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Monclova, Coah.-El televisor que tenemos en casa no produce electricidad.

La recibe a través de un cable.

Y el cable, a través de un transformador.

El transformador a través de otros cables. Y así, siguiendo un recorrido mas o menos largo, se llega a la central, que es la que produce la electricidad.

De manera parecida, nuestra vida no la producimos nosotros.

La hemos recibido a través de nuestros padres. Y nuestros padres, a través de los suyos.

Y así, siguiendo un largo recorrido se llega a un primer ser, al que los creyentes llamamos Dios, que es el que produce la vida.

Pudiera ser que nunca hayamos visto la central eléctrica.

No importa.

Es ella la que produce la electricidad y gracias a ella, se encienden las lámparas de nuestras casas.

A Dios no le hemos visto nunca, pero es Él el que produce la vida y gracias a Él vivimos.

Por otra parte, de las fuentes o manantiales brotan los ríos.

Pues bien; Dios es el manantial del que brota todo lo bueno.

Además de ser el manantial de la vida, es el manantial de la luz, la verdad, del amor, de la paz, la santidad, la justicia y la felicidad.

Dios nos llama a la felicidad.

“¿Qué buscan?” (Jn 1,38), nos pregunta Jesús en el Evangelio de hoy.

Es que vivir es buscar algo o a alguien.

Los enfermos buscan la salud.

Los ancianos, el calor familiar; los estudiantes, terminar sus estudios; los negociantes, éxito en sus negocios.

Y todos, absolutamente todos, buscamos ser felices; pero en este mundo no hay felicidad completa.

A veces creemos que consiguiendo una cosa seremos felices.

La conseguimos y la felicidad está lejana.

Nos parecemos a los niños que, cuando la luna se está escondiendo tras la montaña, creen que subiendo a la montaña, a la luna se la puede tocar con la mano.

Subimos a la montaña y la luna sigue lejana.

Podemos preguntarnos si son felices los que disfrutan de todos los placeres de la vida.

Puedo decirles que son menos felices que los misioneros, que ponen en peligro sus vidas por los demás.

Los que sólo buscan placeres, al final sienten en el alma un vacio tremendo e incluso alguno de ellos llega a suicidarse.

La felicidad sólo la encontramos siguiendo las enseñanzas de Jesús, caminando a su lado, haciendo el bien.

Y por eso Jesús nos dice en el Evangelio de hoy “vengan conmigo” (Jn 1,39).

¡Qué distinto sería el mundo si todos siguiéramos las enseñanzas del Divino Maestro! En el país Vasco, por ejemplo, hay jóvenes que siguen las enseñanzas de maestros fanáticos y violentos.

Y así queman cabinas y autobuses y siembran a su alrededor mucho sufrimiento.
¡
Qué distinto sería si estos jóvenes, siguiendo las enseñanzas de Jesús, gastaran sus energías a favor de los necesitados.

Jesús promete la felicidad eterna a los que acompañan el camino del bien.

Y esta felicidad ya empieza en este mundo con la satisfacción que se siente después del deber cumplido.

Nada hay que produzca tanta paz en el alma como el caminar al lado de Jesús haciendo el bien; pero para poder comprobar esto, hay que vivirlo.
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