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Saltillo.- Más allá de una prenda antigua, el sarape es para los saltillenses símbolo de identidad. Aunque en otras partes de México también se fabrique esta artesanía, los sarapes de la capital coahuilense tienen una peculiaridad que les ha dado fama en todo el mundo: su arcoíris de colores llamativos, el clásico diamante y las cenefas que lo acompañan.

Hace algunos siglos ya que estas tierras se hicieron populares gracias al sarape, en los tiempos de la famosa feria que atraía a públicos de todas partes. Pero con el paso de los años la tradición comenzó a menguar y los tejedores eran cada vez más escasos, hasta hace relativamente poco(cuatro años) cuando nació La Escuela del Sarape, a la par del Museo del Sarape y Trajes Mexicanos.

Zócalo visitó los telares donde diariamente las personas que asisten aprenden este laborioso oficio, tal y lo hacían en épocas pasadas. Francisco Javier Reyes es uno de los maestros que comparten sus conocimientos sobre el arte de fabricar sarapes. Él proviene de una familia de tejedores y desde niño conoció ese mundo de algodón y ruecas. “Cuando estaba muy pequeño andaba corriendo entre los telares y quizá no tejía, pero sí tenía todo el ambiente. Después pasa el tiempo y empieza uno a ver cómo lo hacen y nace la inquietud de marcarse un reto a ver si es posible lograrlo, te tienes que apasionar”, relata.

Para explicar los orígenes del sarape, Francisco se remonta hasta hace 200 o 300 años cuando Saltillo era un punto de encuentro para los comerciantes que llegaban a la feria. “Normalmente había muchos obrajes y fábricas y tenían muchos sarapes y lo empezaron a difundir en varias partes. Inicialmente era una prenda que se podía utilizar como adorno, se ponía sobre el mueble, en los pianos, pero después empezó a darle cierto movimiento y se colocaba en el hombre. El sarape tiene sus orígenes mucho en la capa española, pero en México se utilizaba más de adorno, luego los mariachis comenzaban a usarlo en sus trajes, los grupos folclóricos lo utilizaban para identificarse como mexicanos”, destacó.

La escuela cuenta con todos los elementos originales que había para tejer los sarapes y el maestro cuenta que ha sido una experiencia bonita tener ese contacto con las personas que llegan a las puertas de la antigua fábrica con la intención de saber algo más sobre el pasado, sobre nuestros orígenes. Finalmente la intención por mantener viva esta artesanía nace de la misma gente: profesoras, amas de casa, microempresarios.

“Recibimos visitas y son personas que cuando ven a los alumnos tejiendo se interesan bastante y luego los subimos al telar para que tengan esa sensación de subir y bajar. El telar nos va llevando a donde queremos ir y ú le vas dando forma a las cosas. No tenemos muchos tejedores actualmente porque son cursos largos, pero sí la capacidad para que las personas salgan de la escuela ya certificadas”.

MAESTROS DEL TEJER

A Pedro Tamayo, como lo ven joven, no siempre le creen que es tejedor de sarapes. Él comenzó desde pequeño en el aprendizaje de este arte gracias su familia. Sus hermanos tienen ya más de 17 años de experiencia y empezaron con un telar en la casa de su mamá. “Anteriormente no había un lugar o algo para ver cómo se teje o enseñar a tejer, ahora tenemos los telares y con los alumnos estamos rescatando la tradición de mucho tiempo. Vamos enseñando todo el proceso desde lavar lana, teñirla, tejer en lana y sacar el sarape en lana”, comentó.

El maestro defiende el largo y complejo proceso artesanal de tejer un sarape. Aunque ahora ya los producen “en masa”, como la gran industria china, no se compara con una prenda original. “Los chinos nos han copiado en el sarape de acrílico, pero el proceso de lana no nos lo han copiado ni podrán porque inclusive no hay medidas, temperatura, todo uno ya lo tiene en la cabeza”, expresó. Además aseguró que esas piezas construidas por telares mecánicos, como las hacen por metros y las cortan, se van deshaciendo al poco tiempo. “En lana es mucha diferencia, tenemos sarapes de 80, 90 años, dándole el cuidado pueden durar mucho tiempo”, señaló.

Sobre el telar de pedales, las mayas y los hilos, Pedro detalló que el sarape tradicional es de algodón, pero debido a que es muy débil, algunos tejedores utilizan poliéster. “Todo esto es manual, se coordina con los pies y las manos, va agarrado todo junto, anteriormente los telares tenían muchas cosas, actualmente nada más con dos poleas está jalando, antes eran cuatro o seis poleas demasiado pesadas y grandes. Los telares han cambiado a lo mejor un 20% de como eran originalmente, pero esto es de los españoles, de allá viene el telar de pedales”, argumentó.

La lana, para fabricar sarapes en la escuela, la mandan traer de Tlaxcala, luego se lava, se tiñe y se teje. Durante el proceso, Pedro comenta que hay que cepillarlos y quitarle las espinas con unas pinzas para cejas. “Desgraciadamente lo aprecian más los extranjeros que nosotros mismos, hay mucha gente que es de Saltillo que no conoce el Museo del Sarape”, manifestó.

