El psiquiatra originario de Torreón estuvo ayer en Monclova para hablar del tema que aún en la actualidad y con la información que constantemente se genera, se percibe más como un problema meramente de conducta y no neurológico debido a una alteración de flujos neurotransmisores.
“Es común pensar que el niño está “chiflado” en términos comunes cuando no atiende órdenes o no se concentra en su aprendizaje; pero este padecimiento que es hereditario y no se cura, debe tratarse inmediatamente una vez que se le ha diagnosticado el trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad para controlarlo”, añadió.
Sánchez Arizmendi lo define como un problema biológico que surge de una falla en el líquido que comunica a las neuronas, provoca principalmente la mala conducta del menor y que desafortunadamente, comenta, no se puede demostrar con una radiografía, sino a través de la actividad que arroja un encefalograma.
“No se puede mostrar en un estudio concreto, por eso no se considera cien por ciento enfermedad en un término exclusivo, pero los cuadros clínicos están perfectamente estructurados e implican síndromes y síntomas que se estudian por medio del comportamiento”, djio.
Por ello es importante observar la conducta y el desarrollo del niño desde antes de los siete años, edad en la que los médicos pueden comenzar a tratarlos: “Los síntomas aparecen desde los 2 ó 3, luego ingresan al preescolar y los vemos muy activos en su proceso de aprendizaje mecánico, como abrocharse los zapatos o saber escalar”.
Pero una vez que han ingresado a la primaria y no les es posible estar sentados las horas en clase además de que no tienen retención de la información, los padres deben considerar evaluarlos con un médico para iniciar un tratamiento que les asegure una vida plena y de calidad, dijo Sánchez.
“Sí existe una gran diferencia entre un niño que desea llamar la atención por el entorno en el que vive y uno con el padecimiento, pues la conducta de éste último es igual en clase, en casa, con amigos y familiares; mientras que el primero cambia solamente en cuanto llegan los papás o los abuelos, los tiene “medidos”, añadió.
Incluso, señaló Sánchez Arizmendi, antes de un diagnóstico final se debe realizar una evaluación familiar para descartar por completo que no es solamente problema de conducta y se trata de un TDH: “En mi caso, evalúo también a los padres de familia para observar si no existen problemas en la pareja que están dañando al pequeño”.
Un padecimiento que es hereditario como la depresión, la bipolaridad y la esquizofrenia, comenta el médico, tiene grandes probabilidades de curarse si se somete al tratamiento; sin embargo, muchos padres de familia no aceptan la medicación en sus hijos.
“Yo les aseguro tajantemente que un niño que lleva su control médico, al convertirse en adulto podrá mantener un trabajo y relacionarse con la sociedad; mientras que aquellos que no lo hacen caerán en las drogas y el vandalismo, lo cual se ve reflejado en muchos Ceresos, donde los reclusos presentaron este padecimiento con carácter explosivo debido a que no llevaron un control adecuado”, comentó el médico.
LOS NIÑOS Y LA VIOLENCIA
Al hablar del tema de la violencia, Carlos Sánchez considera que se debe realizar un análisis retrospectivo de la manera en que crecieron los adultos y jóvenes de la actualidad, pues son los principales generadores de dicha situación.
“Los pequeños aprenden en el preescolar el ‘pecho tierra’; es decir, medidas de seguridad como parte de su aprendizaje didáctico, lo cual no debería asombrarnos porque ellos sufren la violencia que nosotros mismos iniciamos”, sostuvo.
Y es que según su opinión, a las generaciones anteriores se les facilitaban revistas, programas de televisión y video juegos con gran contenido explícito sobre muerte y destrucción: “La condición de no temer es responsabilidad también de los medios de comunicación”.
Antes, añadió, los niños aprendían a matar en los videojuegos, una vez que crecieron, salieron a la calle para hacer ese “juego” realidad: “Y desafortunadamente nuestros niños están viviendo físicamente esta situación que a pesar de todo yo considero que puede mejorar”.
Y los adultos que se quejan de la falta de valores son los principales que tienen que buscar un cambio si se quiere mejorar el actual panorama y no dejar esa esperanza solamente a las próximas generaciones: “Hay un proceso se identificación, en la que el pequeño quiere ser como sus padres porque los considera similares a unos dioses que todo lo pueden y todo lo logran”.
Este proceso es diferente al de imitación, que se hace de manera consciente, mientras que el primero es inconsciente. “Todos debemos estar involucrados en el cambio y practicar con el buen ejemplo hacia nuestros hijos, porque buscan ser como nosotros”.
Sánchez Arizmendi señaló también que el concepto de normalidad es lo que está permitido y que no afecte a los demás, así mismo, recalcó que la educación debe ser integral, un complemento del aprendizaje de casa y de la escuela.
“Los niños ven cómo se desempeñan mamá y papá, perciben las situaciones del medio en el que viven y los factores de riesgo a los que están expuestos, como las drogas y el vandalismo; y uno de los factores comunes entre los delincuentes y los sicarios proceden de un núcleo familiar fracturado y hostil donde les enseñaron que para sobrevivir hay que matar al otro”, comentó.
Es tiempo (y urge) de retomar valores y dar importancia debida a la conducta de los hijos, pero que de igual manera toda la familia se involucre en seguir los mismos parámetros y asumir un compromiso; además, indicó el especialista, los padres deben tener más visión para educar a sus hijos e impulsarlos incluso a ser mejor que ellos.
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