México, D.F.- Aung San Suu Kyi, “La Dama”, como la conocen sus partidarios, es una mujer menuda, delgada y con un semblante tranquilo. Al verla, uno se pregunta por qué despierta tanto temor en la junta militar que gobierna Myanmar desde hace dos décadas.

Tiene 63 años y es “la” líder de la oposición; no hay otra figura así de visible en Myanmar. Empezó a serlo a finales de los 80 y lo sigue siendo ahora, a pesar de su encierro forzado (la junta le ha impuesto tres arrestos domiciliarios desde 1988).

En estos días, Suu Kyi está a la espera de su libertad; pero cada vez que está a punto expirar el plazo de su encierro forzado, los militares a cargo encuentran un pretexto para mantenerla así, aislada, donde menos daño creen que puede causar a sus intereses.

La esperanza en su libertad refleja el sentimiento de muchos birmanos que se sienten atrapados en un país controlado por un régimen militar represivo. El encierro de Suu Kyi simboliza la determinación del Ejército de no dejar que nadie se le oponga y desafíe su estancia en el poder, pero también el deseo de libertad y cambio de los birmanos.

Con su resistencia pacífica, Suu Kyi se ha convertido en una heroína. Y los represores siempre han temido a los héroes. La siguen miles en su país y su protesta ha llamado la atención del mundo sobre la situación en Myanmar; la comunidad internacional ha pedido reiteradamente su libertad y también la mejora de los derechos humanos en la zona, para lo cual no ha dudado incluso en imponer sanciones económicas.

¿Qué haría la junta militar con una líder tan fuerte, una que ha recibido el premio nobel de la Paz, por cierto, libre por las calles, justo cuando el país se prepara para celebrar elecciones el año entrante?

Parece que el Ejército no sabe qué hacer y, así, se ha embarcado en un juicio contra esta mujer por violar los términos de su arresto domiciliario. Suu Kyi ha estado encerrada intermitentemente: entre 1989 y 1996, 2000-2002 y de 2003 a la fecha.

Daw Aung San Suu Kyi es hija del fundador de la Birmania moderna, U Aung San, líder independentista asesinado en 1947 cuando ella tenía tan sólo dos años de edad. En los 60 dejó el país, a donde no regresaría sino hasta 1988 para cuidar a su madre enferma, dejando en Londres a su esposo y dos hijos.

Su llegada coincidió con el estallido de protestas en el país; el experimento socialista del general U Ne Win empobreció a la nación y la gente reclamaba un cambio. Suu Kyi decidió liderar una lucha pacífica en favor de la democracia y los derechos humanos. Viajó por todo el país y atrajo a miles de personas en un movimiento no violento inspirado, dicen quienes la conocen, en Martin Luther King y Mahatma Ghandi.

Armada con su carisma y su imagen elegante y bien educada —estudió en Oxford— enfrentaba a los soldados que amenazaban a quienes participaban en las manifestaciones. Pero las protestas fueron brutalmente reprimidas por las fuerzas del orden: tan sólo en Yangón hubo más de mil muertos en el famoso 8-8-88.

El general Saw Maung organizó un golpe de Estado e instauró el Consejo de Estado para la Restauración de la Ley y el Orden y Suu Kyi se convirtió en la líder de la Liga Nacional por la Democracia (LND).

En 1990, la última vez que se celebraron comicios legislativos en Myanmar, la LND, bajo la tutela de Suu Kyi, ganó con más de 82% de los votos válidos emitidos, un resultado que la junta nunca reconoció. En 1991, “La Dama” fue distinguida con el premio nóbel de la Paz por sus esfuerzos para llevar la democracia al país.

En estos días está por emitirse el veredicto del juicio que se sigue en contra de Suu Kyi por haber violado los términos de su arresto domiciliario (mismo que le fue levantado el pasado martes 26 de mayo) al recibir al estadounidense John William Yettaw, de 53 años, que llegó a su casa cruzando a nado el lago Inya, obviamente sin permiso, y se quedó ahí por tres días, según la junta.

Muchos ven en el juicio un pretexto de la junta para evitar que Suu Kyi salga en libertad y pueda tener alguna participación en las elecciones generales que están programadas para el 2010. Si la encuentran culpable enfrenta una condena de hasta cinco años de cárcel, lo que resultaría muy conveniente para la junta.

La última vez que estuvo en plena libertad, en el 2002, su carisma quedó más que demostrado con las manifestaciones en su favor cuando viajaba por el país. Un año después la represión no se hizo esperar y, de nueva cuenta, muchos de sus simpatizantes fueron encerrados o asesinados. Ella fue puesta otra vez bajo arresto domiciliario.

Ahora, en la Constitución militar, aprobada en un referendo en 2008 en medio de denuncias de fraude, existe una cláusula que dice que “nadie que disfrute el derecho o privilegio de un ciudadano extranjero” puede contender. Suu Kyi es la viuda de un británica y cae justo en esa categoría. Además, si la encuentran culpable, de todas formas quedaría descalificada para participar en las elecciones.

El costo de su lucha no ha sido poco. Aunado al aislamiento, ha estado alejada de su familia por años; ni siquiera acudió al lecho de muerte de su esposo, Michael Aris, en 1999. Se rehusó a aceptar el permiso del gobierno de ir a Reino Unido, por temor a que no la dejaran reingresar al país.

“Espero verlos en días mejores”, dijo Suu Kyi hace unos días a un grupo de diplomáticos con quienes se le permitió hablar. Ciertamente, el mundo espera también verla en días mejores, lo mismo que a Myanmar.
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