México, DF.- Al presidente Felipe Calderón le pasó, con Carlos Slim, lo que a Rafael Márquez, el capitán de la Selección Nacional de futbol, con el portero estadunidense: ante la desesperación y la impotencia –ausentes los argumentos tácticos y mentales–, optó por el golpe bajo, la patada artera.

En su participación en el foro México ante la crisis. ¿Qué hacer para crecer?, al magnate se le ocurrió hacer un pronóstico muy severo para el futuro inmediato: “No cabe duda que el Producto Interno Bruto mexicano se va a desplomar, se va a caer, va a ser negativo, (que) ya (lo fue) desde el último trimestre del año pasado. No sabemos cuánto dure, pero va a ser muy fuerte el efecto”.

Pero hizo un peor augurio: “Se va a caer el empleo, va a haber mucho desempleo; va a subir el desempleo como no teníamos noticia en nuestra vida personal desde los años 30; van a quebrar empresas, muchas, chicas, medianas y grandes; van a cerrar los comercios; va a haber locales cerrados por todos lados, va a haber inmuebles vacíos”.

Y la puntilla: “Es una situación que va a ser delicada. No quiero ser catastrofista, pero hay que prepararse para prever y no estar viendo las consecuencias y después estar llorando”.

VISCERAL

Hipersensible, Calderón reaccionó visceralmente, pero sobre todo ante el término “catastrofista”, que asumió personalmente pues, apenas cuatro días antes, el jueves 5, en el marco de la ceremonia conmemorativa del 92 aniversario de la Constitución, había pedido justamente hacer a un lado el catastrofismo y el alarmismo.

Dijo en Querétaro: “No es tiempo de demeritar, sino de aportar. Valoramos la crítica, valoramos la crítica que orienta soluciones y el análisis que alerta, responsablemente, sobre riesgos latentes. Pero debemos rechazar todos el catastrofismo sin fundamento, particularmente ahora llevado a extremos absurdos, que daña sensiblemente al país, a su imagen internacional, ahuyenta inversiones y destruye los empleos que los mexicanos necesitan. Hagamos a un lado el alarmismo, que ignora los esfuerzos que todos hacemos por superar nuestros desafíos”.

Por eso, el “no quiero ser catastrofista” de Slim –que, aparte, nunca habla inocentemente– lo tomó el gobierno como agresión, y más porque semanas antes, desde Los Pinos, había salido una instrucción expresa para todas las dependencias públicas: bajar el tono cuando se hablara de la crisis para evitar el pánico entre la población y la incertidumbre en los mercados financieros.

En consecuencia, desde el Gobierno se soltó una fuerte andanada de críticas y cuestionamientos para el empresario, de la que dieron cuenta, hasta la saciedad, los medios informativos.

En la arremetida participaron desde los secretarios Javier Lozano, del Trabajo, y Alberto Cárdenas, de Agricultura, el subsecretario de Hacienda, Alejandro Werner, y líderes legislativos del PAN, hasta el propio Calderón.

No fue poco lo que le dijeron al magnate. Desde las expresiones de Cárdenas de “que la boca se le haga chicharrón” a Slim, o que éste tiene “mala leche”, pues “quiere que le vaya mal al país” para aprovecharse y hacerse más rico; hasta calificativos de “cínico” (dice estar a favor de la competencia cuando él mismo la impide) que le endilgaron legisladores panistas, o de “exagerado” (el desempleo no será tan brutal ni se espera un desplome del PIB del 6% o 7% como en 1995) que le propinó el subsecretario Werner, de Hacienda.

EL CONFRONTADOR

Pero el encargado gubernamental de confrontar a Slim fue el secretario Javier Lozano. En el marco del mismo foro en el que también participó el empresario; en entrevistas radio y tv, y en una conferencia de prensa expresa para tal fin, la hizo –otra vez– de fajador oficial.

Dijo Lozano, en su típico estilo desmedido, que Slim debería hablar y criticar menos y contribuir más a superar la crisis. Que debe comprometerse a invertir más y a cuidar el empleo de los mexicanos. Que Slim es el segundo hombre más rico del mundo gracias a “las condiciones de nuestro mercado y de nuestra economía”.

También, que no hace nada para incentivar la competencia en el sector de telecomunicaciones. Que es un inconsciente, pues sus declaraciones “realmente pueden tener un impacto en las inversiones, en el empleo y en el ánimo de la gente”. Que… mil cosas más.

Y no tuvo empacho, Lozano, en interpretar la actitud de Slim como una estrategia “para obtener las modificaciones al título de concesión (de Telmex) que hasta ahora no se le han concedido para poder entrar a otros mercados (como la televisión de paga)”, o que sus dichos responden “al deseo de que las empresas se abaraten para luego comprarlas”.

ANTIMONOPOLIOS

Como parte de la embestida oficial, el Partido Acción Nacional anunció que en la próxima legislatura impulsará cambios –con dedicatoria para Carlos Slim– a fin de combatir los monopolios en el país, para que “con la competencia económica podamos beneficiar a los consumidores con mejores productos y a más bajos precios”. Así lo dijo Rogelio Carbajal, secretario general del partido.

El propio presidente Calderón hizo lo suyo en la campaña contra el empresario. Lo acusó, entre líneas, de provocador, de infundir temor, de contribuir poco con la solución de la crisis… cuando él ha sido uno de los grandes beneficiarios de las políticas públicas.

Dijo: “Lo importante no es ver quién genera el pronóstico más grave, sino qué es lo que cada quien, desde su trinchera y desde su responsabilidad… qué es lo que cada quien, desde su capacidad de acción, puede hacer por México para enfrentar la crisis”.

Reconoció el presidente que el Gobierno “tiene la mayor responsabilidad” en esa tarea, pero que también “es una responsabilidad compartida por todos”, en todos los ámbitos.

Así, remató, “pienso que todos estamos obligados a apoyar a México, particularmente en estos momentos de dificultad y en especial quienes más hemos recibido de esta gran nación”.

La elipsis fue clara: a Slim se le ha dado todo, ha sido uno de los grandes beneficiarios del país, pero no actúa en consecuencia: no apoya al país que lo hizo multimillonario.
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