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hace 6 años
[Chicharito]

La Zanahoria de el Chicharito

El Universal

Javier Hernández Balcázar siempre persiguió el objetivo de ser el mejor futbolista, pero en la primaria...

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Ciudad de México.- El chamaco de nueve años recorre las cuatro esquinas de la cancha: defiende, ataca, grita, motiva a sus compañeros, protesta las decisiones del árbitro. Dribla, remata, pasa, dispara. Constantemente busca con su mirada la portería del equipo rival. El Chicharito —ya lo llaman así— quiere afanosamente meter gol. Es la final del torneo de futbol del Instituto Piaget, un colegio al que acuden niños de la sociedad clasemediera de la ciudad de Morelia, en Michoacán. Quizá la modesta cancha de cemento, cuyo lado más largo se recorre en 20 pasos, no tenga las dimensiones del espectacular Old Trafford, donde jugaría años después, pero la emoción podría ser parecida. Javier Hernández Balcázar se mueve en el teatro de sus sueños.

El Chicharito y su equipo, la selección del 4° A, están enfrascados en una sórdida batalla contra sus enemigos del 4° B, donde juega el temido Rogelio Pallares Lemus, un futbolista más efectivo que el pequeño Javier. El Pichi —así le dicen al goleador de la escuela— es más habilidoso, más contundente y más aplaudido que El Chicharito. En este partido se juega mucho más que el campeonato del colegio: se disputa la admiración de niñas, el elogio de maestros y el apapacho de los padres, que miran la reyerta deportiva con suma atención.

El padre de Javiercito es el famoso Chícharo Hernández, un querido jugador profesional que por estos años viste la casaca de la escuadra local, el Morelia. Aquí se dice que el papá no sólo heredó el nombre y el apodo al hijo sino también esa movilidad en la cancha, como la de un átomo en busca de equilibrio. El futbolista observa inquieto las acciones de su vástago.

El torneo escolar está caliente, el torneo profesional también. El equipo del Morelia acaba de ganarle 1-0 al Cruz Azul y la esperanza de que llegue a la liguilla mantiene animados a los fans del equipo de la ciudad. La selección del 4°A tampoco lo está haciendo mal en esta tibia mañana de octubre del año 1997.

Javier El Chícharo Hernández Gutiérrez tiene largo camino recorrido en los estadios de México, incluso fue convocado para el Mundial de México 86, aunque no salió a jugar en ningún partido.

El futuro de este niño de nueve años está marcado por el árbol genealógico. Su abuelo materno, Tomás Balcázar, fue seleccionado en el Mundial de Suiza 1954, donde anotó un gol a Francia. Cincuenta y seis años después su nieto adorado haría exactamente lo mismo, pero no vayamos tan rápido. Volvamos al Piaget, colegio particular de amplio prestigio en la ciudad, de donde han salido muchos jóvenes exitosos, alguno por ahí trabajando en la ONU, otro con Bill Gates en su fundación. Pero el más conocido de todos sería Javier Hernández Balcázar (¡qué bueno que aprendió inglés en el Piaget!) quien intenta por todas las vías llevarse la victoria ante el equipo de El Pichi, con quien lo une una rivalidad deportiva muy marcada.

Todo el tiempo están compitiendo. En los cien metros planos, El Chicharito es más rápido, pero en la cancha de futbol la situación se empareja, pues Pallares tiene mejor dominio de balón y visión de cancha.

Caen muchos goles de ambos lados, cortesía de Hernández y Pallares, quienes se miran de reojo, vigilándose mutuamente. El marcador final favorece al 4° B, por 4-3 ¿o 5-4?, no recuerda con precisión el profesor de educación física Martín Olmos, que fungió ese día como árbitro.

El silbatazo final lacera los oídos de El Chicharito. La derrota duele. Llora desconsolado a un lado del terreno de juego. De inmediato acude su papá a confortarlo. Esa imagen sí que la recuerda nítidamente el maestro Olmos, sentado en la misma banca donde lagrimeó el niño.

“Se agarró a llorar aquí en la banquita del patio. Se acercó el papá. Me acuerdo que estuvo platicando con él, aquí en la banquita. La mamá también llegó. Le decían 'no pasa nada, así es el deporte, simplemente es un juego, hay que aprender de todo'. Lo acompañaban otros compañeritos: Luis Alberto Dimas, Abelardo Luna y Alejandro García (en ese entonces su mejor amigo)”.

Aquella batalla escolar fue ganada por El Pichi, quien aún ahora, medio en broma y medio en serio, sostiene que es mejor jugador que Hernández. En la reciente celebración de los 25 años de la escuela dijo, frente a todos: “De seguro Javier no vino porque me iba a ver a mí”. El comentario causó risa entre los asistentes. Pallares Lemus ahora trabaja en la Comisión Forestal del estado de Michoacán. Nunca pudo sacarle jugo a su talento, pero aún practica futbol para matar el tiempo.

