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Monclova, Coah.-Cuando por las mañanas sale el sol, poco a poco van desapareciendo las estrellas. Tengan por cierto que, si en nuestras almas reinara el sol del amor a
Dios, poco a poco irían desapareciendo nuestros defectos.
El sol, por la mañana, transforma las gotas de rocío que hay sobre las hojas en puntos de luz y transforma la oscuridad en los hermosos colores que vemos durante el día.
Pues bien, el amor a Dios lo transforma todo. El incrédulo que ve por la calle a un pobre que va pidiendo limosna ve sólo un pobre; en cambio, el enamorado de Dios ve en los pobres algo más que estómagos vacíos, algo más que corazones hambrientos; ve en ellos a Cristo pobre. El incrédulo entra en un hospital y ve salas llenas de enfermos.
El enamorado de Dios ve en ellos a hermanos crucificados, a Cristos clavados en la cruz del dolor.
El que de verdad ama a Dios trata a los demás como a Cristo. Su palabra y su conducta transforman corazones.
En la vida diaria encontramos tres clases de palabras: palabras vacías, palabras autoritarias y palabras con autoridad.
Las palabras vacías son las de los charlatanes, las de los que no hacen lo que dicen, las de ciertos políticos que se preocupan por el número de votos y se olvidan del bien de los votantes, dejando de cumplir tantas promesas.
Las palabras autoritarias son las de los dictadores, las de aquellos con los que a la fuerza hay que estar de acuerdo, digan lo que digan. Si dicen que una cosa es blanca, no le digáis que es negra aunque lo sea, porque lo pasaríais mal.
Las palabras con autoridad son las de los que viven lo que dicen. Sus palabras responden a su vida honrada.
A éstos se les escucha con respeto y con agrado; por eso las multitudes se agolpaban para oír a Jesús de Nazaret porque sus palabras divinas estaban de acuerdo con su vida intachable.
La gente, más que fijarse en palabras, se fija en cómo es el que las dice.
Un día se insertó en el periódico el siguiente anuncio: «Adelgace en quince días sin dejar de comer, sin medicamentos, sin molestias! Garantizado. Firmado: Luci.
Y Dorinda, demasiado entrada en carnes, acudió a inscribirse inmediatamente.
Ya en la sala de espera, Dorinda pudo ver, al entreabrirse la puerta de la sala de tratamiento, a la tal Luci.
Esa señora, ¿es Luci? -preguntó al oído de la vecina de asiento.
- Esa es! -contestó.
-¡Santo Dios! ¿Y cuánto pesa? -preguntó de nuevo.
-Dicen que 110 kilos -contestó la vecina.
Dorinda se dirige rápidamente a la recepcionista y le dice:
-Perdón, ¿quiere usted borrarme de la lista de espera?
- No se impaciente. Le va a tocar ya, señora -le aclaró la joven.
- Me siento un poco mal; otro día volveré -le dijo Dorinda.
Pero no regresó jamás.
Cuando una persona no es lo que les pide a otros que sean, las palabras más verdaderas se convierten en falsas. Tengamos todos en cuenta esto, especialmente los padres, sacerdotes y maestros.
Que nuestras buenas palabras sean las correspondientes a una buena manera de ser.
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