El trayecto de León a la capital toma menos de una hora, pero el paisaje aminora el tiempo, por lo que, cuando el camión llega a Guanajuato, las ganas de conocerlo son mayores al cansancio provocado por el viaje de más de nueve horas.
Al salir de la central camionera, el aire huele diferente, la mañana es fresca, pero no fría, así que las chamarras y bufandas comienzan a estorbar. No hace falta levantar la mano para detener un taxi, pues afuera de la central se ofrece este servicio para aquellos que lo necesiten.
“Al hotel Villa de la Plata, por favor”, el taxista asiente y comenta que el costo es de 60 pesos, pues el hotel está al otro extremo de la ciudad, en la salida a Dolores Hidalgo. No es molesto saber que el hotel está tan lejos, pues eso permitirá tener una vista rápida de la ciudad y ubicar los lugares que están marcados en el itinerario. Luego de dejar maletas y despejar un poco la mente, el recorrido comienza.
El trayecto del hotel al centro es bastante largo, pero eso no es impedimento para recorrerlo a pie. Paso a paso, la ciudad se va mostrando, el camino es curveado, en una vuelta solamente se observan piedras y árboles, pero en otra vuelta, la vista de Guanajuato es impresionante, todas las casas en colores brillantes, las cúpulas de las iglesias se distinguen de lejos y los edificios de las grandes metrópolis aquí no tienen lugar.
DEL CASTILLO SANTA CECILIA AL MUSEO DE LAS MOMIAS…
Después de media hora de camino, los ojos se topan con una majestuosa construcción estilo medieval que en 1939 fue convertida en hotel, se llama Castillo Santa Cecilia. La cámara fotográfica no deja de captar ningún detalle del edificio e incluso uno de los vigilantes permite la entrada a pesar de no ser huéspedes del hotel.
Después de realizar un mini tour por afuera del castillo, sigue el camino. No pasan ni cinco minutos cuando la verbena y el ruido anuncian que el centro de la ciudad está cerca. El olor de la comida se hace presente, el lugar elegido para desayunar es un puestecito de gorditas de maíz que está ubicado a la entrada de un pequeño callejón que desemboca en una casa.
Los guisos son tan variados como los colores del mandil de la señora que las prepara. Dos gorditas son más que suficientes para llenar el estómago y satisfacer el paladar. Ahora sí, es momento de comenzar.
La calle Insurgencia, que después se convierte en la calle Miguel Hidalgo, es la que guía a la Plazuela de las Ranas, la que se conoce así porque está decorada con grandes ranas de cantera, mármol y otros materiales, pues Guanajuato significa “Lugar montuoso de ranas” (Kuanasï=rana; Uata=cerro), que en purépecha se escribiría Kuanasïuatu, además en esta plaza hay una fuente decorada con banderas de distintos países y una leyenda que dice “Guanajuato, patrimonio de la humanidad. Capital Cervantina de América”.
A unos cuantos pasos de allí se encuentra la calle Banqueta Alta, que cruza con Tepetapa, la calle que conduce a turistas y locatarios al famoso Museo de las Momias, en el cual se exhiben distintos cuerpos momificados encontrados en los panteones de la ciudad.
Después de la intensa subida por Tepetapa y bajar unos cuantos escalones, el museo se deja ver, pintado de blanco, con unos arcos que adornan el pasillo que lleva de la taquilla a la entrada. Caminando a comprar los boletos, aparecen vendedores de “charamuscas”, un dulce regional hecho con caramelo en forma de catrina.
El vendedor es bastante insistente y no viene solo, con él se acercan otros dos vendedores más. Aunque su ofrecimiento es bastante tentador, es más grande la curiosidad de conocer el museo, así que el vendedor se conforma con saber que a la salida es posible que su venta se concrete. El costo de la entrada es de 50 pesos y se puede acceder con cámara fotográfica, siempre y cuando las fotos sean tomadas sin flash.
Al dar la vuelta y entrar, se encuentran las momias, muchas personas recordarán que hace unas cuantas décadas atrás, las piezas de exhibición sólo las separaba del visitante una pequeña baranda, ahora están dentro de vitrinas. El recorrido comienza con la primera momia que forma parte de la colección. Un doctor francés llamado Remigio Leroy que fue exhumado el 9 de junio de 1865.
Por donde se camine, las momias tienen su espacio y su lugar. Algunas son más escalofriantes que otras y lo que provoca sentimientos encontrados en quienes las ven, no son sus formas, sino sus expresiones faciales.
Casi al final del recorrido se encuentra la momia más famosa del museo, por ser la más pequeña, de aproximadamente 20 centímetros de altura. Se trata de un bebé que murió dentro de su madre, quien en la vitrina se encuentra a su lado.
El camino termina con una sala llamada “Culto a la muerte”, en la que por 10 pesos más, uno puede conocer una catacumba real de un vampiro, algunos de los objetos con los que torturaba la Santa Inquisición y se puede ver de cerca la antigua entrada al panteón, la que según cuenta la leyenda fue clausurada debido al rumor de que un monje se aparecía en ella y daba la bendición.
El regreso es tan pesado como el de subida, por lo que la mejor opción es un taxi para llegar al Mercado Hidalgo, el siguiente punto interesante por conocer.
EL MERCADO HIDALGO Y LA ALHÓNDIGA DE GRANADITAS…
Ubicado en la avenida Juárez, en el corazón de Guanajuato, el mercado es algo similar al Mercado Juárez de Saltillo, en el que se puede encontrar desde artesanías a bajo costo, pasando por carne fresca, dulces, llaveros, aretes, ropa, piñatas, hasta jocoque y comida casera corrida. El mercado es una construcción del siglo 20, inaugurada en 1910 por el presidente Porfirio Díaz.