Otro de los jóvenes maestros es Iván Zamora, originario de Monterrey, Nuevo León. En su casa poseían un pequeño taller, donde a los 13 años se convirtió en tejedor, aunque tuvieron que cerrarlo por las bajas ventas. “Cada quien se fue a lugares distintos hasta hace cuatro años que tenemos trabajando aquí. Para mí es un arte porque es un trabajo muy laborioso. La gente viene con ilusión y no se imaginan cómo es que se empieza un sarape y al momento de que van haciendo el tejido se van emocionando y adentrando más”, mencionó.

Para ser tejedor el maestro asegura que se debe tener paciencia y destreza. El primer semestre todos comienzan en el bastidor, el segundo en el telar con piezas pequeñas, separadores de libros en forma de sarapes de tres centímetros por 18 y así avanzan hasta llegar a la fabricación de obras más complicadas.
“Son realmente de calidad, a veces en el mercado engañan a la gente. Venden unos que dicen que son sarapes de lana y los dan más baratos, por decir aquí un sarape de lana la medida estándar es de 60 de ancho por 1.20, eso está en 2 mil 500 pesos, y acá en el mercado se los dan como en 300 pesos, pero no son originales”, declaró.

NUEVA VIDA DE COLOR

Los telares llamaron la atención de Mary López Gutiérrez porque cuando se subió a uno de ellos dijo “este es un carro para mí”. Los pedales los asoció con las pisaderas, luego encontró el freno y al acelerador y en el batán el volante. Se preguntaba cómo era posible que de aquellas maderas surgieran los vistosos sarapes e infinidad de prendas. Así que se animó a ser tejedora y actualmente continúa su como una de las egresadas de la primera generación de la escuela.

“Tengo más de 20 años viviendo en Saltillo y no conocía los teleras, yo creo que ni los sarapes. Esto es súper interesante, puedes hacer desde sarapes, jorongos, manteles individuales, caminos para mesa, bolsas, morrales, portavasos, separadores”, contó Mary.

“Es una cosas fantásticas porque si tú no intentas algo no sabes todo lo que puedes llegar a hacer. A mí me cambió la vida, por la edad que uno tiene ya no encuentras un empleo tan fácilmente, yo me autoempleo y soy libre porque sabe uno lo que va a hacer… Luego vas conociendo más de la cultura del sarape de Saltillo que fue muy famoso en las ferias. Pancho Villa, el Centauro del Norte, los portaba con gallardía; Maximiliano tuvo un sarape, Hernán Cortes y todas las grandes personas que estuvieron en la conquista apreciaron los sarapes, hay artistas que han salido en películas antiguas y portan un sarape, tenemos una cultura muy rica”, señaló.

En esta escuela Mary descubrió el significado de la palabra “apasionarse”, porque sin pasión no hay nada. “Esa fue la chispa”, admite.

AMOR A LA CULTURA


Laura Solís de Castañeda llegó a la Escuela del Sarape porque siempre tuvo la intención de aprender a hacer alguna artesanía mexicana. “Siempre quise aprender alfarería o cestería, algo y cuando se puso la escuela pensé en entrar, me tardé, pero me gusta mucho”.

Para la alumna es un orgullo adentrarse en el oficio y confiesa que actualmente se encuentra en la etapa de “no querer soltar” su obra. “Va a llegar el día en que no voy a saber qué hacer con todo, no sé dónde los voy a poner”, expresa con buen humor. “Pero primero es más bonito el regalarlo porque no sabes ponerle un precio a un trabajo así, pero creo va a llegar un día en que los voy a empezar a vender”.

Ser tejedora es para Laura “una sensación indescriptible. Cuando termina un sarape lo ve, lo toca y no cree que ella lo hizo. “Lo primero es certificarme y tenemos aquí la oportunidad de seguir utilizando los teleras de la escuela o mandar hacer alguno y tenerlo en casa”, expresó sobre sus planes futuros.

El caso de Teresita de Jesús Villarreal es un poco diferente. Ella es maestra de manualidades y trabajaba en el Centro del Adulto mayor. Su sueño es impartir clases a sus estudiantes sobre la hechura del sarape. “A principios del año antepasado empecé tenía la idea de venir a la escuela, pedí permiso para que me dieran chanza con los horarios, fueron muy accesibles conmigo. Aplico todo mi aprendizaje para poder proyectarlo y trasmitir hacia mis alumnas, tengo como 250, y así recatar la tradición”, señaló.

Teresita argumenta que el sarape es “símbolo de lo que representamos como saltillenses” y como tejedora asume la responsabilidad de no dejar que la tradición caiga. Por lo pronto el próximo ciclo escolar comenzará con su proyecto y les enseñará a sus alumnos con un curso de sarape en bastidor y después con otro de fabricación de morrales. “Los invitamos a que vengan a la escuela, uno quisiera que esta tradición resurja en Saltillo”, finalizó.


“El telar nos va llevando a donde queremos ir y ú le vas dando forma a las cosas”.
Francisco Javier Reyes
Maestro

“Para mí es un arte porque es un trabajo muy laborioso”.
Iván Zamora

“A mí me cambió la vida, por la edad que uno tiene ya no encuentras un empleo tan fácilmente, yo me autoempleo y soy libre porque sabe uno lo que va a hacer”.
Mary López Gutiérrez
Tejedora

4 años tiene la Escuela del Sarape