Saltillo, Coah.- Ubicados a cientos, quizá miles de kilómetros de la capital, decenas de comunidades que carecen de policías o cuerpos de seguridad son víctimas de robos, secuestros exprés y extorsiones, que los tienen en la indefensión

La distancia que separa a la ciudad de Saltillo de la zona rural ha sido un factor importante para que los ejidos de la capital del estado se hayan convertido en “pueblos sin ley”. A pesar de los esfuerzos del Ayuntamiento por brindar seguridad a las más de 80 comunidades, los ejidatarios se encuentran expuestos a ser víctimas de ladrones, extorsionadores, e inclusive de sus mismos vecinos.

Según han mencionado autoridades de la Policía Preventiva Municipal, los delitos comunes que se cometen en el área rural son considerados como simples: riñas, peticiones familiares o robos pequeños, pero para quienes son víctimas de la inseguridad no resulta tan sencillo como lo señalan.

El riesgo en casa
Llega el fin de semana, y los habitantes de los ejidos ya ven un panorama nocturno desalentador. La visita de personas que acuden a fiestas, visitas familiares, o sólo a embriagarse, se han convertido en un dolor de cabeza para quienes viven en el campo.

Apenas llega la noche del viernes y comienzan a escuchar la música, los gritos, lo cual anuncia un final no muy grato; la parranda terminará en una pelea, los “cohetes” harán eco en el ambiente, o cuando bien les va, sólo pasarán la noche en vela a consecuencia del ruido ocasionado por el ambiente generado al calor de las copas.

“Aquí nosotros tenemos unos vecinos que cada semana tienen fiesta, tienen su ruidero a todo volumen, no dejan dormir, nosotros hablamos al 066 y nada más nos dicen ‘sí ahorita va una patrulla para allá’, todavía la estamos esperando porque nunca vienen”, aseguró la señora Dolores.

Señaló que en algunos hogares la seguridad está depositada en “El Negro”, “Pilo”, o “El Sultán”, mascotas que los ejidatarios tienen en sus viviendas y que fungen como vigilantes durante las 24 horas los 365 días del año, sin importar el frío, el calor, siempre están ahí, a la orden de su amo.

Botones de pánico
El 17 de marzo del 2011, el Ayuntamiento de Saltillo inauguró la Delegación de Policía en Derramadero, la cual tendría la función de resguardar la seguridad de los 84 ejidos y sus anexos, además de la zona industrial del sur de la capital del estado.

Para esta nueva delegación se asignaron cinco unidades Jeep 4x4 equipadas y 40 elementos para las dos guardias con las que se trabajaba, ahora desde el pasado 3 de enero los turnos de vigilancia fueron cambiados a tres durante las 24 horas del día.

En el evento, el director de la Policía Preventiva, Marco Antonio Delgado Talavera, anunció la colocación de “botones de pánico”, esto ayudaría a reducir los tiempos de respuesta de la corporación, pero sobre todo, serían el punto de comunicación entre las zonas más lejanas con la delegación.

A casi un año del anuncio, el Ayuntamiento de Saltillo ha colocado 30 dispositivos en ejidos donde ha sido satelitalmente posible la instalación de los mismos, mencionó el alcalde Jericó Abramo Masso durante una visita al ejido Agua Nueva el pasado 6 de enero.

“Se instalaron (botones de pánico) en ejidos donde es tecnológicamente posible, faltan los otros ejidos, estamos viendo ahorita con nuestro centro de información la posibilidad de llegar a ejidos donde no tenemos ningún tipo de radiocomunicación para que puedan tener el botón de pánico antes de marzo”, dijo en aquella ocasión el Alcalde de Saltillo, Jericó Abramo Masso.

A pesar de que Zócalo Saltillo visitó algunas comunidades ejidales para conocer el funcionamiento y la operación de estos dispositivos, no se pudo localizar alguno de los botones de pánico, e inclusive algunos comisariados ejidales mencionaron desconocer del proyecto.

“Sí nos dijeron de eso de los botones, algo escuché pero todavía no, todavía falta, parece que ya nos autorizaron eso, nos comunicaron de eso pero todavía no, hasta ahora quedaron de avisarnos cómo va a ser todo”, dijo Paz Sandoval, comisariado de San Francisco del Ejido.

