Al final de la temporada y tras veinte gritos de gol, en los bares de la comunidad se escucha el Little Pea a ritmo de Los Beatles, que decían en su canción: “Let it be” (Déjalo ser).
Y Sir Alex Ferguson no sólo lo dejó, sino que también modificó algo en su genética que deslumbró al mundo este año.
Es cierto, su abuelo fue delantero y anotó en un Mundial y su padre le regaló un balón a los cuatro meses de nacido; los archivos dicen que cuando debutó con Chivas le anotó un gol al Necaxa, pero pocos recuerdan sus lagunas oscuras.
La primera, cuando lo dejaron fuera del Mundial Sub 17 en Perú. Hernández quizá por dentro no quería que México ganara, porque formó parte de todo el proceso pero no de los que compitieron en el Mundial.
Aquel partido contra Brasil enfocó a muchos chicos mexicanos con la copa que hoy ya no desfilan en la Vía Láctea, mientras el Chicharito lloraba en las gradas por no estar en el campo.
Otro bache. Tras su debut goleador vinieron casi dos años de anonimato: “¿Me llegué a preguntar en ese tiempo si realmente sabía jugar futbol”, dijo en alguna ocasión.
Ferguson es un hombre que tiene la ira en cada lente, pero no duda jamás de lo que contrata.
Sabía que antes de fichar a una bomba en el área enemiga, tenía a alguien en las manos muy distinto a Berbatov, pero pensando en la rudeza de Rooney.
Resulta que gracias a Hernández, Rooney se volvió mejor elemento, porque los movimientos del mexicano le hicieron aparecer con más tiempo y verticalidad, más libre.
En eso se especializó el Chicharito, que no es el más musculoso ni el más alto (1.73 m.) del equipo, pero sí de los más risueños.
El pequeño delantero fue el factor diferente en muchos juegos gracias a sus dotes de improvisación y habilidad. Nadie como él en la Premier para desaparecer de los defensas y aparecer en el sitio donde caerá el balón. Un Mandrake moderno.
Nani lo mima con grandes pases, lo mismo Rooney, que no es nada afín a él fuera del campo, Berbatov le ha mostrado un apoyo irrestricto y Van der Sar no lo deja de ver como una curiosa marioneta que además de jugar bien al futbol es muy buen amigo.
Algo tiene Hernández que ha conquistado el amor de Manchester, un sitio de rudos obreros en el cual se huele aún la Revolución Industrial.
Eso que contagia, es la humildad. Veinte goles volverían loco a cualquier chico de 22 años que ya no vale los 11 millones de euros que pagó el United al Guadalajara.
Hoy sin duda, su precio cotiza alto como su educada sonrisa y su fe en Dios.
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