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“Escuché que se abrió la puerta. No sé quién era, pero me empezó a tocar y a besar; sentí que me cortaban la camisa y el brassier, yo empecé a sentir miedo”.

No sólo fue uno o dos, sino tres personas las que abusaron de ella. Anabel estaba en shock, su mente estaba bloqueada; es más, no sentía ni los golpes que estos sujetos le realizaban con cintos, zapatos y puñetazos…

Así, mientras era atacada de manera salvaje por sus secuestradores, Anabel sólo veía el techo de aquel cuarto podrido e imaginaba cómo sería su vida si no hubiera viajado desde McAllen, Texas, a la ciudad de Saltillo para tratar de salvar a su padre.

“Estaba atada a la cabecera de la cama, con los ojos vendados; sólo sentí cómo me quitaban el short y mis pantaletas, después todo fue un infierno”, confesó una de las víctimas en su declaración ministerial, misma que está expuesta en el expediente número 99/2000.

UNA VIDA NORMAL

Sus sueños eran firmes; corría el año 2000 y en la ciudad de McAllen, Texas, Anabel Arellano sólo pensaba en los estudios universitarios que su papá le había concedido desde que era una niña, aquellos que le otorgarían una conciencia plena para enfrentar el futuro.

Veintiún años tenía en ese entonces y Anabel todavía gozaba de la compañía de su mamá, quien desde que nació se enfocó a su cuidado, pues el hombre que fue parte de su concepción sólo se abocaba a depositar una mensualidad.

“Yo sabía que mi papá (Armando Arellano) tenía otra mujer, con la que tenía tres hijos; él me visitaba de vez en cuando y me preguntaba cómo me iba en la escuela. La verdad no sabía de sus negocios”, mencionó en una de sus testimoniales.

Los meses eran así, pasajeros, de cotidianidades insípidas, de salidas efímeras, pero con un contexto claro para Anabel. Sus estudios eran la prioridad antes que cualquier cosa, tema o situación.

“Mi papá tenía negocios; sólo y eso porque me enteré, sabía que tenía una disco (bar) en la ciudad de Houston, Texas”, refirió en ese entonces la joven.

Pero llegó el mes de abril, un momento duro para la familia Arellano Garza, pues el dinero ya no era sólo una necesidad, sino una urgencia. La joven de 21 años necesitaba los recursos de su padre para seguir con sus clases.

“Recuerdo que le hablé por teléfono para saber qué onda con los gastos de mi escuela, así también con las del pago de las placas del carro y todo lo referente con la casa”, puntualizó en su declaración.

Pero Armando, su padre, no contestó el teléfono de casa, tampoco su celular, incluso fue a visitarlo y no lo encontró. Su desesperación era tal que siguió insistiendo, no se detuvo en ningún momento.

LA LLAMADA

Transcurría el 16 de abril. El teléfono celular de su padre volvió a sonar, de ahí, una voz grave, aguardentosa, poco amigable; la saludó: “¿A quién buscas? ¡Tu papá no puede contestar!”.

Anabel, preocupada, pero a la vez decidida a cortar nexos con aquel hombre y, claro, con su padre, sólo le mandó un mensaje a su padre a través de aquella voz extraña: “dile que ya no se preocupe por el dinero, ya conseguí trabajo y ayudará a solventar los gastos”.

“Pero yo no sabía realmente lo que pasaba, hasta que un 20 de abril recibí una llamada de mi papá”, dijo. Eran las 7 de la tarde del 20 de abril, el celular de la joven universitaria dio el tono que le alertaba que su padre estaba ahí, detrás de la bocina. Se levantó del sillón, tomó el móvil y contestó.

“Se le escuchaba raro, como de preocupación. Recuerdo que me dijo que tomara los papeles de la propiedad que me había regalado, la cual estaba en México y que se las diera porque estaba metido en un problema grande”, comentó. “También me dijo que fuera con su esposa para que me diera unas esmeraldas de un valor de 18 mil dólares”.

