Edmundo O’Gorman dedica el exhaustivo estudio preliminar de los tres tomos de El heterodoxo guadalupano al examen del tema de la aparición en los escritos del padre Mier.
El propósito fundamental de O’Gorman, esto es, detectar y seguir la ruta del desarrollo de las ideas de fray Servando, representa por sí mismo la novedad y la aportación más valiosas de su intento. Ahí donde la mayoría de los exégetas han visto a un Mier republicano, antimonárquico y descreído del milagro guadalupano casi desde la cuna, o por lo menos a partir del sermón del 12 de diciembre de 1794, aquél demuestra con los documentos en la mano algo que debiera ser asumido como gnoseológicamente natural: que ningún cuerpo de ideas nace completo y armado, como Minerva de la cabeza de Júpiter, sino que transita siempre a través de un proceso más o menos largo en cuyas sinuosidades se va construyendo, decantando, corrigiendo, precisando.
Existen tres eventos previos al sermón de la Colegiata: el primero de enero de 1792 fray Servando predica en la iglesia conventual de Santo Domingo para impugnar la Declaración sobre los derechos del hombre y del ciudadano, recientemente proclamada por la Asamblea Nacional francesa. El 19 de mayo de 1793 Mier discursea en la mismísima catedral condenando la decapitación de Luis XVI, amparado en la antigua y venerable norma que reputaba como esencialmente cristiana la obediencia a los reyes. Y en vísperas del célebre sermón, el 8 de noviembre de 1794, pronuncia la oración fúnebre de Hernán Cortés en la iglesia del Hospital de Jesús; una oración que fue, en propias palabras de Mier, “un panegírico de los reyes de España, especialmente los reinantes, con ocasión de la fidelidad de don Hernando”.
El sermón de la Colegiata se aleja de esos tres discursos sólo en el tema de la aparición, y aún en ello fray Servando se apega en general a la ortodoxia de la parafernalia guadalupana tal como existía ya entonces: el numen servandiano no rebasa más límite que el de la tilma de Juan Diego, transformada en la capa del apóstol Santo Tomás, con la consiguiente remisión de la predicación cristiana en el llamado nuevo mundo mucho más atrás que la llegada de los españoles, hasta el mismísimo siglo I.
Justo en este punto, como señala O’Gorman, es que la nueva tesis de Mier entronca con la tradición aceptada: en el sermón fray Servando no cuestiona las apariciones en el Tepeyac, sólo “el error” de haber creído que la imagen se había estampado en 1531 en la humilde tilma del indio neófito, cuando estaba impresa en la capa de un apóstol desde mil quinientos años atrás y fue ella lo que la Virgen entregó a Juan Diego para que la llevase a Zumárraga.
En el transcurso de los años que corren del sermón de 1794 a la Apología, parte primera de las Memorias escritas en 1819, esta sumisión de Mier a la tradición guadalupana —cuya única salvedad y modificación, ciertamente importante pero no definitiva, téngase en cuenta que fray Servando sólo la “aventuraba a la corrección de los sabios”, le valió la inmediata persecución del arzobispo Haro y su exilio a España— se transformaría hasta concluir en una negación absoluta.
Las dudas sobre aquella ortodoxia guadalupana germinan en Mier al conocer las deliberaciones de la Real Academia de la Historia, llevadas a cabo entre octubre de 1799 y marzo de 1800, a la cual el Consejo de Indias solicitó estudio y dictamen atendiendo la apelación que fray Servando había presentado en mayo del primer año contra la condena del arzobispo Haro. Es entonces cuando Mier entra en contacto con las posiciones ilustradas y escépticas del milagro guadalupano, señaladamente las de uno de los dictaminadores, Joaquín Traggia Urribari. Es probable que en esas mismas fechas Mier haya conocido también la “Memoria sobre las apariciones y el culto de Nuestra Señora de Guadalupe de México, leída en la Real Academia de la Historia por su individuo supernumerario Don Juan Bautista Muñoz”, que el también Cosmógrafo Mayor de Indias había publicado en Madrid, el 18 de abril de 1794, ocho meses antes que el sermón de la Colegiata. Es esta una devastadora y puntual crítica de la tradición, que suscitó una verdadera cascada de contra-críticas cuando años más tarde fue publicada en México. De este modo, meses antes de que Mier sellara su suerte escandalizando a las autoridades eclesiásticas mexicanas con una simple modificación de la tradición guadalupana, en España un académico la demolía.