Infancia es destino. Ese mismo llanto recorrería sus mejillas el 28 de mayo pasado, cuando el Barcelona venció sin despeinarse 3-1 al Manchester en la final de la Champions League. Las cámaras de televisión captaron a Lionel Messi festejando y a Javier lagrimeando. En su auxilio llegó su compañero Wayne Rooney para suavizar el trago amargo.

Hay otras características en El Chicharito adulto que los maestros del Piaget comparan de cuando lo tuvieron de tercero a sexto de primaria, entre 1997 y 2000. Esa eterna sonrisa, ese ángel para abrirse paso en ambientes hostiles, hasta la forma de caminar y correr, ya no digamos esa rapidez para moverse en la cancha.

“¡Es el mismo!”, exclama el profesor Olmos: “Fíjate que desde que lo vi debutar en Primera División pude constatar que realmente es El Chicharito de pequeño, pero en grande“.

En particular su valentía para poner el extra cuando todos los demás claudican: “En jugadas de riesgo o de choque los niños se contraen. Para él era una actitud nata: ir a pelear por todas. Por eso, cuando yo lo veo jugando de grande su actitud es como de cuando era chico: ir por todas”.

“Recuerdo que en una final El Chicharito salió disparado y chocó con un niño de mucha mayor corpulencia y se fue al suelo. Yo incluso sentí que ya no iba a regresar a la competencia, pero regresó. Sí, un poquito se quejó, se acercó al papá, quien le dio la sobadita mágica, las palabras mágicas. Se levantó y siguió como si nada. Siempre la actitud y el tesón que ha manifestado han sido sus características”.

Yahir y Kevin interrumpen un minuto su loca carrera (es la hora del recreo), quieren averiguar qué demonios hacen un tipo con grabadora y una fotógrafa de acento norteño acosando a su profesor de educación física. Saben que El Chicharito estudió ahí y se ha vuelto una suerte de superhéroe entre los que sueñan con ser “buen futbolista”, como Yahir, de ocho años. “Porque él sabe jugar muy bien y a mí me gusta jugar de delantero”, acota Kevin, de nueve.

El resto de su infancia vivió en su natal Guadalajara, donde ahora que es famoso pocos tienen permiso para hablar. Su abuela materna, doña Luchita, lo explica mejor: “Noooo, mijito, fíjate que les agradezco mucho el interés por mi nietecito, pero en su equipo no quieren que hablemos de él, que Dios te bendiga, mijito, pero no, gracias”, dice a este reportero. En cristiano, su vida pertenece, por ahora, al Manchester United.

Un amor no correspondido

Aunque El Chicharito a los nueve años no es el mejor para jugar futbol, ya tiene un club de admiradoras en el Instituto Piaget, pero él solo tiene ojos para Ana María

Sánchez Reza, una pequeña de ojos grandes que le responde muy disimuladamente, según recuerdan sus profesores.

En medio del partido contra el 4° B, Javier Hernández aplica sus movimientos del basquetbol para desmarcarse y eludir a sus rivales. No quiere defraudarla. Pero el otro equipo tampoco está dispuesto a perder, el honor está de por medio.

El profesor de física, Martín Olmos, cuenta que su ex alumna de cabello castaño era una estudiante hábil para el deporte: “Muy buena para el voli y para el futbol”. Ana María le hacía torcer el cuello para mirarla. ¿Habrá sido su primer amor? Tal vez. Lo cierto es que jamás fue correspondido. Pero ahora es otra historia. Hoy día las revistas del corazón hablan de su noviazgo con Leticia Sahagún Acedo, una chica que proviene de una familia tradicional de Guadalajara, educada en un colegio del Opus Dei y egresada de Relaciones Internacionales en el Tec de Monterrey. Al igual que en el juego, a El Chicharito también le va mejor en el amor.

A la sombra del otro

A los nueve años El Pichi brillaba más que él. Y tiempo después, a los 16 años, Carlos Vela ensombrecería el talento de El Chicharito. Vela era —es— un muchacho de sonrisa fácil, carismático, amigo de actrices y amante de la vida nocturna. Tiene un talento que sólo es equiparable a su indisciplina. Se metió en el camino de Javier Hernández y lo descarriló del Mundial Sub 17 de Perú 2005, indirectamente, porque la responsabilidad de convocar a los seleccionados recaía sobre el técnico Jesús Ramírez. El Chicharito realizó todo el proceso: concentraciones, eliminatorias, pero finalmente quedó Vela, que incluso era un año menor. Esa batalla la ganó Vela, pero Hernández no se rendiría.