Aunque la llamada le causó rareza, su sentido común no la alertó, por eso tomó las llaves de su carro, un Cougar 1993 y salió con dirección a casa de la pareja de su padre, la señora Irma García Maldonado.

“Me abrió la puerta, la mujer sólo me dijo que me acompañaba, que teníamos que ir a Saltillo, Coahuila. Fue así que nos fuimos en mi carro, primero llegamos a Reynosa, en donde dejamos el carro, en la central”, comentó.

EL VIAJE

Después de estacionar el vehículo en la central de autobuses de la ciudad de Reynosa, Tamaulipas, Anabel e Irma se sentaron en una de las sillas de espera del lugar, bajaron la mirada y optaron por permanecer ahí, hasta que el camión que las llevaría a Saltillo arribara.

Así las dos mujeres tomaron el autobús cerca de las 5:30 horas, sabían que sería un camino largo a la capital de Coahuila, el mismo que no sólo les daría la oportunidad de conocerla, sino que las encaminaría al mismo infierno.

“Llegamos como a las 11:30 de la mañana, fue entonces cuando recibí una llamada de mi papá; me dijo que ahí llegarían dos personas, que nos recogerían y nos llevarían a un hotel”, refirió.

Pocos minutos pasaron y dos hombres de aspecto ataviados con sombrero color crema, camisa y pantalón vaquero, llegaron hasta el lugar en donde se encontraban y las invitaron a salir de la central. Sus nombres: Antonio Cerrillo García, “El Flaco”, y Alfredo, “El Chilango”.

Sin la preocupación de saberse vigiladas, incluso pensaban que sólo sería un viaje de ida y vuelta, fueron llevadas al hotel San Jorge, lugar en donde permanecieron un día.

“Era un 22 de abril y nos dijeron que recogiéramos nuestras cosas porque teníamos que ir hasta donde estaba el notario que iba a hacer el cambio de propiedad de los papeles. Al llegar a una casa nos dijeron que esto se iba a tardar, porque era Semana Santa y que los notarios no trabajan en estos días”, comentó Anabel.

Las mujeres, que no conocían un solo espacio de la ciudad de Saltillo, mucho menos sus lejanías, se encontraban internadas, secuestradas en una casa ubicada en el municipio de Arteaga, específicamente en calle Enrique Garza 2241.

“Fue cuando nos enteramos por medio del ‘Flaco’ que estábamos ahí porque mi papá debía mucho dinero (110 mil dólares) y que hasta que no los pagara nos iban a dejar ir”, refirió.

Ese día, en el domicilio que sólo contaba con dos recámaras y una sala comedor, las dos mujeres se avocaron a dormir, a descansar de aquel molesto viaje por carretera.

“Llegó el 23 de abril y ‘El Flaco’ nos dice que el jefe nos quería ver. Era Ernesto Campos (su nombre real Rubén Ortega Moreno), quien nos dijo que todo iba a salir bien, que sólo éramos un intercambio mientras mi papá arreglaba la deuda”, confesó.

En eso, el celular de “Ernesto” sonó, Armando estaba tras el teléfono, mismo que contestó Anabel: “Le reclamé el hecho del porqué nos había mandado

bajo engaños, que no era justo, sólo me dijo que todo se iba a terminar en 20 días, la verdad no le creí”.

SECUESTRADAS

Los días transcurrían normales. Irma y Anabel permanecían en aquella habitación sin poder salir más que para lavar ropa, ir al baño y platicar con “El Flaco”, su cuidador. Así pasó del 24 al 30 de abril.

“Sólo el ‘Flaco’ nos cuidaba, de pronto llegaban unos que les dicen ‘Los Chilangos’ a llevarnos de comer”, enfatizó, “pasaron los días, recuerdo que era un 2 de mayo y un camioncito de esos de redilas llegó”.

El camión color azul, con redilas color blanco, era manejado por “El Chaparro”, una de las personas que serían parte de su calvario y que dejaría una huella imborrable en Irma García.