Unidos por la causa Mencionó que su comunidad no se ha visto tan afectada por los robos o por la violencia como en otros ejidos, pero para evitar disturbios y estar más unidos ante cualquier adversidad que pudiera generarse, optaron por crear una organización que vela por el bienestar de todos.

“Aquí nosotros tenemos un comité que está formado con autoridades, entonces cualquier cosa que pase levantamos un acta y se reporta para que sepan los compañeros lo que está pasando. Nosotros mismos nos organizamos para resolver los problemas que pudieran surgir de inmediato, estamos organizados, y ahí decidimos qué es lo que podemos hacer, y qué vamos a hacer con lo que pasa”, agregó Paz Sandoval.

Robos a la orden del día
Desde hace un año, sobre la carretera Estatal a Derramadero, campesinos afirman haber sido víctimas de ladrones que los han despojado de su ganado. Ante el temor a represalias han optado por dejar de pedir ayuda, ya que las autoridades no acuden a su llamado.

“En Santa Teresa y Rancho Nuevo he oído decir que hay robos, son robos de ganado, por ejemplo hay personas que tienen borregos, se han presentado dos, hay quienes tienen becerro y son otros, y a veces les piden dinero, aparte llegan y cargan las borregas y les piden dinero”, mencionó un campesino que prefirió el anonimato.

Agregó que estos ladrones no conformes con quitarles el ganado vacuno o bovino, en el mismo lugar les piden dinero a cambio de soltar a sus presas, de lo contrario solamente se van sin que puedan hacer algo al respecto. Sólo callan y siguen su camino agradeciendo que ellos no fueran las presas.

“Esto ya es como dicen un robo a ‘ojos vistos’, y luego les dicen me vas a dar tanto para llevarte el ganado, es gente que no conoce uno, en realidad no los llega uno a conocer porque sabe quién serán; por ejemplo, ahorita si a usted le digo ‘tú de dónde vienes’, y me dice ‘a ti no te interesa, tú me vas a dar tanto’”, agregó la fuente.

Inclusive hay quienes hasta han perdido su patrimonio al trasladarse a la capital del estado a vender sus crías, ya que según mencionó el ejidatario, han sufrido robos sobre la carretera en donde los hampones han descendido a los campesinos de sus camionetas para despojarlos del ganado. Mencionó el conocimiento de un par casos.

“Algunos los han bajado por ai’ de las camionetas. Y caminando de repente los han asaltado en la carretera, de los que transitan por el camino, también les han robado, los detienen y les quitan lo que traen”, mencionó.

A pesar de que son sólo unos cuantos casos y que para las autoridades la situación está “tranquila”, para los campesinos resulta difícil tener que enfrentar la falta de presencia policiaca en sus ejidos, situación a la cual se han ido acostumbrando.

“Ni vienen, uno les llama cuando los necesita y nada más nos dicen que vienen para acá y nunca llegan, aquí lo que más pasa es que hay algunas gentes que se ponen borrachos y empiezan a hacer ruido y tienen un escándalo, habla uno pero nada más nos quedamos esperando”, mencionó Dolores Hernández, habitante del ejido Derramadero.

Largo camino
Debido a que la mayoría de los ejidos de Saltillo no cuentan con señal telefónica, el reportar situaciones de peligro se vuelve un calvario por la lejanía con la delegación en Derramadero, y en otros casos con la ciudad de Saltillo.

Comunidades como Agua Nueva, La Encantada, Derramadero, San Juan de la Vaquería, o Chapula, se encuentran a no más de 15 minutos de la nueva Delegación de Policía, y a pesar de la cercanía resulta a veces casi imposible comunicarse con las autoridades para reportar situaciones de inseguridad que se registran.

La señal telefónica a veces funciona, en otras ocasiones tienen que trasladarse en vehículo o pagar para que los lleven a hacer su reporte, según comentó Antonio Eguía, comisariado del ejido Derramadero, quien destacó lo difícil que es estar en un puesto como el que le fue asignado, debido a las carencias que padecen.

“Me dicen (las autoridades municipales) ‘trae su celular’, les doy el número, pero luego dicen ‘le hablamos pero no contesta’, claro, pues cómo voy a contestar si no hay señal, y por eso tenemos que ir precisamente hasta Saltillo, yo como comisariado, que a la Presidencia o alguna otra dependencia tengo la necesidad de ir, y en cambio en una urgencia tenemos que buscar la señal para podernos comunicar”, agregó.