Desde aquel explícito “no niego las apariciones ni la pintura milagrosa” de la Virgen de Guadalupe manifestado en el sermón de 1794 —pasando por la duda razonable expuesta en 1813, sustentada en las “gravísimas dificultades” que se oponían a la identificación indubitable de Santo Tomás como aquel predicador tempranísimo vertidas en su Historia de la Revolución de Nueva España— hasta el descreimiento y la negación totales tanto de la epifanía guadalupana como del carácter sobrenatural de la imagen estampada, existe un largo y sinuoso camino. El fin de esta ruta se encuentra en dos textos: la Apología y las seis cartas a Juan Bautista Muñoz, ambos redactados por Mier en las cárceles de la Inquisición después del fracaso de la expedición de Mina. En ellos fray Servando ha llegado ya a varias conclusiones: que la historia de las apariciones no es más que una fábula nacida de una comedia escrita por el indio Valeriano, sólo después transformada en historia a partir de la publicación del libro fundador del padre Miguel Sánchez publicado en 1648; que, por tanto, no hubo tales apariciones ni existió Juan Diego:
(…) yo haré ver que efectivamente no existió (Mier se refiere a la tradición de Guadalupe) en 117 años, hasta que en 1648 comenzó a nacer de los autores impresos; que estos no tuvieron otro fundamento que un manuscrito mexicano del indio Don Antonio Valeriano, natural de Azcapotzalco, escrito unos 80 años después de la época asignada a la aparición, y lleno de anacronismos, falsedades, contradicciones, errores mitológicos e idolátricos; en una palabra, que es una comedia, novela o auto sacramental (…).
Esta idea, lanzada en la Carta II, es repetidamente expuesta por Mier casi en idénticos términos en las cartas III, IV y V. Todas ellas, las seis, son de hecho un largo alegato contra los fundamentos de la tradición y fueron vertidas de nuevo en la Apología, en particular la sexta, trasladada casi tal cual por fray Servando a este segundo texto.
En cuanto al carácter divino o humano de la imagen, Mier llega a la conclusión (cartas II y V y la Apología) de que tanto la de la Virgen de los Remedios como la de Guadalupe fueron hechas en la escuela de pintura que puso para los indios a espaldas de San Francisco el leguito flamenco fray Pedro de Gante (…) pues así como la de Guadalupe tiene los defectos anexos al pincel de los indios, la de los Remedios es tan parecida a las de mala talla que ellos tienen en sus santo-callis, que se conoce ser del mismo cincel.
Convertido ya, ahora sí, no sólo en heterodoxo guadalupano sino también en un pensador político independentista aunque aún no decididamente antimonárquico ni republicano —como atestiguan desde 1811-12 las dos Cartas escritas en polémica con José María Blanco White, y con mayor fuerza y difusión su Historia de 1813—, Mier enlaza en esta época ambos caracteres, el religioso y el político. En la Relación (parte segunda de las Memorias) denuncia la hipocresía guadalupana de españoles y europeos: “No hay, ni sueña haber devoción en ninguna parte de España ni de Europa con nuestra Virgen de Guadalupe ni con ninguna otra cosa de América, sino los pesos duros”.
LA CARGA DE LOS FRANCISCANOS: ASALTO AL CULTO EN LA CUNA
La primera atribución de la imagen de Guadalupe a un pincel movido por mano humana y no a un milagro —ocurrida cuando la pintura del culto a las apariciones estaba aún fresca— nos remite directamente a un evento sucedido 238 años antes que el sermón de la Colegiata.
El 8 de septiembre de 1556, apenas 25 años después de la fecha asignada a las apariciones, el entonces Comisario General de los franciscanos, fray Francisco de Bustamante, predicó un sermón en la capilla de San José de los Naturales en el Convento de San Francisco. Entre las personalidades que acudieron a escucharlo se encontraba el virrey Luis de Velasco, además de presidentes y oidores de la Real Audiencia. La ocasión era la fiesta de la Natividad de María, en la cual se celebraba también a la Virgen de Guadalupe y las demás advocaciones marianas que no contaban entonces con fiesta propia. Lo que dijo en esa ocasión fray Francisco acerca del naciente culto de Guadalupe fue de tal resonancia que suscitó al día siguiente unas indagaciones, en las que nueve testigos fueron sometidos a un interrogatorio compuesto de 14 preguntas. El promotor de este proceso fue el segundo arzobispo de la Nueva España, D. Alonso de Montúfar, uno de los principales impulsores y animadores, justamente, de aquella devoción.
