México, DF.- Justo en el borde del barandal del primer piso de su escuela, Rodrigo se arrepintió. Ya no quería aventarse al vacío, pero no había paso atrás. Todo fue en un instante. Rápido. De pronto, Rodrigo ya estaba en el suelo.

“Me dijeron en el kínder que en el cielo ya nadie te grita”, platica Rodrigo en su casa, casi tres semanas después de su aventurado salto en la escuela primaria Rafael Valenzuela, de la Delegación Venustiano Carranza.

El pequeño lo recuerda con una sonrisa. Sabe los detalles. Los platica en un orden impresionante. Sus ojos son brillantes, grandes, observadores.

Rodrigo es un niño menudito, de brazos y piernas aparentemente frágiles, pero lo suficientemente fuertes para no sufrir lesiones por la caída. La coherencia de sus frases, el orden de su narración, confirman por qué recibe una beca de excelencia del programa Niños Talento del Gobierno del Distrito Federal.

“Sucede que estaba haciendo la tarea de Español y me acordé de unas cosas”, comenta seguro de sí mismo.

A su mente llegó una serie de malos recuerdos. De pensamientos que merecían desaparecer. Fue un arranque de desesperación. La gota que derramó el vaso y que lanzó a Rodrigo por el barandal. Él es víctima de “bullying”.

El acoso de seis, siete u ocho niños más grandes que él, lo llevó al límite de su paciencia. La idea se enterró en su mente. Y no lo dejaba en paz.

“Me gritan, no me dejan comer, me ponen el pie, no me dejan pasar, me tiran en lugares sucios, no me dejan comprar mi comida”.

Es un rosario de quejas que lo han acompañado apenas en este ciclo escolar. Una serie de agresiones silenciosas, ocultas en el bullicio del ambiente escolar, pero que a Rodrigo lo atormentaron hasta el borde de un barandal.

Un día, Rodrigo acusó a su agresor, pero éste se perdió entre la multitud de escolares. Más tarde, sobre el pequeño cuerpo de Rodrigo se arremolinó la pandilla de ocho muchachitos. Lo amenazaron con golpearlo si revelaba las agresiones sufridas. Se dedicó, entonces, a evitarlos, a callar. No puede enfrentarlos él solo. “Son demasiados”.

La paciencia llegó al fin. Dejó el cuaderno, fue al barandal y cayó. No fracturas, no lesiones mayores.

“Dios le tendió la mano en el suelo”, dice su abuelo, Enrique Alcázar. Como él, el resto de la familia con la que vive: más abuelos y los tíos, coinciden en que Rodrigo es la pieza fundamental del hogar. Admiran su inteligencia, su compromiso con los estudios, sus buenos modales y su espíritu noble. Es el único niño, el alma de esa morada. Nadie sospechaba su pena.

Después del suceso, los problemas fueron las declaraciones que iban y venían. La Procuraduría General de la República detuvo a dos profesoras y a la directora de la escuela, pese a que Iván, el padre de Rodrigo, no las culpó, según relata. Otorgó un perdón ante una acusación no hecha.

Pero a pesar de eso, la directora inició una campaña de difamación contra la familia Alcázar, acusa el padre de Rodrigo. Que Iván es alcohólico y drogadicto, que nunca se ha parado en la escuela de su hijo, que su niño es maltratado y sufre violencia en casa y que en la escuela que dirige no hay “bullying”.

Por eso no deja que ingrese el personal de la Secretaría de Educación del Distrito Federal a impartir talleres contra el acoso escolar. “Se quiere deslindar de la responsabilidad, aunque dañe a mi familia y afecte a todos los niños del plantel, pues ¿qué va a pasar con otros niños?”, comenta Iván Alcázar.

Hoy Rodrigo confiesa que se siente mal de haber ocasionado tristeza en su familia, pero está contento de que su pie ya no le duele.