Monclova, Coah.- En las fiestas navideñas, miles y miles de luces iluminan las calles y los escaparates; se oyen villancicos y se adornan las casas con los árboles de Navidad. Son fiestas en las que vuelven al hogar los que están lejos, en las que viene a nuestra memoria el recuerdo de los que nunca volverán y en las que nos deseamos la paz y la felicidad los unos a los otros. Paz y felicidad que, sobre todo, hemos de procurar para los miembros de nuestras propias familias, entre los que están los ancianos.

Una monja que a sus diecisiete años pasó a formar parte de las “Hermanitas de los pobres” y que llevaba veintiséis años sirviendo y cuidando las personas mayores con alegría y cariño, cuando le preguntaron que consejos daría para convivir con ellos, respondió así: Amar a la persona mayor; quererla de verdad; que descubra que en la casa no ocupa un lugar como lo pueda ocupar un mueble, sino que ocupa un lugar en el corazón.

¡Que esté contenta porque la aman! Tratarla con bondad, amablemente, la brusquedad, las maneras duras hacen sufrir a las personas mayores y a las que no lo son.

Saber comunicarles alegría, la tristeza es como una mala hierba que aparece constantemente en el alma de la mayoría de los ancianos.

Hay que estar siempre de buen humor, a los ancianos no les gustan las caras largas ni las expresiones tristes.

pedir consejo al anciano, solicitar su parecer y seguirlo siempre que se pueda, hacerles ver que se cuenta con ellos.

tener mucha comprensión: tenemos que disimular y comprender sus pequeños fallos y debilidades. interesarse por sus cosas.

Tener muy en cuenta sus gustos, sus pequeñas “manías” ¡Cuánto agradecen los ancianos un detalle, una sonrisa, un rato de compañía, un poco de atención para escucharles…! hacerles ver la vejez como algo embellecido por los esfuerzos que hicieron durante su vida, como una bella puesta del sol, que no tiene nada que envidiar a un hermoso amanecer.

Así hablaba esta monja, que había entregado lo mejor de su vida en servir a los ancianos y, por lo tanto, en servir a Cristo, pues todo lo que hagamos al prójimo se lo hacemos a Cristo.

Pero nuestras grandes atenciones no sólo las hemos de tener con el anciano, sino con todos los que conviven con nosotros en nuestra propia casa.

Se cuenta la historia de una mujer que había trabajado duramente para sacar adelante su familia con muy poco aprecio por parte de ésta.

Una noche le preguntó a su marido: Oye, Peter, si yo muriera, te ibas a gastar una gran cantidad de dinero en flores para mí, ¿verdad? - Pues claro que sí, María, ¿Por qué lo preguntas? - Es que estaba pensando que las coronas de muchos euros iban a significar en aquel momento muy poco para mí. En cambio, una florecita de vez en cuando, mientras viva, significaría mucho.

Marta estaba expresando lo que desean en su corazón todas las personas que tenemos a nuestro alrededor.

Una florecita de vez en cuando, es decir, un detalle con que demostremos nuestro amor puede llevar alegría a la vida de las persona.

¿Por qué esperar a que los corazones hayan dejado de latir, a que los ojos no vean y los oídos no escuchen, para hacer entrega de unas rosas a esa persona que está tan unida a tu vida? no olviden que vale más una sola rosa para el que vive que una gran corona para el que ya se fue.

“Alégrate, llena eres de gracia” (Lc 1,20), le dice el ángel a María en el Evangelio de hoy. Pues bien, nosotros debemos alegrar la vida de los ancianos y de los que viven a nuestro alrededor.

Si lo hacemos, nosotros mismos participaremos de esa gran alegría.
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