Inclusive menciona cómo en ocasiones él mismo ha tratado de desempeñarse como “antena”, moviéndose de un lado para otro, levantando el celular o dándole unos golpes para ver si corre con la suerte de que una “rayita” como dice él, pueda aparecer en su celular y lograr hacer la llamada.

“Ahí donde está ese palo (señala un rincón del patio de su casa) a veces agarra (la señal), pero casi siempre anda uno para arriba y para abajo buscando que agarre, prácticamente estamos incomunicados, cómo le hace uno, pues yendo hasta la comandancia, pero quienes no pueden ir cómo le hacen”, mencionó.

Son su propia ley
Esto ha generado una desesperación en la comunidad ejidal, quienes han optado por organizarse entre los mismos habitantes para poder resolver sus problemas de manera inmediata mientras llegan autoridades municipales a resolver cualquier incidente que llegase a presentar.

Tal es el caso del ejido Guadalupe Victoria, donde hace un par de años los ladrones afectaron a más de 200 personas por el robo del transformador de la bomba de agua que abastece a cinco ejidos, situación que puso a pensar a los pobladores y que los unió en la lucha contra el robo de cobre que se registró a mediados de 2010.

Fue a mediados de abril cuando las comunidades de Guadalupe Victoria, Potrero de San Pedro, Benito Juárez, El Salitre y el Palmar se quedaron sin el suministro de agua, luego de que ladrones bajaran el transformador que enciende la bomba y la dejaran sin funcionar.

Un mes después, los habitantes cansados de la falta de respuesta de las autoridades denunciaron este hecho, solicitando mayor seguridad, ya que otras comunidades cercanas habían tenido el mismo problema.

La respuesta de la Policía Preventiva Municipal fue insuficiente, ya que debido al número de ejidos en la capital del estado, solamente son visitados una vez por semana para ver las novedades que pudieran surgir, por lo que optaron por ser ellos mismos quienes cuidaran su patrimonio.

“Estamos vigilando, el ejido está vigilando de diario en las noches, tenemos una lista en cada ejido y un día le toca a dos personas, se acaba esa lista y entra el siguiente ejido, se acaba la otra y el que sigue, estos ejidos estamos todos unidos”, comentó el comisariado Saturnino Navejas.

Este orden ha dado resultados positivos, ya que la banda de ladrones que había afectado a dichos ejidos con el robo de cable desapareció, y hasta el momento no ha vuelto a la región, gracias a la organización de la comunidad ejidal.

“Se hace una lista y de diario, por decir, ahorita está el ejido todos los días, se acaba esa lista y entra Potrero, entra Benito Juárez, entra Salitre y El Palmar y vuelve la lista, le damos vuelta, es constante por lo mismo que está muy dura la cosa si es que nos llegan a robar, no nada más a uno lo perjudican sino a varias gentes de los ejidos”, agregó.

Los campesinos no niegan que la Policía no exista en su zona, pero señalan que los recorridos que realizan son insuficientes y sólo se basan en una simple firma que confirme que la guardia en turno si pasó por ese lugar.

La presencia policiaca es una vez a la semana, donde dicha visita no supera los 5 ó 10 minutos y un intercambio de palabras, ya que tienen que recorrer todos los ejidos, lo cual para las autoridades pudiera resultar suficiente, debido a que los delitos no pasan de una simple borrachera como lo califican, mientras que los campesinos dicen lo contrario.

Así es la seguridad en el campo, misma que está de manera inmediata en manos de ejidatarios, personas que desconocen las más mínimas tácticas en defensa personal, personas que usan como armas sus manos, piedras, palos, o en el mejor de los casos un machete, sin importar el riesgo que esto implique, encomendándose a un ser divino a quien le rezan para que nunca los abandone y no haya necesidad de entrarle “al quite” como dicen, para proteger su patrimonio o su vida.

Vigilantes nocturnos
“Dile a Cristo que te cuide, y si van los rateros…mátalos”, son las palabras con las que un pequeño de 4 años despide a su abuelo, el cual sale de su casa para trabajar como velador de la bomba del agua que abastece a cinco ejidos del sur de Saltillo.

