1 lecturas





Monclova Coah.- Sentada en un sillón, en el cuarto que comparte con su pareja en la casa de su suegro, Yeimi declara repetidamente que está agradecida con Dios por la oportunidad que le dio de rehacer su vida a lado de un hombre, después de haber sido mesera en una cantina de la zona centro.

Conoció a ‘Rolis’ en ‘La Bahía’, un bar de la calle De la Fuente de la zona centro, lugar de donde él la sacó de trabajar, y ella no lo pensó dos veces.

“A los nueve meses de trabajar en el bar conocí a quien es mi esposo y decidí juntarme con él, porque mientras eres bonita eres la atracción de todos, te ofrecen dinero pero nunca estabilidad ni un hogar porque la mayoría son casados, ahí siempre vas a ser la amante, por eso, cuando Dios nos juntó yo no la pensé dos veces, él me dio la oportunidad de estar donde estoy, hemos vivido altas y bajas pero nos acoplamos”, platicó.

Ahora están bien, incluso hay la posibilidad de que en octubre contraigan matrimonio, pero el primer año fue difícil porque la familia de él se negaba a aceptar que ella hubiera sido mesera.

En el Día Internacional de la Mujer, la historia de Yeimi retrata la vida de muchas féminas que sufren en carne propia la discriminación y los señalamientos, entre otras razones, por desempeñar un trabajo que algunos consideran indigno para ellas y que sin embargo muchas veces sólo es la corona de una vida llena de amarguras y sinsabores.

Yeimi narra que sólo concluyó el kínder y no recuerda cuándo dejó la primaria, porque su infancia la pasó entre la casa de sus abuelos en San Pedro de las Colonias, y la de su mamá, que trabajaba de camarera en un hotel de la ciudad y en algunas casas.

“A los 13 años y medio, mi mamá me pidió que le fuera a ayudar a una señora en su casa, y ahí fue donde conocí al hombre con quien me casé por primera vez; él dijo que se enamoró de mi, yo lo ví como la oportunidad para salirme de mi casa porque eran muchos los problemas con mi mamá”, declara.

“A los 16 años de edad tuve a mi primera hija, pero siempre tuve muchos problemas porque mi suegra no me quería, sentía que yo era muy poca cosa para su hijo; a los 20 años tuve a mi segundo hijo, pero mi ex esposo y yo vivíamos en el estira y afloja, a él no le gustaba que yo hablara con mi familia, no le gustaba la música, ni que yo fuera alegre”, expresa.

“A mis 23 años era una amargada que me sentía como de 40; era obesa, pesaba más de 70 kilos, hasta que nos separamos después de 11 años de violencia”, narró Yeimi, que lleva el cabello en una media cola, unos pendientes largos en las orejas y una blusa y un pantalón capri ajustados que dejan ver que ha recuperado la figura.

“Cuando estaba casada siempre fui muy hogareña, pero vivía con muchas ganas de salir a platicar con las vecinas, me gustaba mucho bailar, cantar, ser alegre; cuando me separé a lo mejor por eso caí donde caí, empecé a salir con amigos, a tomar, a fumar, me encantaba bailar”, platica.

A ‘La Bahía’ llegó a los 26 años, después de una aventura frustrada en los Estados Unidos, a donde se fue en busca del sueño americano para sostener a su tercer hijo, Elías, un niño con capacidades diferentes producto de una relación de tres meses que tuvo con un muchacho, meses después de que se divorció de su primer pareja.

En el bar, su trabajo era servir las copas de 1:00 de la tarde a 1:00 de la mañana. Su salario era de 150 pesos por turno, con la opción de incrementar sus ingresos si bailaba con los clientes a 10 pesos la pieza.

“Jamás ejercí la prostitución”, aclara, aunque reconoce que eso no la salva de los señalamientos de la sociedad.

“Yo siempre digo que es como te des a respetar, y yo siempre me di a respetar”, añade. Sin embargo, en el Día Internacional de la Mujer señala que en carne propia ha comprobado lo injusta que puede ser la sociedad con las mujeres.

“Es injusto que la gente te señale porque fuiste mesera, siempre me he preguntado por qué la gente se mete en cosas que no, a mi esposo le decían fue mesera; tú siendo soltero, sin compromisos, ¿cómo vas a echarte un compromiso con un niño?, pero yo creo que les he demostrado que uno cuando quiere cambia”, relata Yeimi.

“Incluso, ahora mis vecinas y mis cuñadas nos salimos a pasear, a comer, ya no les da pena que digan ‘esa muchacha trabajaba en el bar’ y es cuando dices ¿Por qué lo hice?, o cuando por ejemplo, mi esposo y yo salimos a bailar, vamos al cine, a la plaza y a veces un hombre me reconoce y le dicen a él que le sigamos echando ganas, o a veces me encuentro compañeras y nos dicen que le sigamos echando ganas, que nos adaptemos”, cuenta.

“Una que otra vez nos encontramos al dueño del bar, y pronto manda comprar pañales para Elías y nos dice que le echemos ganas, y a mí me dice que ya no vuelva, que aproveche, aunque luego se ríe y dice que fui una de sus mejores mujeres”, agrega Yeimi, que considera que en su vida lo peor ya pasó.
Comparte ese artículo: Facebook Favicon Facebook Google Bookmarks Favicon Google Bookmarks Twitter Favicon Twitter YahooMyWeb Favicon YahooMyWeb