La realidad es que también a nosotros nos está hablando mucho más de lo que creemos. Es verdad que no vemos ninguna estrella especial, pero ¡cuántas veces dios nos dirige su voz!, pasas al lado de un pobre y te viene el deseo de darle una limosna; vas andando por la calle y te viene el pensamiento de portarte mejor con tal persona, de cumplir mejor con tu trabajo…, de irte a confesar o de hacer las paces con tu mujer o tu marido… Dios te habla a través de esas voces, y si tu corazón está disponible, sabrás acogerlas como los Magos y ponerlas por obra.
El que ama está expuesto al sufrimiento, pero vale la pena cuando se ama de verdad.
Cuando los Magos llegaron a Jerusalén preguntaron:
¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? (Mt 2,2).
Hoy son miles los hombres modernos que tienen en sus labios una pregunta parecida: ¿Dónde está Dios? Y quizá entre nosotros, que hemos venido a misa, haya más de uno que se está haciendo esta misma pregunta:
¿Dónde está Dios?
Lo primero que hay que decir es que a Dios no se le encuentra si no se le busca. Con Dios no chocamos como contra la fachada de una casa. Dios aparentemente se oculta, guarda silencio, y esto desconcierta al hombre moderno, que llega a pensar que si no habla es porque no existe.
La gran lección que nos dieron los Magos es que lo encontraron donde menos pensaban encontrarlo: en un portal, hecho niño pequeño, necesitado de los cuidados de su madre.
¿Queremos encontrar a Dios de verdad?, busquémoslo en los más pequeños, en los pobres, en los marginados, en los que están enfermos.
No huyamos de esta gente y les aseguro que acabaremos encontrándolo.
Si hay algo claro en el Evangelio de Jesús, es que Dios está en todas partes, pero que está de manera especial en los humildes, en los que no cuentan en este mundo.
Llegados al portal, los Magos no llegan con las manos vacías. Le ofrecen dones para manifestarle su amor.
Hermanas y hermanos: el amor es la gran realidad y la gran riqueza de nuestra vida. Todos nosotros podemos ofrecer a Dios cada día nuestra pequeña ofrenda de amor. Es bien sencillo.
Se trata de hacer lo que hacemos (la comida, las camas, fregar los cacharros y otros deberes), pero con un deseo fuerte de agradar a Dios con nuestras acciones.
No se trata de hacer cosas grandes, cosas que llamen la atención.
Lo grande es que lo que hagamos, lo hagamos con todo el amor de que seamos capaces. Y con amor se pueden hacer muchas cosas.
Sucedió en Suiza. Una cieguita se presento al párroco y le entrego treinta pesetas, que en aquel tiempo era mucho dinero.
¡cómo! – exclamo el párroco, conmovido -. ¡Esta limosna es excesiva para ti, que eres pobre y ciega!
Aunque estoy ciega – Respondió -, sigo haciendo cestos de mimbre. Ahora, como he aprendido a hacerlos a oscuras, no necesito vela como antes. El dinero que me ahorro se lo doy a las misiones.
Esta cieguita no veía la luz del sol ni de las estrellas, ni de vela, pero la luz de la fe iluminaba y daba calor a su alma.
Dentro de unos momentos encontraremos en las manos del sacerdote al mismo Señor, a quien encontraron los Magos en los brazos de la Virgen: que Él nos conceda
imitar a estos hombres y a esta viejecita en su fe y en la generosidad de su gran corazón.
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