Saltillo, Coah.- Desde el momento en que concibió a sus hijos María Luisa estaba segura de que haría cualquier cosa por ellos. Hoy, a 17 años del nacimiento de su hijo Pedro, lo confirma. Su amor de madre la llevó a hacer el sacrificio de amor más grande de su vida: darlo en adopción a una familia estadounidense para que él cumpliera el sueño de ingresar a la Fuerza Aérea de ese país.

La soledad y el silencio de la sala en la casa de María de la Luz García cada vez son más pesados. Sentada en el sofá más pequeño, comienza emocionada a relatar la historia de su vida y la de su hijo.

La historia que comenzó hace poco más de seis años y en la que la lucha por un sueño y el amor la distanciaron físicamente del más pequeño de sus tres hijos.

María de la Luz sobrevive con un tumor en el cerebro; es una mujer fuerte y viuda que ha tenido que sobrellevar este padecimiento por años, pero que no se ha dado por vencida ante la responsabilidad de sacar adelante a su familia.

Veinte años trabajó como cajera en el colegio Alpes, donde veía con gusto y añoranza la educación que recibían los chicos que ahí estudiaban y comenta que desde siempre estuvo convencida de que el inglés es el idioma que abre caminos en cuestiones laboral y académica.

En 2004 renunció a su puesto y se llevó a sus dos hijos a Boerne, Texas, donde radicaba su hijo mayor desde hacía tiempo. Y fue allá, como muchos otros, en busca de una mejor vida y de lograr una mejor educación a sus hijos, porque “en Saltillo no iba a poder darles la calidad de educación ni las mismas oportunidades, desgraciadamente”.

Desde el momento en que llegó a territorio estadounidense la madre sabía que le esperaba una realidad difícil, pero su tesón la impulsó a seguir adelante, pues su hijo, maestro de profesión, trabajaba en la construcción, empleo pesado y mal pagado.

“No fue el sueño americano, nos pasamos más de un mes mis hijos y yo comiendo de las ‘probaditas’ que te dan en HEB y en otras tiendas porque era un sueldo para cuatro personas, el de mi hijo mayor… Nos prestaron un cuartito, no había aire acondicionado, no había estufa, no había refrigerador; nos salíamos todo el día porque el calor era insoportable”.

Cuando María de la Luz se encontró con unas personas, de las que no recuerda su nombre, pero que también eran originarias de Saltillo y radicaban en Boerne, consiguió un empleo modesto y que la daba un sueldo semanal: limpiar casas americanas.

Y aunque lo recuerda como la etapa más dura y que amedrentó su autoestima, María de la Luz dice que esta fue la única manera que les permitió salir adelante, pues su sueldo contribuía a los 700 dólares que había que pagar de renta del departamento, además de los servicios de agua y luz y la despensa.

“Llegué a tallar los pisos hincada, porque me llegó a tocar gente muy especial, pero todo lo hice por ellos, por mis hijos, de hecho fui a un tratamiento psicológico porque me deprimí mucho, sentía una autoestima bien baja, me preguntaba ‘¿Vale la pena todo lo que estoy haciendo?’ Y ahora sé que sí”.

Durante meses la familia tuvo que vivir en estas condiciones, porque su hijo, con quien inicialmente se hospedaban, decidió regresar a Saltillo, porque no estaba dispuesto a seguir viviendo de esta manera y un día le dijo a su madre: “Yo tengo mi carrera, no puedo estar aquí en la construcción y es muy pesado el trabajo; me quiero regresar”.

Para ella significó mayor responsabilidad; sin embargo, decidió continuar. “Me quede allá sola, pero me dije: ‘Si ya estoy aquí, yo quiero que mis hijos aprendan el inglés’, porque es lo único que pienso que voy a poder ofrecerles, ya con el inglés ellos se pueden defender”.

Pero al cumplir cinco años de radicar en ese territorio, les resultó imposible costear la vida americana y junto con sus tres hijos María de la Luz volvió a Saltillo, a su casa en la colonia Topo Chico. Y aunque para ella y su hija el regreso representaba estabilidad, para su hijo Pedro no.

AMOR POR UN HIJO

Pedro, a sus 11 años, ya le contaba a su madre que quería formar parte del Ejército estadounidense, en la Fuerza Aérea. Siempre tuvo excelentes calificaciones y por apoyo de diversas instituciones sociales de Texas logró estudiar un tiempo en ese estado.

De regreso a Saltillo, el joven cursó becado un año en la Universidad Autónoma del Noreste (UANE), pero decidió enviar solicitud a la Fuerza Aérea, donde fue aceptado, pero era necesario que terminara la preparatoria en Estados Unidos por el contenido de las materias y la formación que debe tener un miembro del Ejército.