“Nos trajeron una televisión, colchas, cobijas, almohadas, un tanque de gas, una estufa y ‘El Chaparro’ nos aventó ropa interior y un short”, narró en su testimonial.

La soledad volvió a las cuatro paredes del lugar. Los días de mayo seguían su curso y así, el 6 del mes, se estacionó en Arteaga. “El Flaco”, siempre mal encarado, abrió la puerta de la habitación y las invitó a que caminaran hasta donde se encontraba “Enrique” (Rubén), quien acaba de llegar en su Jeep Cherokee, color rojo.

Pero aquel hombre que les había dicho el 23 de abril que todo iba a salir bien y que no les iba a pasar nada malo, tenía otro rostro, una cara maldita que sólo reflejaba odio, rencor y maldad.

“Nos dijo que si llegaban los 20 días y mi papá no pagaba, él ya no nos iba a respetar, amenazándonos de muerte. Fue cuando Enrique me empezó a insinuar cosas. Ese día tomó alcohol y vio un partido de futbol”, expuso.

Aunque ya estaban cansadas de esperar, de saberse encerradas y amenazadas, las dos mujeres que unieron sus vidas en una amistad férrea, la cual jamás habían conocido por sus constantes pleitos por el dinero, tenían la esperanza de conocer la libertad.

Pero así pasó el 9, 10, 11, 12 y 13, hasta que a su puerta tocó el 14 de mayo, un día en el que las sonrisas iban a ser destruidas y los excesos por parte de sus captores iban a ser cometidos, pues el hombre que prometió salvarlas no había hecho el pago prometido a la familia de “Enrique”.

“Ese día ‘El Flaco’ y ‘El Chaparro’ nos cuidaron, pero uno de ellos nos dijo que teníamos que cooperar en todo lo que nos dijera su jefe; nos dijo que nos iba a matar de un balazo en el estómago si no lo hacíamos, ya que sus balas explotaban en el estómago”, explicó (Exp. 99/2000).

AMARRADAS Y VIOLADAS

Pasaron dos días desde que recibieron la noticia, de que Armando no había liquidado el pago, por eso esperaron sentadas, abrazadas una de otra y con la mirada triste, sin el reflejo de aquellas mujeres seguras de sí mismas que habían partido de McAllen, Texas, un día de abril.

El 16 de mayo del 2000. “El Flaco”, el cuidador maldito que siempre estuvo sentado a la espera de una orden y que cargaba una pistola calibre 9 milímetros en su cintura, se puso en pie e invitó a las damas a que se instalaran en cuartos diferentes.

“Nos puso unas vendas en los ojos, nos amarró a la cama y ahí estuvimos un rato”, argumentó Anabel.

Anabel estaba en un cuarto que daba hacia la calle Enrique Garza y que se conectaba con la carretera Antigua Arteaga. Ahí, después de permanecer alrededor de dos horas, comenzó a escuchar ruidos, eran voces de varios hombres.

“Entró ‘El Chaparro’, lo reconocí por la voz, me dijo que mi padre no había pagado… ya sabía; le dije que mejor me matara y él sólo me dijo que me callara”, apuntó.

En eso, el ruido de la televisión y del radio penetraron en las paredes de toda la casa; un volumen alto para tratar de no levantar sospechas de lo que se realizaría en ese humilde lugar.

Era una escena atroz, con tintes salvajes, pues mientras “Enrique Campos” tomaba a la fuerza a su “juguete”, sus cómplices estaban a su lado, con una botella de whisky en sus manos, saboreando el dolor de una joven indefensa, amarrada.

El olor a alcohol era intenso, la boca de “Enrique” apestaba a madera mojada, pero seguía besándola por todos lados, su lengua recorría cada uno de los espacios del cuerpo de Anabel.