Por una de las escaleras que conducen al segundo piso se encuentra un pequeño altar a Nuestra Señora de Guanajuato, virgen venerada en esta ciudad y de la que la mayoría de los lugareños son devotos.
En un costado del mercado hay una pequeña área de dos pisos que está dividida en locales de comida, si uno se detiene tan sólo unos segundos a evaluar dónde es más conveniente comer, las señoras que cocinan, como quienes les ayudan, comienzan a gritar “Pásele, acá tenemos la comida corrida a 25 pesos… Pásele, seño, acá están las enchiladas mineras… Ándele acá está más rico” y poco falta para que lo tomen del brazo y lo lleven a sentar a su puesto.
Si usted es de los que se desespera, lo mejor no será pararse por aquel lugar, aunque eso significa perder la oportunidad de disfrutar de comida casera y probar las enchiladas mineras, platillo típico, que consiste en tortillas de maíz bañadas en salsa de chile guajillo, rellenas de queso y papa, servidas con queso ranchero, lechuga, tomate, papa cocida en cuadros y una pieza de pollo frito.
Después de comer y curiosear por los puestos, lo mejor es caminar frente al mercado y tomar la calle Mendizábal, en la que se encuentra otro mercado muy particular. En este centro se ofrece de todo, menos comida, es un lugar lleno de puestos atendidos por “hippies”, quienes derrochan su “buena onda” y no acosan a los compradores ofreciendo su mercancía, sino que sólo se limitan a decir “Te lo puedes probar, eh”, con ese tono tan característico de tranquilidad mezclado con el acento del centro del país.
Por la noche, los turistas prefieren seguir a las estudiantinas en las tradicionales callejoneadas en las que por 70 ó hasta 100 pesos, pueden disfrutar de música hispanoamericana en vivo, además se les obsequia un “porrón”, una vasija que se llena con jugo de manzana. Por lo general la bohemia termina en el Callejón del Beso, un lugar tradicional en el que las parejas buscan la buena suerte en su relación, al darse un beso en el tercer escalón pintado de rojo.
UN NUEVO DÍA, UN NUEVO COMIENZO…
Después de la callejoneada y de dormir unas cuantas horas, la energía vuelve para conocer el resto de Guanajuato.
Frente al templo de San Roque se encuentra una plazuela, donde desde 1953 se escenifican los Entremeses Cervantinos que dieron origen al Festival Internacional Cervantino en el año 1972.
Cerca de allí se encuentra la Plaza de los Ángeles, una bella plazuela testigo de los acontecimientos que marcaron y siguen marcando la historia de los guanajuatenses. Esta plazuela tiene dos callejones, uno de ellos es el Del Beso, el otro es un camino largo al monumento del Pípila, desde el cual, la vista de la ciudad es incomparable.
La bajada del Pípila es tan intensa como fue la subida, el dolor de pies y piernas valió la pena al final del camino. Al salir de los callejones, lo ideal es caminar por la calle Alonso, que al doblar en un callejón topa con la calle Manuel Doblado, sobre la que se encuentran el templo de San Diego y el Teatro Juárez, dos construcciones emblemáticas de la ciudad.
La primera de ellas fue construida por la necesidad de que la Congregación de Franciscanos Descalzos, también conocidos como Dieguinos, tuviera su propio convento o monasterio. El templo fue terminado en 1667, pero en 1780 hubo una terrible inundación que dañó la estructura del templo que fue reconstruido en septiembre de 1782.
En el Jardín de la Unión se encuentra uno de los restaurantes más representativos de la ciudad, el Casa Valadez, en el que al entrar se nota la tradición y los años en sus muros.
Los meseros son muy amables y ofrecen las cartas del menú en español e inglés. Sus platillos son variados y todos con un toque gourmet, en los que la especialidad de la casa son los cortes de carne. Los precios son accesibles y los platillos valen lo que se paga por ellos.
Después de disfrutar un pollo a la primavera, el cual se sirve acompañado de frutas silvestres como moras y fresas, quienes comparten la mesa degustan fajitas de arrachera y pollo a la florentina, acompañado de queso y espagueti al estilo italiano.
EL RECORRIDO LLEGA A SU FIN…
Aunque los pies piden un descanso para relajarse, el camino continúa. La siguiente parada es el Teatro Principal al que se llega por la calle Cantarranas, en la misma que se encuentra la Plazuela del Baratillo, decorada con una fuente que originalmente se encontraba en la Plaza de la Paz.
Después de caminar tanto, los pies conocen Guanajuato hasta en el más mínimo detalle, descubren el Templo de la Compañía que está en reparación, a su costado se encuentra la Universidad de Guanajuato, unos pasos más allá está el Museo del Pueblo de Guanajuato, dos cuadras después está la Casa Museo Diego Rivera y de regreso por la calle Pocitos, después por Jaime Valle y finalmente por avenida Juárez, se encuentra la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato, antigua parroquia de Guanajuato hasta 1957, en que se elevó de categoría a basílica.
Lo que se vive en Guanajuato es una experiencia única y más si se acude en tiempos de Cervantino, pues la fiesta dura todo el día y la noche, el arte y las tradiciones están por todas partes, y aunque el recorrido se realizó en dos días, aún faltan muchas cosas por conocer.
Es por ello que es recomendable pasar mínimo una semana por allá para poder disfrutar de todos los puntos turísticos de la Capital Cervantina de América, patrimonio de la humanidad.
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