El trabajo que ya realizan esas manos tiene un fin mucho más elevado que un simple concurso. Hay en ese acto una voluntad creativa en la que se presienten las pulsaciones de una nueva forma de existencia, una entidad con su propio mundo, con sus reglas y su destino. Ana Claudia se transforma no sólo para el concurso. Lo hace porque en esa instancia su rostro y todo su cuerpo son sustancia del arte.
“La idea de la transformación que haces para mí es un arte. Es cambiar por completo, diseñar un personaje. Es la fantasía lo que me mueve más. Yo lo hago porque esto es magia, es un estilo diferente y es también un homenaje a las mujeres”, afirma Ana Claudia mientras sus manos, como movidas por una fuerza autónoma, continúan la magia.
La transformación es un arte para ella. El concepto puede ser también una metáfora de la comunidad a la que pertenece —a la que hoy en día sería absurdo tildar como minoría— en relación con la sociedad a la que completa. En las luchas de la comunidad gay por sus derechos, por el respeto a sus preferencias y estilos de vida, el resto de la sociedad también se ha transformado.
DOS MUNDOS
El brillo en un lado acentúa el encanto del otro; las sombras profundizan los pómulos de Ana Claudia, mientras que sus pestañas abren a plenitud las ventanas de sus ojos expresivos. La transformación empieza a cobrar efecto.
Pocos segundos antes hablábamos con Iván, un joven empresario, sobrio y obtusamente dedicado en la preparación de los instrumentos que harán efectiva la alquimia de la metamorfosis. Pero conforme el color toma lugar en su rostro, emerge la voz cantante de Ana Claudia: grácil, vivaracha, explosiva. Con la mente fija en el objetivo inmediato: el concurso “Nuestra Belleza Gay 2009” de la región noreste.
“La competencia de ahorita sí es bien difícil porque vienen chicos que se dedican exclusivamente a esto. No es mi caso. Yo tengo negocios, hago mi trabajo y esto lo hago por hobbie, porque le he tomado el gusto y he agarrado la onda a la dinámica de estos concursos”, afirma la artista, todavía en la frontera entre sus dos constituciones.
Iván tiene una vida, con sus particularidades, tan consuetudinaria como la de cualquiera. Ana Claudia no. Ella es vencedora, es extravagante, brilla. Arriba a las pasarelas en medio de estruendo y pirotecnia.
“La inversión que le metas a un concurso es lo principal. Dinero. Maquillaje, vestidos de noche que te salen hasta entre 4 mil, 5 mil pesos. Para el concurso de talento, si realmente quieres ganar, no puedes aparecer solo: tienes que llevar bailarines, vestuario para ellos, meterle pirotecnia, gastar en efectos, ensayar. Hay que invertir más de 10 mil pesos en promedio para un solo concurso”, afirma.
No son pocos los heterosexuales que asocian al mundo gay con este brillo, con esta vistosa extravagancia como si les fuera connatural. Quizá así es.
Pero también podemos entender que la exhibición resulta natural en un sector que por muchos años fue (sigue siendo) duramente señalado. Si la religión y el conservadurismo político los ha apuntado con dedo flamígero, ellos han respondido enfrentando con valentía el señalamiento.
Por otro lado, esa misma proclividad a la exhibición podría ser la explosiva respuesta de un sector que vivió por mucho tiempo en el hermetismo, que fue aislado.
Una comunidad que ha conseguido el respeto que se merece gracias a su lucha civil y también (hay que comentarlo) a que en la sociedad post-industrial en la que vivimos, quien tiene poder de consumo tiene poder de decisión política: la comunidad gay, según estudios de mercado de Simmons Market Research y Harris Report, es el blanco primordial del 80% de la oferta de bienes y servicio actual.
La exhibición, pues, la extravagancia, son afirmaciones de valor y orgullo. Ana Claudia lo dice mejor:
“Estos concursos son muy competidos. No cualquiera tiene las agallas suficientes para ponerse un vestido y maquillarse, y menos aquí en Saltillo”.
EL OTRO ‘CLÓSET’
Las opciones son dos. Un labial de tono oscuro que se ajuste más a la “artista” —dice— que va a interpretar durante el concurso de talento (una cantante de las Pussycat Dolls) o uno brillante que destaque sus propios labios. Ese tipo de decisiones son parte del aprendizaje que Ana Claudia ha adquirido de su vasta experiencia en concursos.
“Inicié jugando en casa, con amigos. Todos me dijeron ‘te ves muy bien’, entonces empezó jugando y así continué hasta que me decidí a participar por primera vez… y lo gané. ¿Cómo te sientes cuando ganas a la primera? Entonces seguí en un concurso donde tenía que representar a la ciudad y volví a ganar.
Entonces ya con dos seguidos me animé más, ya me sé la onda, lo de la expresión y todo lo demás”.
Así como con sus labiales, son dos las opciones respecto a la discriminación que se vive al interior del propio ambiente gay.
El primero tiene que ver con los vicios que se heredan. Una comunidad discriminada puede discriminarse a sí misma o a otros por resultado de un desplazamiento: el de creerse el cuento de las mayorías (ampliando el closet) o el de encauzar hacia sí mismos o los pares los roces provocados por la discriminación, como lo testimonia Jean Genet en varias de sus novelas.
El segundo proviene de los miembros de la comunidad gay que creen de mal gusto la sobreexposición. Dentro del propio ambiente hay una vasta nomenclatura de tenor ofensivo para distinguir a diversos perfiles. “Las vestidas” es un término que viene del centro de la propia comunidad gay. Entre la dinámica de esta nomenclatura, Ana Claudia ha vivido la discriminación.
