Sin importarle los hechos que había cometido, Antonio Cruz Torres de 34 años, seguía tranquilamente en su recamara, donde lo sometieron sus propios consanguíneos para entregarlo a las autoridades.
Fingiendo inocencia en los momentos que estaba en las celdas, el depravado aseguró que desde su arribo a la casa ya las menores estaban llorando, pero no les puso atención.
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