“Él me dijo que quería irse y yo le dije: ‘Hijito, no me quiero ir’. Y él me decía: ‘Mamá, yo quiero estar en la Fuerza Armada. Es mi sueño, eso es lo que quiero estudiar’”.

Y entonces María de la Luz envió de regreso a Pedro a Texas, donde fue recibido por unos conocidos, a los que cada mes su madre les enviaba 200 dólares, pero el joven no la pasó tan bien pues el hombre de la casa le adecuó la cochera a de la casa como habitación, sufriendo todos los días ante esto.

Pedro le ocultó a su madre lo que pasaba por temor a que lo obligara a regresar a Saltillo. Pero por un amigo, ella se enteró y como pudo consiguió dinero para viajar a Texas.

“Llegué por él y nos fuimos una noche a un hotel porque en ese momento no teníamos idea de qué hacer. Al otro día me moví a buscar Family Service, que es como Cáritas aquí en Saltillo.

“De ahí me mandaron a Army Salvation, o sea el Ejército de Salvación, para que me ayudaran, porque la gente se enteró que mi hijo estaba desamparado y que no sabíamos qué hacer para que él lograra radicar allá y entrar a la Fuerza Aérea”.

Pasaron varias noches en un hotel y acudieron a Army Salvation, donde ocurrió lo que la madre califica como una gran coincidencia y obra del destino: una bienhechora, madre de la familia Smith, que acostumbraba a ir los jueves a ofrecer su ayuda, acudió el viernes, el mismo día en que María de la Luz y su hijo estaban ahí para encontrar un techo para el joven.

“Me llevaron con la traductora y me dijo que había una familia muy interesada en que mi hijo se quedara con ellos, porque ya lo había investigado, sabían de sus buenas calificaciones y del comportamiento de mi hijo, lo que había pasado, porque la trabajadora social también les contó”.

La madre recuerda emocionada cómo fue aquel momento: “Me dijeron: ‘Ya tiene su hogar, quiero decirle que como hablaron y pidieron tantas referencias de su hijo, esta familia quiere que Pedro se quede con ella. Ellos son buenos y es gente de buena posición económica que va a apoyar a su hijo, usted no va a pagar nada’”.

La decisión más difícil

Cuando María de la Luz fue a conocer la casa de la familia Smith sabía ya que tendría que tomar la decisión más difícil de su vida: dejar de ser legalmente la madre de su hijo más pequeño y darlo en adopción a la familia estadounidense.

Nerviosa, temía por el destino del joven. “Pensaba: ‘Si le hacen daño, donan su órganos, lo esclavizan’. No sé, mil cosas me pasaban por la mente, pero sabía que si no lo hacía me iba a arrepentir el resto de mi vida, porque es su sueño, su vida, su oportunidad y soy su madre. Si no lo apoyaba yo, entonces ¿quién?”.

Los 17 años como madre de Pedro se extinguieron legalmente en dos días. “Todo fue tan rápido, que yo decidí hacerlo por él, nada mas por él. Ahora él vive en una vida llena de lujos, la verdad, y yo firmé papeles y todo lo necesario para que él siguiera con su sueño de entrar a la Fuerza Aérea. Lo aceptaron y yo lo apoyo”, dice entre lágrimas.

La firma de la madre sobre el convenio de adopción significa que la familia puede tomar decisiones sobre la vida de Pedro, pues es menor de edad.

Ahora, la vida de Pedro ha cambiado por completo, vive en una mansión con una familia adinerada y el próximo septiembre ingresará a la Escuela de Formación Militar de la Fuerza Aérea, donde estará becado durante sus estudios, debido al promedio de excelencia que tiene desde hace un par de años.

Se graduará con mención honorífica de la High School Samuel V. Champion, en el mes de junio, en Boerne, Texas, y aunque está en comunicación diariamente con su madre, quien le ha demostrado una prueba infinita de su amor, el hueco de su presencia en el hogar de la colonia Topo Chico será irreparable.

Su madre sonríe y llora al mismo tiempo. Las lágrimas las limpia con sus manos temblorosas. “Amo a mi hijo y él lo sabe, Dios nos mantiene juntos y eso es lo único que importa, él es feliz aunque sé que le hago falta… pero a mí me hace más falta, lo extraño todos los días”.

Yo estoy enferma, no sé cuánto tiempo vaya a durar, sé que es difícil, pero hice lo mejor por mi hijo, es el mejor regalo que le puedo dar”.

Pedro va a ser siempre mi hijo, hablo con él todos los días, está lejos y eso es lo más doloroso para mí, pero estoy muy orgullosa, pues el cumplirá su sueño de ser parte de la Fuerza Aérea y es lo único que importa”.

Yo cedí los derechos de mi hijo legalmente, ellos pueden tomar decisiones de escuela, de clínica, de todo. Hablo con él y sé que mi hijo está bien”.

María de la Luz García