En plena zona centro habita esta familia de condición humilde, que ha pasado días sin probar alimento porque no hay quién lleve dinero para poder surtir lo más esencial.
Apenas el viernes doña María del Refugio Villanueva, de 70 años de edad, le puso 20 pesos al tanque de gas para poder calentar el agua del café o la tortilla de maíz que en ocasiones se vuelve su único alimento.
En la calle Lázaro Cárdenas, entre la calle Morales y Nueva de la zona centro, en el número marcado con el 546, la pobreza toma rostro y nombre; ahí, en ese lugar se puede apreciar la necesidad que impera entre esta familia que ha sido golpeada por la mala suerte y las enfermedades que la limitan físicamente.
DOÑA MARÍA
Hablar de doña María es hablar de una mujer que en su tiempo fue fuerte y luchó por llevar lo necesario a su hogar; ahora, con dificultad camina apoyada en un bastón, pues la artritis que padece desde hace 10 años acabó prácticamente con su vida y con las fuerzas que le permitían trabajar para tener por lo menos que comer.
Sus días los pasa sentada en el interior de su humilde vivienda, en espera de que su hijo, Toño Hernández Villanueva, de 47 años de edad, regrese de la calle, a donde sale con el único fin de ablandar el corazón de la gente que en ocasiones lo apoya con unas cuantas monedas.
Con lo que llega a ganar pidiendo limosna, su madre compra frijol y algunas sopas que se convierten en un manjar para ellos acostumbrados a comer tortillas con sal o chile.
En este mismo hogar, carente de lo más indispensable para vivir como es el alimento, pero colmado de una unión entre sus integrantes envidiable vive también Juanita Hernández, de 50 años de edad, otra hija de doña María que quedó viuda tiempo atrás y ahora convalece después de haber estado al borde de la muerte por un problema en el corazón.
Dos pequeños cuartos, uno de ellos no terminado, son el refugio de estas personas que viven de la caridad de los vecinos que en ocasiones les llevan un taco que comer, pero la mayor parte del tiempo la pasan solos en espera de que alguna autoridad pueda apoyarlos con lo que más necesitan, alimento y medicamento.
El hacinamiento de la vivienda es evidente, en el primer cuarto hay una mesa, el tanque de gas y una estufa; en el segundo están tres camas donde descansan los integrantes de esta familia que muestra la condición humilde que aún en la actualidad alcanza a muchas personas.
Y es que aunado a la pobreza en la que viven, los abraza la impotencia de no poder salir a la calle y buscar cualquier trabajo con el que ganen unos cuantos pesos para garantizar por lo menos su alimentación.
Juanita, diabética y enferma del corazón, requiere de una alimentación balanceada a base de verduras y fruta, pero cómo puede proporcionarle eso su madre si en su mesa sólo hay un frasco de café y en su alacena tortillas de maíz.
TOÑO BUSCA COMPASIÓN
Ni qué decir de Toño, quien apoyado sobre unas muletas intenta salir todos los días a la calle en busca de la compasión de la gente que se ha vuelto indiferente al sufrimiento ajeno.
“He regresado a veces sin nada, cansado porque con mi enfermedad no puedo caminar mucho, pero otras veces, cuando Dios me ayuda, me traigo 80 ó 100 pesos y con eso compramos algo para comer, no es mucho, pero por lo menos saciamos nuestra hambre de ese día”, señaló.
Y es que Toño, quien en sus tiempos mozos se dedicó a la construcción en la empresa Altos Hornos de México, adquirió hace más de 13 años la enfermedad Espondolitis Anquisolante, que provocó que se le soldara la columna hasta el cuello perdiendo la movilidad.
“Cuando tengo que abordar un taxi me tengo que dejar caer sobre el sillón o hacerlo a gatas porque no puedo doblarme, yo no puedo sentarme porque estoy totalmente rígido de la parte de atrás, o estoy parado o me dejo caer sobre la cama”, declaró el hombre.
Pese a su condición física y económica, la sonrisa del rostro de este hombre que a simple vista se ve fuerte, no se borra, pues espera que alguna autoridad municipal o estatal puedan ver la situación en la que viven y los puedan ayudar.
Aún tienen esperanza y en sus corazones todavía existe la fuerza para poder despertar cada día y agradecer a Dios por la vida que los mantiene juntos, sufriendo, pero al fin juntos; pasando hambre, frío o calor, pero no distanciados como lo están muchas familias de abolengo.
Doña María señaló a Zócalo Monclova que lo que más necesitan es alimento, alguna despensa para no volver a pasar hambre, medicamento del corazón para su hija enferma y material de construcción para poder terminar uno de los dos cuartos en los que habitan, pues la pared que tienen es la del vecino.
“Este cuarto lo hicimos a base de ayudas, hay una maestra que se llama Ludivina Valdez, que es quien nos ayudó mucho, todavía viene y nos trae de comer, a veces viene otra gente, ella nos apoyó para hacer ese cuarto, pero faltaron bloques para una pared, el enjarre y el piso, pero ahí mal que bien dormimos, aunque en tiempo de frío se sufre porque entran mucha humedad y aire”, señaló doña María.
Ha habido, -siguió- días en los que no comemos nada, en los que nos tenemos que aguantar el hambre porque no tenemos dinero para comprar algo; así ha sido nuestra vida desde hace mucho tiempo, no renegamos de ella, pero sí deseamos que nuestra suerte cambie.
“Quisiera que me pudieran dar unas láminas y cuatro barrotes de 4x4 para poder colocarlas a un lado de uno de los cuartitos y poner ahí la cocina para no estar tan amontonados”, refirió.
Alguna vez el caso de esta familia se dio a conocer públicamente, pero la indiferencia de las autoridades se hizo evidente porque nadie acudió a ayudarlos.
Desde entonces hicieron frente a su realidad y aguantaron callados, como lo han hecho por años.
Esta vez, quisieron hacer el último intento y utilizar el espacio de Zócalo Monclova para lanzar un llamado desesperado a las autoridades municipales y estatales, y tocar el corazón de particulares que puedan ayudarlos a salir adelante, a saciar el hambre que en ocasiones los abraza con fuerza.
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