Luis Gutiérrez es conocido como “Huicho”, a sus más de 70 años y trabajador del campo de toda la vida en el ejido Guadalupe Victoria tiene una mirada profunda, su piel se ve arrugada por el paso del tiempo. El pelo cano al igual que la poca barba y bigote de su cara le dan un toque misterioso y de experiencia, lo cual demuestra unos minutos después, al contar anécdotas de la Revolución que le platicaron sus antepasados.

Todos esos relatos se basan en la pelea del territorio, en la necesidad de libertad y de seguridad, eso por lo que hoy ellos luchan diariamente.

Su paso es lento, apenas se ve una pequeña nube de polvo que anuncia su llegada. Hoy al igual que las últimas noches, el termómetro no marca más de 7 grados. Hace mucho que no siente el calor del sol sobre su maltrecha piel.

Esto no es impedimento para que acuda al cuidado de ese transformador, el cual para algunos pudiera resultar insignificante, pero para él no, para él representa la existencia del resto de la comunidad.

“A veces me toca un día, pero luego hay más señores que les toca velar y no vienen porque tienen miedo, o no sé, no vienen y ellos pagan, hay hombres jóvenes y pagan, quizás porque la situación ahorita está muy peligrosa, pero yo tengo que venir, no tengo con qué pagar. Yo aquí estoy, vengo a velar por todos, y está peligrando mi vida por todos porque aquí estoy”, dice orgulloso.

Apenas llega y comienza su trabajo. Da un recorrido por la zona buscando algo, sólo él sabe qué. La experiencia le ha permitido saber si alguien extraño se acercó. Conoce el más mínimo detalle como para darse cuenta de que algo está mal. Hoy no, todo está como siempre. El pequeño cuarto habilitado con un ciento de blocks y unas láminas está intacto.

El par de cobijas tiradas en el suelo que son usadas como cama por las noches, y un pequeño catre que pareciera estar a punto de caerse siguen ahí, en espera de la siguiente guardia. Luis y su acompañante, quien aún no llega, son los siguientes al turno.

“Somos dos por guardia, pero hay veces que unos no vienen y pues te la tienes que aventar solo, no hay de otra, tenemos que cuidarlo (el transformador) si no nos lo roban otra vez, antes de las guardias se lo llevaron tres veces”, dice su voz tenue pero a la vez ronca, tal vez por la edad, o quizá por un resfriado que lo aqueja desde hace unos días ocasionado por las bajas temperaturas a las que estuvo expuesto durante las veladas.

Entra al cuarto de 2 metros por 2 que utilizan como barricada, y platica que tuvieron que levantar esas paredes debido a que al principio pasaban las noches a la intemperie. No tiene puerta, y en la pared poniente dejaron un hueco no mayor a la medida de un block, por donde avientan la luz de la linterna si escuchan un ruido.

Eso ahuyenta a los curiosos o quizás ladrones que acechan el tesoro más preciado de los ejidatarios: el transformador. Gracias a este aparato, el cual está ubicado a una altura de 4 metros aproximadamente de la bomba, se puede extraer el agua del pozo que abastece a las comunidades de Guadalupe Victoria, Potrero de San Pedro, Benito Juárez, El Salitre y El Palmar.

El cobre que tiene al interior es lo que buscan los maleantes, quienes lo han destruido y, como consecuencia, los habitantes de la zona se han quedado sin agua en tres ocasiones en un año.

Por eso las guardias nocturnas, idea que hasta el momento ha funcionado, comenta Luis, ya que nadie se acerca, saben que hay vigilancia, y aunque desconoce qué irá a pasar si alguien se llegara a querer robar, él sabe que está velando por todos.

Sus herramientas de trabajo son una cobija, una linterna, un palo y un machete. Este último lo tiene casi entre las cobijas. No acostumbra dejarlo a la vista de quienes vayan a visitarlo porque como dice “uno nunca sabe con quién se pueda topar”, o qué animal pudiera acecharlo mientras trata de aminorar el frío con una fogata hecha a base de pedazos de palma seca.

Apenas ha pasado una hora desde su llegada y no pierde el ánimo, sigue platicando historias de fantasmas, tesoros, maldiciones y conjuros, podría estar contando relatos durante toda la noche sin cansarse.

