Esta clase de migrantes, familias que cambian de domicilio dos o hasta tres veces por año, siguen la tradición de sus antepasados, quienes llegaron a estas tierras con el objetivo de trabajar la tierra y cosechar sus frutos a todo lo largo y ancho del país.
De sangre mexicana en su mayoría, los migrantes agrícolas representan un buen porcentaje de la comunidad de Eagle Pass desde hace décadas y poco a poco han ido extendiendo sus costumbres y hábitos hacia el resto de la población.
Una muestra de ello es el sistema escolarizado para hijos de migrantes, con planteles establecidos en una gran parte del territorio norteamericano, donde las poblaciones estudiantiles son variables según la temporada de cosecha.
En Eagle Pass existen varias de estas escuelas, entre las que se cuentan las de Concilio de Texas para los Migrantes, donde no sólo se ofrece atención escolarizada, sino también programas integrales para todos los miembros de las familias que ahí se registran.
“Aquí le brindamos asesoría a las familias de los migrantes para muchos aspectos de la vida cotidiana, se les ayuda cuando buscan realizar las actividades más diversas como comprar una casa o aprender el idioma inglés”, refiere Rodolfo López, gerente del plantel en Chula Vista.
El Concilio de Texas para los Migrantes nació en esta frontera en 1969 por iniciativa de Óscar L. Villarreal y ante la creciente demanda de familias enteras que se trasladaban a estados del norte en busca de trabajo en el campo.
El organismo surgió como un apéndice del Concilio de Colorado para los Migrantes, pero al poco tiempo y debido a la gran demanda de servicios que registraba, sus fundadores decidieron crear un organismo autónomo.
El gran flujo de personas y la demanda de la actividad de temporal permitieron que este concilio pasara de ser un proyecto con 100 mil dólares de presupuesto, a toda una red de planteles con presencia en ocho estados y más de 35 millones de dólares.
A pesar de la tecnología y los avances de la ciencia, el fenómeno migratorio sigue presente en los campos de cultivo, como lo demuestran los más de ocho mil alumnos a los que se atiende sólo en este organismo.
Al igual que Jennifer y Enrique, de tres y cinco años de edad, su madre Judith Suárez creció y estudió en uno de estos centros mientras sus padres pasaban las temporadas de cosecha entre Texas y Minnesota.
“Yo también me formé aquí porque mis padres toda la vida fueron migrantes, todavía viajamos al norte en las temporadas de betabel y de frijol”, asegura esta joven madre de familia.
En estos centros se forman niños de sitios tan distantes y diversos como Perú, Colombia o Nicaragua, pero sólo hasta los primeros días del verano, cuando el plantel mismo y todo su personal cierra sus puertas para trasladarse también junto con los alumnos.
La mayor parte de los trabajadores se instalan en Syracusse, Indiana, aunque algunos otros viajan también a Wisconsin, Oklahoma, Iowa, Ohio o Nevada para seguir prestando servicios a la población migrante.
La vida de estas familias no es fácil, pero cuentan con organismos que les ofrecen programas de apoyo en servicios de salud, transporte, guardería y educación para sus niños desde las cinco semanas de nacidos hasta que ingresan a los planteles regulares.
Su misión es mejorar la calidad de vida de las familias con menores ingresos, así como la de los migrantes agrícolas de temporada.
“El Concilio de Texas para los Migrantes tiene acuerdos con muchos organismos privados y de Gobierno”, refiere Rodolfo López, “en algunos casos nosotros brindamos la atención y cuando no es así, los casos se turnan a las entidades competentes”.
Los trabajadores migrantes seguirán llegando al sur de Texas con la sandía, acelga y algodón, pero tan pronto como florecen el trigo, tomate o maíz, las labores agrícolas los llevarán a sitios tan distantes como Indiana, Michigan, Washington y Minnesota.
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