzmán Sánchez regresó pensativo a la Biblioteca Central y antes de llegar la mujer ya estaba de nueva cuenta sentada junto al lago.

La misma postura, la misma mujer, el mismo lago y el policía municipal se disponía a repetir la misma pregunta, pero ya no pudo llegar a ella junto al lago.

“Me brinco y ella se sale, se va todo el corredor hacia abajo, caminando, pero haga de cuenta como que iba volando porque yo estaba nuevo y era bueno para correr y para andar y la alcanzo ahí en los jueguitos y le digo, ¿se le ofrece algo, seño?, y voltea y me ve y haga de cuenta que tenía una cara de caballo, y sí me asusté, poquito pero sí me asusté”, narra.

Además de esa mujer, Francisco Guzmán Sánchez ha visto en varias ocasiones a una enfermera que pasa del área de juegos infantiles a la nevería; sólo saluda.

El policía municipal inició la vigilancia de la Alameda Zaragoza un 2 de septiembre de 1982 y su primera encomienda era lograr que el sitio se convirtiera en un verdadero paseo peatonal pues ebrios y drogadictos atemorizaban a los paseantes.

A fuerza de detenciones por alterar el orden el problema se resolvió, cuenta, como también se resolvió un problema de prostitución, pero éste a insistencia de denuncias ciudadanas.

Francisco Guzmán Sánchez, de 62 años, dice que en tres décadas ha sido testigo de cuatro ahogamientos en el lago y un suicidio.

Los ahogados, recuerda, fueron tres estudiantes de la Narro y un joven vestido de vaquero. Pero además le tocó reportar dos ebrios muertos entre rosales y un suicidio.

El suicidio, dice, le impactó porque se trataba de un niño, estudiante de secundaria.

“Estaba trabajando en la Berrueto dando vialidad y llega una señora y me dice: ‘Señor policía, ahí está un niño con una pistola y se está apuntando en la cabeza’, yo me vengo, estaba liviano, estaba nuevo y me vengo brincando troenos y todo y llego y cuando llego ¡paz!, se sonó, llegando se sonó él”, recuerda.

“Entonces yo lo que hago es correr a la Biblioteca, todavía no traíamos radios, pido el teléfono y ya comunico, manden apoyo, todavía estaba con vida, pero en el transcurso al hospital lo reportan grave, lo trasladan a Monterrey y en el trayecto a Monterrey se muere. Y se queja, a las 12:00 de la noche se queja el chamaco ahí”.

El caso al que se refiere el oficial consternó a la comunidad saltillense a inicios de los noventa. El niño era alumno de la secundaria Andrés S. Viesca, y acosado por sus compañeros decidió terminar con su vida justo un 30 de abril, en que se conmemora el Día del Niño.

Francisco Guzmán Sánchez dice que no ha sido difícil resguardar la Alameda, que ha sido reconocido por su labor pues el Municipio hasta le regaló una casa.

Le ha tocado separar a estudiantes que se pelean, pedir que se retiren parejas que invaden los jardines.

Dice que sumó tres décadas de vigilancia a la Alameda sin ninguna falta, sin ningún reporte, pero el próximo año buscará su jubilación y quien lo reemplace tendrá más historias que contar.
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