“¿Me ha cambiado? Mucho, mucho. He sufrido discriminaciones, y lo peor del caso es que es entre los mismos gay. Afuera, súper padre la convivencia con la gente que es heterosexual. He tenido más conflicto con la misma gente gay”, asegura.
No obstante, parte de este escenario también ha sido provocado por los celos profesionales de sus competidoras. No todo tiene una profunda raíz psicológica.
A veces sólo son celos y competencia.
“Me ha traído tanto buenas cosas como malas. Lo bueno es la fama. Los que ganan tienen publicidad, portadas de revistas gay a nivel nacional, sales en páginas de internet, te pagan, te invitan a certámenes de belleza, a los antros, tienes preferencia, conoces gente dedicada a esto. En fin, han sido buenas y malas”.
En la víspera del concurso, un chico que sólo ha asistido para divertirse reflexiona: “Que yo sea gay no significa que quiera ser mujer. Significa que me gustan los hombres y punto. Yo soy yo, con mis gustos, y no la caricatura de una chica”, afirma con convicción; el concepto no es diferente al de Ana Claudia, quien se trasviste sólo por una necesidad de representación, no de cambio de identidad.
En otra zona de la pista de baile, un transgénero que afirma que su escenario es difícil tan de puertas adentro como afuera. Pero no se esconde: lo enfrenta. Su objetivo inmediato es juntar fondos para una operación completa que le permita, afirma, “asumir mi verdadera personalidad”.
“Siempre supe que quería ser mujer, siempre me sentí como viviendo en el cuerpo incorrecto. Esto es algo que va más allá de mis preferencias, tiene que ver con cómo me siento. Pero muchos no lo entienden porque creen que sólo se trata de jotear. Afuera mejor ni te cuento…”, asegura.
Nuestro estado fue el primero en adoptar la medida de las uniones del mismo sexo. Hay avances, hay un espectro de tolerancia que funciona en la medida en que los grupos no se invaden. Nuestra sociedad no convive: coexiste. El hecho de que la tolerancia incompleta se refleje en un solo ámbito, nos muestra que en todos los ámbitos debe haber fisuras. Estos tópicos (lo dicen los expertos, con el asunto de la coexistencia religiosa por delante) ya definieron la primera década del nuevo siglo.
ETERNO FEMENINO
“Transformarse es un arte”, insiste Ana Claudia, y sin necesidad porque los que atestiguamos la transformación quedamos convencidos al instante. Una persona distinta entró a la sala y uno radicalmente diferente aparecerá más tarde en la pasarela.
Pero la transformación no es sólo en la superficie. No todo es maquillaje, vestuario y extravaganza en escena. La transformación es también de carácter, de identidad; y es a profundidad.
“Hay que cambiar la actitud. Me pasa lo mismo cuando estoy de niño. Cero maquillaje, cero representación. La ceja no me la saco…
“Ensayo de niño. Vengo con pants, con ropa flojita, sin embargo tengo que estar haciendo los ademanes de mi personaje, sus coreografías, pero no tanto como cuando ya estoy en la pista. Cuando me ves ensayar sólo saco los pasos, las pistas, pero todavía estoy en la sintonía de niño. Pero ya en el escenario ya sale la niña”.
En ese juego entre dos entidades no son pocas las emociones que se ponen en juego; no es menor la fragilidad que en ese momento cobra la identidad propia.
Así como pasa con los actores, Ana Claudia e Iván han hecho un acuerdo para que cada quién tenga su ámbito, su espacio. Para que ella, con su efervescencia y vivacidad, no se imponga en el otro. Y viceversa, porque las preocupaciones, pendientes, y actitudes de Iván no le debe restar vida a las audacias de Ana Claudia.
“Me da risa porque lo veo y siento que me veo bien mal. Porque son los primeros pininos. Estás con la peluca pero sigues caminando como el niño que eres. Pero en esta ocasión ya no. Ya soy completamente una dama al momento de caminar, de expresarme, de hablar. Me cambia la voz, me cambia todo.
“Al momento en que ya me estoy bañando empiezo a idealizar lo que voy a hacer, a pensar ya como el personaje, ya con la idea de que voy a ser niña, y a pensar que quiero hacer un buen papel. Cuando termina el concurso, aquí tengo mi pantalón, mi camisa, a desmaquillarme y como niño de nuevo. El trance de niña se acaba con el concurso”, afirma.
En sus manos, con los cosméticos como una paleta de colores, con cada trazo aparecen dones propios de escultores o pintores. En su trabajo previo, en su exploración del personaje, están los procedimientos de los novelistas, de los actores.
En esos procedimientos hay arte suficiente, pero también está en el riesgo, la valentía y el enfrentamiento.
También está en un motivo personalísimo de Ana Claudia: el de su representación como homenaje a las mujeres. Iván, quien es cosmetólogo profesional Channel, tiene mucho contacto con ellas. Las entiende, habla mucho con ellas. Ana Claudia tomo todo aquello que extrae Iván.
“Me gusta mucho este oficio y a las mujeres a las que atiendo les gusta bastante mi trabajo. Me gusta la idea de que entren con una cara, con una idea, y salgan con otra, así como que más confiadas, más seguras”, afirma.
Con las mujeres comparte una lucha compartida por sus derechos; comparte (a diferentes niveles) esa posibilidad de la transformación. Pero sobre todo, en esta admiración está también uno de los caminos del arte. Schopenhauer afirmaba que el artista, para ejecutar como tal, debe ponerse en contacto con su lado femenino. Esta voluntad creadora fue bautizada por Nietzsche como el “Eterno femenino”.
A minutos de que inicie el concurso, Ana Claudia es una expresión viva de ese concepto.
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