En el otro cuarto, permanecía Irma, amarrada de sus manos a la cabecera de la cama, con una venda cegando sus ojos, pero escuchaba un pequeño murmullo pese al ruido absurdo de la televisión y del radio, los cuales jugaban como escudo de las aberraciones implícitas que se estaban cometiendo en perjuicio de una mujer.

“‘El Chaparro’ entró a mi cuarto, se sentó a mi lado y me dijo al oído que cooperara, si no iban a violar a Anabel, pero le pregunté qué eran esos ruidos, estaba muy sorprendida, asustada”, indicó Irma, pareja del hombre que las puso en charola de plata a los secuestradores.

Por eso, “El Chaparro” aprovechó ese momento de pánico, le bajó el short, le arrebató su ropa interior y comenzó a violarla en repetidas ocasiones hasta que terminó, sin saber (Irma) que Anabel era sometida por al menos tres personas.

Y así fue; en el cuarto de al lado, Anabel era sacudida por el mismo demonio, pues mientras “Enrique” la penetraba de manera salvaje y saciaba sus instintos animales sin piedad, sus demás captores la golpeaban con cintos, zapatos, incluso alguno de ellos la quemó con cigarrillos.

“Yo estaba en shock, no sentía nada, no gritaba, sólo supe que fueron varias veces y diferentes personas las que entraban a mi cuerpo”, comentó en su declaración ministerial.

Pero no era todo, el salvajismo era perpetuo, parecía un cuento de nunca acabar, una historia aterradora en la que ella era el principal personaje. Sus captores la pusieron de pie, desnuda, con la sangre brotando de su boca, de sus pechos, y en un momento de locura fue hundida en el piso del cuarto y arrastrada por él por varios minutos.

“En eso sonó un teléfono, era mi papá, me preguntó si estaba bien, yo sólo le respondí que sí; la verdad no sabía nada de mí, estaba ida”, expresó.

El 17 de mayo. Anabel despertó, eran cerca de las 11:00 de la mañana, su cuerpo estaba demacrado por los golpes, su alma desecha por las agresiones sexuales y su mente bloqueada, en ese momento sólo eran flachazos los que llegaban a su mente.

“Estaba en un charco de sangre, el colchón era de otro color; mi cara estaba desecha, me habían golpeado muy fuerte”, dijo.

Con movimientos lentos, de esos que las heridas provocan, se puso en pie, caminó unos pasos hacia la puerta y por un pequeño espacio miró hacia donde se encontraba su amiga. Irma estaba siendo besada por “El Chaparro”, mientras éste sostenía una botella de licor.

“Me fui a acostar. El 18 de mayo despierto y me doy cuenta que ‘El Flaco’ abrió la puerta; me dijo que había sido ‘Enrique’ la persona que me había violado, en eso entró Enrique y de nueva cuenta me violó varias veces”, enfatizó, “me dijo que quería tener un hijo conmigo… que por eso me violaba”.

SALVADAS

El terror estaba por terminar; Enrique como sus secuaces habían dejado de molestar a las dos mujeres, que seguían amarradas, que sólo eran descubiertas para comer, para bañarse y para curar sus heridas.

Pero aquellos 30 días de soledad, de dolor, de violaciones y de escasez de comida estaban por acabar, se esfumaron el 27 de mayo, pues de pronto por una de las ventanas de la casa, Anabel se dio cuenta que “El Flaco” estaba esposado, sometido por varios oficiales.

“En eso salió “El Flaco”, eran como las 8 de la noche, pero no tardó nada, al contrario, volvió pero esta vez esposado por unos policías quienes nos liberaron”, aseguró. “Antes nos había dicho ‘El Flaco’ que ‘Enrique’ y el ‘Panther’ (quien era el chofer del líder de la banda y que también sometió a Anabel aquella tarde del 16 de mayo) iban a vernos en la noche”, dijo.

Anabel no dudó en tomar de la mano al oficial, se subió a la patrulla y sólo volteó a ver la casa que la mantuvo por un mes encerrada y que le trajo en un momento de furia un abuso que jamás podrá olvidar.
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