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Familia Rodriguez Narro: El Morillo, descanso para extranjeros

Redacción

Como hotel funciona un rancho a las afueras de la ciudad

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ROSALÍO GONZÁLEZ | Saltillo, Coah.- Entre el sonido permanente del roce de las copas de los árboles, El Morillo es un remanso fundado hace 82 años por la familia Rodríguez Narro, al suroeste de la ciudad, cuando ésta era un naciente atractivo para turistas internacionales.

En un portal similar al casco de una hacienda, Norma Rodríguez, nieta de la iniciadora del hotel, dispone de los recuerdos más íntimos de su familia y los comparte para entender otra parte de la historia de Saltillo.



“Ésta es la casa original de mi familia”, dice mientras abre unas puertas señoriales que llevan a la sala de la casona, “conservamos todo intacto, con los muebles y fotografías de mi abuela Francisca y mis papás”, asegura.

En las paredes, unos enormes marcos dorados con las fotos de sus ancestros decoran el salón, que sobre el piso tiene una elegante alfombra y una chimenea en la pared más grande.

En una de esas imágenes del recuerdo está la de su tío Blas Rodríguez Narro, “él tenía espíritu de artista, porque cuando mi abuela Francisco inició el proyecto de que el rancho fuera hotel, él le ayudaba entreteniendo a los huéspedes, les tocaba el piano en el comedor, les hacía conversación, en fin”, narra la hoy dueña de El Morillo.

El rancho es propiedad de la familia desde hace más de un siglo, sin embargo fue hasta 1934 que decidieron convertirlo primero en un campo turístico y después en hotel.

“Lo que sucedió fue que a Saltillo llegaban estadunidenses para estudiar español, porque antes la familia Recio tenía una escuela de ese idioma, entonces durante el verano acá estaba lleno de americanos, y una vez una de esas mujeres le propuso a mi abuela que la hospedara en su casa y así fue como comenzó todo”, recuerda la nieta de la
fundadora.

Doña Francisca posa en diferentes fotos, una de ellas tomada en los 50 junto a sus hijas Tere y Conchita, “mi abuela no era una mujer de carácter fuerte, para nada, era muy tranquila. Eso sí, no le gustaba que la llamaran por su nombre, prefería Panchita o Francis”.

En otra fotografía de 1929, los niños de la familia están a la entrada de la capilla del Sagrado Corazón, que se encuentra al interior del rancho, y que fue consagrada en 1924, “en esa foto están teniendo sus presentaciones los niños, y el sacerdote que está ahí es monseñor Jesús María Echavarría, porque él fue quien consagró la capilla”, asegura Norma.

LAS JEFAS

Morillo es un caballete metálico utilizado para sostener la leña de las chimeneas, “o para sostener los techos, entonces el rancho se llama así porque le habían puesto morillos a los portales”.

Desde su fundación en 1934, el hotel estuvo encabezado por mujeres, primero doña Francisca Narro, después estuvo su nuera María García, “luego hubo una serie de administradoras”, hasta que llegó Norma Rodríguez, nieta de la iniciadora.

“Siempre hemos sido mujeres las administradoras, nuestro rancho inicialmente colindaba con lo que hoy conocemos como la calzada Antonio Narro y el camino a Palma Gorda, a lo largo y a lo ancho iba del periférico a la Flores Magón”.

RAMÓN Y SU OSO CUCO

Uno de los hijos de doña Francisca fue Ramón Rodríguez, un empresario de la construcción, dedicado a ese oficio desde muy joven, “puesto que él fue quien hizo el primer portal o terraza del rancho”, recuerda su hija Norma.

“Mi papá era un hombre bastante simpático, entretenido, en una ocasión que estaba lleno de huéspedes el rancho, organizó un viaje a Concha del Oro en ferrocarril y simuló un asalto, los americanos estaban espantadísimos pero mi papá muerto de risa”.

Esa es otra de las muchas historias que se guardan en El Morillo, entre sus columnas de cemento, sus paredes de adobe e inmensos jardines, donde pareciera no ocultarse nunca el sol.



“Otra historia que contaba mi papá es que cuando ellos iban de jóvenes a los bailes del Casino de Saltillo las muchachas se hacían del rogar, no querían bailar y ellos les decían: ‘aprovechen mayo porque ya les llegará su agosto’, refiriéndose a que en verano llegaban las gringas y ellos andaban de novios de ellas”, recuerda Norma mientras da un
sorbo a su té, en medio de la tranquilidad.

“Antes de terminar quiero contar la historia del oso Cuco”, de él hay una fotografía, donde su papá lo está cargando, “ese oso pardo era la mascota de mi papá y vivió muchos años aquí en el rancho hasta que se volvió peligroso y tuvieron que donarlo, y en una ocasión Cuco le rasgó las medias a una de las huéspedes y quería que se las pagaran, y
mi abuelo le dijo que sí, pero solamente si dejaba que él se las pusiera”, finaliza Norma, entre risas y sonrojada, por la anécdota de su familia, una de las más tradicionales e importantes de la ciudad.

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