Saltillo, Coah.- La idea de que el escenario teatral es un simulacro del mundo y que la vida es la más grande obra de teatro, es ciertamente lugar común. Sí, pero las grandes verdades no siempre tienen que resultar monstruosamente originales, sobre todo cuando dicha frase se enuncia para hablar de un hombre que vivió muy a conciencia esa vida teatral.

La noche del miércoles en la sala Emilio “Indio” Fernández, Javier Treviño uso dicha frase en alusión a Jorge Méndez, hombre de teatro, coahuilense distinguido, a quien se le rindió un emotivo homenaje a unos días de su fallecimiento.

Al evento concurrió gran parte de la comunidad teatrera de Saltillo y fue iniciado con música: César Méndez, sobrino del homenajeado, interpretó al arpa un tema que su tío le pedía mucho: “El Cascabel”. Y también cerró el evento con una prodigiosa versión del “Huapango” de Moncayo.

Sobre el espacio

Javier Treviño disertó respecto al espacio escénico y otros tópicos teatrales en un texto que dedicó tanto al homenajeado como al director Jesús Valdés, a quienes calificó como “insustituibles”.

Treviño definió al espacio teatral como un lugar donde todo puede ocurrir. Un lugar mágico. Tesis que proviene del aliento sagrado que los griegos ofrecieron a este arte. A partir de allí, Treviño equiparó los elementos escénicos con la vida misma; por ejemplo, dijo, la noción de que “como en la vida, en el escenario teatral todo es apariencia y todo es símbolo”.

Si decía George Steiner que la caída del telón es la muerte de un universo, Treviño afirmó que durante la obra tanto el actor como el director experimentan “una belicosa dialéctica de la agonía”, donde los personajes se debaten en su acotada condición espacio-temporal.

Rumbo a la conclusión, aseguró que parte de la magia del teatro consiste en que el actor y el director pueden llegar a sustraerse de su condición “espacio-temporal real”, para crear una condición similar (pero por pequeña, más intensa) en el escenario.

Bajo la tesis de que “el arte revela la realidad de la realidad”, Treviño se preguntó si acaso actores y directores: “¿Podremos contemplar alguna vez el espectáculo del mundo desde el patio de butacas?”.

Su respuesta quedó al aire, con la insinuación de que el hombre de teatro puede ver su realidad como lo hace el espectador Hamlet cuando ve la parodia de la traición a su padre. Como Jorge Méndez frente a una vida representada tras bastidores, en el proscenio y en todos lados.
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