El testimonio de los testigos sigue casi puntualmente la misma ruta, y de todo ello se desprenden los demoledores juicios siguientes de Bustamante:
Lo primero dijo que una de las cosas más perniciosas para la buena cristiandad de los naturales que se podían sustentar era la devoción de n(uest)ra Sra. de Guadalupe, porque desde su conversión se les avia predicado que no creyesen en imágenes; sino solamente en Dios y en n(uestr)a Sra. y que solamente serbian para provocarlos a deboción. Y que hagora dezirles que una ymagen pintada por un yndio hazia milagros, que seria gran confusión y deshacer lo bueno que estaba plantado (…).
También dixo que publicarse milagros como se avian publicado, eran gran confusión, porque si va un yndio coxo con esperanza que avia de volver sano, y después volver más coxo que avia ydo, sera darles ocasión a que no creyesen en dios ni en Sta Maria y que la C(hirst)iandad dellos fuese cada dia a menos (…) También dijo que mejor se serviría Nu(est)ra Sra con que el tomín y candela que allí le ofrecen, se diesen a pobres necesitados, y no ofrecerle donde sabe dios en que se gasta.
Alonso Sánchez de Cisneros, otro de los testigos, informaba
que le oyó decir al dicho provincial que él y todos los demas religiosos habian procurado con muy grande instancia de evitar que los naturales de esta tierra tuviesen su devoción y oración en pintura y en piedras, por quitarles la ocasión de sus ritos y ceremonias antiguas de adorar en sus idolos; y con esta devoción nueva de Nuestra Señora de Guadalupe, parecia que era ocasión de tornar a caer en lo que antes habian tenido; porque era una pintura que habia hecho Marcos, indio pintor, y que para aquella devoción aprobarla y tenerla por buena, era menester haber verificado los milagros y comprobádolos con copia de testigos (…).
La gravedad de semejantes juicios es evidente. Los franciscanos no hablan de Santo Tomás: niegan directamente la validez de un culto “inventado ayer”, cuestionan sin tapujos la identificación de un ídolo con “la verdadera Madre de Dios” e identifican a un autor humano de la imagen milagrosa; conclusiones todas a las que a fray Servando le llevaría años alcanzar. El arzobispo Haro se convirtió en la bestia negra de Mier a raíz del proceso que, por iniciativa de aquél, le fue incoado. Bustamante y sus compañeros atacaron al arzobispo Montúfar antes del proceso, acusándolo sin pelos en la lengua de poseer “intereses” en la promoción del culto, y cuestionaron incluso el destino de las limosnas.
La advertencia contra el culto a las imágenes hecha por Bustamante y sus compañeros franciscanos, por lo demás, fue un tema nodal durante una larga época en las discusiones teológicas del cristianismo. Mientras que algunos opositores a esta corriente crítica apelaban —en defensa del “uso pedagógico” o “ilustrativo” de las imágenes— a su identidad analógica o metafórica que las convertiría en representaciones simbólicas que, de ese modo, por la vía de la intuición, llegarían más fácilmente a las personas incultas, mucho antes que estos franciscanos anti guadalupanos Alonso de Madrigal (1400-1455), escritor y eclesiástico de la orden de los Cartujos, consejero de Juan II de Castilla y obispo de Ávila, conocido como “el Tostado”, tampoco se andaba por las ramas:
De aquesto tal se siguen grandes pecados y errores y escándalos, y el pueblo menudo se torna hereje idolatra, ca puesto que algunas imágenes por revelación de Dios fuesen falladas en peñas ó fosaduras de tierra ó en corazones de arboles, en lo cual hay muchas mentiras y muy pocas verdades; mas fue y es lo mas dello introducido por sacar el dinero de las bolsas ajenas. Empero dado que fuese así en verdad, aquella imagen no es de mas virtud que las otras, ca por manos de hombres es fecha, y no de angeles, ni menos cayó del cielo, porque allá no hay piedras ni maderas…”.
Que aquellos franciscanos hayan salido prácticamente indemnes sólo demuestra que el culto guadalupano, como no se le escapa a Mier en las Memorias, efectivamente aún no cobraba fuerza, ni la adquiriría hasta después de transcurridos casi 100 años, con el repunte de la devoción desencadenado por la obra del padre Miguel Sánchez publicada en 1648.
Casi cuatro siglos después la rentable devoción guadalupana se ha insertado no sólo en la cultura sino también en el sentido común de buena parte de la población mexicana, y es incluso un fructífero fenómeno mediático anual.
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