De pronto la música se para en seco y un hombre (tez morena, baja estatura) toma el micrófono y a los pocos minutos tiene a todo el público a la expectativa.
A través de acuarelas que va sacando de un maletín cuenta la historia de Futusi y una grulla.
El hombre se llama Enrique González, es originario de Torreón y anda de pueblo en pueblo contando historias.
Enrique González ha adoptado el Kamishibai (drama de papel), una práctica japonesa que tiene su origen en el siglo 12.
“Yo me he dado cuenta de que hay muchas cosas de las que nos quejamos, como la inseguridad o la falta de lectura, por eso hay que buscar acciones que lleguen de la forma más directa a la sociedad”, dice González, y a la par difunde bellas historias japonesas.
La historia no duró más de 15 minutos, pero durante ese lapso las copas dejaron de sonar y los ojos se perdieron en un lejano lugar en el que una gruya convertida en mujer sacrificó sus plumas para darle a Futusi un rollo de seda pero, como él fue incapaz de confiar en ella, salió volando con su alas blancas hacia la luna.
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Vi a este hombre. contaba una historia en la Plaza de Armas pero llegaron dos inspectores de la Presidencia y lo obligaron a interrumpir su trabajo y marcharse.
Me pregunto si los analfabetas de la Presidencia no podrían haber aprovechado la oportunidad para aprender algo, aunque fuera solamente un cuento infantil.
Felicidades a Enrique por esta labor entusiasta y por el rescate de narrativas públicas como es el Kamishibai. Un rapsoda moderno que se debe aprovechar.