Un ruido entre las ramas hace desviar su atención de la plática. “Ahí viene el compañero”, dice, y deja escapar una leve sonrisa como alegrándose porque hoy no le va a tocar estar solo de guardia. Hoy no será el único héroe del pueblo, serán dos los valientes que arriesgarán su vida por las más de 200 personas que habitan en esa área.

“Aquí nos la pasamos haciendo guardia, a veces cabeceamos de un lado para otro, salimos, hacemos un rondín. Hasta ahorita no se han acercado, sí han venido pero nos ven y corren, ven la gente de planta y se van, para las ocho o diez de la noche ya está uno aquí”, dice Antonio Ávila quien se integra a la plática.

Dicen no tener miedo, pero su expresión los delata, no se sienten personas muy ágiles ni preparadas para pelear, pero afirman estar listos para enfrentar a quien pudiera intentar robar lo que es suyo. Inspirados en sus familias se arman de valor para soportar el frío, el calor, la lluvia, pero sobre todo, la inseguridad que afecta hasta el más mínimo rincón de nuestro país.

“En todos lados está igual ‘oiga’, donde quiera está el peligro, hasta ustedes corren peligro andando aquí, acá no sabemos cuándo nos toque, no traemos armas, si traemos un fierro, vienen los hombres y les dejamos ir una bala y sale peor, y no sabemos quién pueda venir, la gente que anda ahora nada más por hacer la maldad matan y ya, no les importa nada”, mencionó Antonio.

El sol hace unos minutos que dejó de calentar. El frío comienza a sentirse un poco más y salen a sentarse a un costado de la bomba como preguntándose quién va a prender la fogata.

Todo indica que fueron a hacer guardia por los 100 pesos que paga el que no quiera pasarse más de 12 horas en vela y no por gusto. Un sobrino de Antonio le pagó por adelantado para que fuera a cubrirlo durante la noche mientras que Luis aceptó el pago de uno de sus vecinos. Esa noche no les tocaba pero la necesidad los obligó a ir.

“La noche apenas empieza (ríe), aquí hasta las 6:30 de la mañana, este es nuestro trabajo, aquí nos la pasamos, qué más quisiera estar en mi casa pero tenemos necesidad, y cuando nos toca no tenemos para pagarle a alguien por eso venimos, tenemos que cumplir”, dice Luis, quien horas antes fue bendecido por su nieto al salir de su casa, sin tener la certeza de que volverá sano y salvo.

Ejidos de Saltillo por cañón:
Cañón de Palma Gorda: Palma Gorda, José María Morelos, El Clavel, El Moral, La Hedionda del Lobo, Rincón de los Pastores, Los Temporales, y 5 de Mayo.

Carretera a Torreón: La Vega, El Mesón, Puebla, Plan de Ayala, Cuautla, Majada #1, Majada y Tinajada, Chancaca

Cañón la Victoria: Santa Victoria, San Marcos, Palma Alta, Astillero, Tinajuela, El Fraile, La India, Buñuelos, San Felipe y Notillas.

Cañón la Esperanza: Tanque de Emergencia, El Cercado, Las Hormigas, La Hedionda Grande, Profesor Roberto Barrios, La Esperanza y San José del Álamo.

Cañón de Derramadero: Providencia, Refugio de las Casas, San Juan de la Vaquería, Derramadero, Chapula, San Blas, Santa Teresa de los Muchachos, Rancho Nuevo, Santa Fe de los Linderos, Jagüey de Ferniza, Cuauhtémoc, Las Presitas, El Recreo y El Palmar.

Carretera 54: San José de la Joya, Angostura, Encantada, Agua Nueva, Carneros, Las Colonias, Guadalupe Victoria, San Juan del Retiro, La Cuchilla, San Francisco, Nuevo Gómez, Encarnación Guzmán, Las Mangas, Puerto Rocamontes y El Tunalillo.

Cañón Presa de los Muchachos: Potrero de San Pedro, El Salitre, Benito Juárez, El Mezquite, Punta de Santa Elena, Jazminal, Presa de los Muchachos, Presa de Guadalupe, El Porvenir, El Rayado y El Colorado.

Cañón de San Francisco: Tanque Escondido, Presa de San Pedro, Santa Rosa, Tanque del Cerro, La Purísima, El Ranchito, La Aventura, 20 de Noviembre, Zacatera, San Miguel del Banco, Refugio de Altamira y San Sebastián.


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