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Monclova, Coah.-“Jesús lo increpó: Cállate y sal de él. El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió” Macos 1:23.
¿Quién de nosotros cree que no está de un modo o de otro “poseído”? Estamos penetrados de fuerzas que nos destruyen desde el tuétano de los huesos. Todos los días se nos oye decir: “quiero, pero no puedo; me gustaría... pero algo me retiene; siento la llamada... pero estoy atado por cadenas más fuertes que mi impulso”. Estamos “poseídos” desde niños por valores, actitudes, criterios, comportamientos, todo tipo de educación y consejos. Nos han atado en la escuela, en la familia, en el trato diario con los demás.
Un mal estilo de ser persona y de ser cristiano, de relacionarnos con Dios y con los demás, se nos ha colado por el cuerpo, calándonos hasta la médula. Nos han inculcado por todas partes esos criterios comunes de la sociedad en que vivimos: que el que más puede, más vale; que el que más vale, más triunfa; que el que más triunfa, más tiene; que el que más tiene, más puede.
Y este círculo infernal se repite como una rueda de fuego dentro y fuera de nosotros. De este modo nos posee la ambición, el deseo de tener, la agresividad, el atropello del otro, la atención exclusiva a los propios problemas.
Sólo pensamos: ¡Sálveme yo y sálvese quien pueda! o también: ¡Sálveme yo, aunque se hundan los demás! Jesús descubre esta situación de posesión y se enfrenta
a ella con autoridad. El proyecto de Jesús es todo lo contrario de un hombre poseído. Por eso el diablo se rebela contra Jesús: “¿Qué quieres de nosotros? ¿Has venido a acabar con nosotros?”
Sí, Jesús ha venido a acabar con la posesión; a soltar al hombre de las amarras que lo tienen atado; a desenredarlo de la red que lo enmaraña; a liberarlo en lo más profundo de su ser: ¡Cállate y sal de él! Y salió.
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