Lo mismo ocurría en la recámara del niño de cinco años, que aunque ya iba al kínder, su desarrollo no era totalmente normal, no socializaba con sus compañeros, no jugaba, la tristeza invadía su carita de niño que parecía de adulto.
Es lo que día a día sufría su mamá, una joven señora, bonita, de buenas costumbres, que su único pecado fue enamorarse del hombre equivocado, descubriéndolo hasta después de la fiesta de la boda, y de alejarse por miles de kilómetros de su familia, para vivir al lado de él.
Vivían en un hermoso departamento, pero de donde ella ni siquiera podía usar la licuadora. Todo meticulosamente limpio y nuevo. En una ciudad de Jalisco, ella se enfrentaba al miedo que se mete por los huesos y recorre toda la piel, sin abandonar el cuerpo. Día tras día, transcurría en las tareas del hogar y cumpliendo hasta el último deseo de su marido, sin salir de esa hermosa jaula de oro.
Al niño lo iba a dejar su marido al colegio y él mismo lo recogía; cuando él no podía, la suegra se encargaba de ello, ya que vivía a una cuadra de distancia.
La casa permanecía como si estuviera vacía, vacía de la alegría de vivir de una familia joven, con dos hermosos niños.
Sufría el dolor de enfrentarse todos los días a los embates de un sujeto que distaba mucho de ser el enamorado caballero que había conocido hace años y del que ahora sólo recibía órdenes. ¡Haz esto, haz lo otro!, y si había desobediencia de su parte, los golpes la podían mandar al hospital, como ocurrió el día en que restableciéndose de la golpiza, decidió dejarlo.
Había que trazar un plan y sobre todo, que él ni siquiera escuchara un pensamiento de abandono. ¿Pero cómo le iba a hacer?, encerrada con llave todo el día, sin poder utilizar el teléfono, los parientes políticos tan cerca, que sabía que ni un paso podía dar sin que su esposo lo supiera. Y ni un cinco bailaba en su bolsa.
En una de las visitas que una hermana le hizo, aunque ella no platicó nada de su calvario, el problema emanó simplemente por las actitudes en esa casa. Que los niños no jugaran con sus juguetes, no era normal. Que no hicieran ruido. Que permanecieran apagados. Que su propia hermana estuviera en los huesos, y que la alegría de vivir se hubiera alejado, ¡no era normal!
La familia visitante volvió a su pueblo, pero su hermana tenía clavado en el pecho el sufrimiento de su hermana y le dijo al oído antes de partir “siempre contarás conmigo”.
Luego de una golpiza que la envió al hospital, pudo comunicarse con su hermana, pidiéndole que fuera por ella, pero no podía enterarse el marido, por que le cumpliría la amenaza de muerte si ella huía.
La hermana llegaría a un hotel y le llamaría cuando el “enemigo” ya no estuviera en casa. Saldría sin nada, por si la veían tendría tiempo antes que descubrieran la fuga.
Su hermana llegó acompañada de su marido, y le hicieron como habían quedado. Rompió los candados, el de su casa y el de su alma, para huir lejos de ese infierno. Fue por su hijo a la escuela, con su hija cargada y sin nada más que lo puesto, huyó por siempre.
Aunque el marido, acudió en las siguientes horas de su llegada a su pueblo, no la pudo encontrar por más amenazas que profirió a su gente. Ella salió de ahí y del país; puso miles de kilómetros de distancia, antes de que en una golpiza no volviera a despertar.
La violencia es un círculo vicioso que debe atacarse de raíz, por que genera sentimientos de inferioridad y de baja autoestima en las víctimas; además del sufrimiento causado a los hijos víctimas del maltrato, en un futuro repetirán patrones en sus propias familias.
Una de las secuelas que si no se atienden en forma oportuna, es que las víctimas serán maridos golpeadores o mujeres con baja autoestima que permitirán a su vez, la violencia en su contra y en contra de sus hijos.
Afortunadamente en la ciudad ha disminuido considerablemente la violencia intrafamiliar gracias a los programas de prevención y de atención que en los últimos años han tenido mayor apoyo, gracias a la sensibilidad del gobernador Humberto Moreira Valdés y de la primera dama del estado Vanessa Guerrero de Moreira, afirmó Heriberto González Hernández, delegado de la Procuraduría de la Familia.
Hay varios tipos de violencia que se puede vivir en el seno de una familia, pero la que tiene mayor prevalencia es la patrimonial, en que incurre una persona para no otorgar la manutención de sus hijos y las víctimas son tanto los menores como la madre o en algunos casos, el padre afectado.
Le sigue la violencia física que también va de la mano con la violencia verbal, por que un golpe no va en seco… sino acompañados de malas palabras.
En igual proporción está la violencia emocional y psicológica, en que el abusador día a día le dice a la víctima que no sirve para nada, que no le satisface como pareja, como mujer, que no cuida la casa, que no sabe hacer de comer, que no sabe cuidar a los hijos, etcétera.
Y en última instancia, es el abuso sexual como tipo de violencia, que no se denuncia tan frecuentemente como los golpes o la falta de manutención, pero que se presenta en la comunidad.
Los programas de prevención y atención, como “Tus hijos hacen lo que ven”, “Da un buen ejemplo”, “No seas cómplice”, en todos se trata de hacer cultura a la denuncia y poder abatir o romper ese círculo de violencia desde el inicio de la administración de nuestro Gobernador, que intruyó y legisló para crear las Unidades de Atención a la Violencia, coordinadamente con la Procuraduría de la Familia, unidades a cargo de los DIF, apuntó el delegado.
La violencia hay que combatirla y para ello, las personas que se encuentran en situaciones de violencia deben denunciar y pedir ayuda y no permitir que llegue a que las víctimas sean calladas para siempre.
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