En ese entonces nadie le reclamó al técnico Ramírez por la decisión, sobre todo porque consiguió el campeonato mundial para México, el primero en la historia para nuestro país en cualquier categoría. Además, Hernández aún no mostraba todo su potencial. A raíz de ese certamen, Vela fue fichado por el Arsenal de Inglaterra, que pronto se daría cuenta en qué berenjenal se había metido. A la fecha, batalla para encontrarle acomodo, a manera de préstamo, en algún club de Europa cada que finaliza una temporada.

Actualmente, Vela juega para la Real Sociedad de España, equipo en el que brinda una actuación memorable seguida de tres o cuatro partidos para el olvido. En la Selección Mexicana le tuvieron menos paciencia y ya no recibe convocatorias, quién sabe si el reciente gol de chilena (una belleza de ejecución) que le clavó al Málaga cambie esta situación, porque el entrenador nacional, José Manuel Chepo de la Torre, es conocido por su apego a la disciplina.

Quien puede hablar sobre el tema con conocimiento de causa es el entrenador Alfredo Rodríguez Mitoma, pues tuvo bajo su mando a Javier Hernández por varias etapas desde su llegada a los nueve años a la división infantil de Chivas Verde Valle, hasta los 16 años. “Lo que pasa es que Carlos Vela fue también allá a Promissao (un torneo juvenil de Brasil en 2005, con Guadalajara) y se vio también bien. Entonces me parece que por el perfil se inclinaron por Vela, porque es zurdo. En mi opinión, me parece que él y Carlos Vela son muy diferentes. El Chicharito es más de potencia en corto y Vela es más habilidoso”.

—¿A usted le comentó si se decepcionó después de no quedar en la Sub 17?

—No. Él tiene la fortuna de tener un entorno familiar del deporte que lo tiene siempre con los pies sobre la tierra y bien aconsejado. Entonces su familia hizo que lo tomara como un reto (haber quedado fuera del Mundial). Que eran tropiezos que le tocaban vivir y que ahí se iba a ver el carácter que tenía para salir adelante”.

Sufría con los penales

En ese Torneo Promissao de 2005, que ganaron las Chivas del Guadalajara, Rodríguez Mitoma recuerda que El Chicharito marcó un tanto que lo hizo pensar que tenía mucho futuro: “Me parece que fue contra Atlético Mineiro. Fue una jugada individual. Me acuerdo que fue un rompimiento rápido, una descolgada. Jugábamos con tres delanteros y él era el extremo derecho. Más o menos como a mitad de cancha empezó a llevar el balón con buena conducción y muy buena velocidad. Se quitó a tres hasta enfrentar al portero y la definió de manera importante”. El entrenador cuenta que ahí ya estaba en la preselección de ese Mundial (Sub 17 de 2005), que contra el Atlético Mineiro ganó 2-1. “Metió el primero él y el segundo lo metió Vela, también muy buen gol. Después de ese partido, la gente local nos comenzó a seguir, por la dupla de Javier y de Vela”.

—¿Eran amigos ellos?

—Sí, se llevaban bien, pero no sé qué tan amigos sean, pero sí estaban con el grupo, no se veía que se separaran ni nada. Esto fue en enero de 2005. Preguntaron por él, inclusive promotores, ya ves que son empresas. Se acercaron a él y a Vela, a los dos.

—Para repetir un milagro como él ¿qué se necesita más, mentalidad, talento o disciplina?

—Yo creo que tiene que conjuntarse todo. Pero sobre todo mentalidad. Si tienen talento y son disciplinados, pero les falla la parte mental puede ser un retroceso fuerte para que no los tomen en cuenta para irse. Es lo que le ha pasado a Vela. Es un chavo arrogante, muy buen jugador, pero su arrogancia no la ha sabido encauzar. No termina de convencer al Arsenal, pero me parece que es más por la parte extra futbol que por lo futbolístico.

—Usted que tuvo a los dos ¿desde entonces se veía uno más enfocado y el otro más distraído?

—Ehh, pues sí. Es más difícil Vela, de carácter, de entenderlo y de que te acepte. Tenía que ganármelo de una manera diferente que a Javier, a quien era muy fácil darle una indicación y corregirlo. Vela como que de repente no aceptaba algunas cosas, pero era parte de nuestro trabajo cuando estábamos de formadores, saberles llegar y hacerles entender que están mal, que tienen que mejorar en algunos aspectos.

En esta conversación telefónica desde Guadalajara, donde labora como auxiliar técnico de Cachorros de la Universidad de Guadalajara de Segunda División, el profe Mitoma suelta una revelación interesante: “El Chicharito, te lo he de confesar, sufría mucho a la hora de los penales. Ese fue su coco. Se ponía tenso, no tenía esa seguridad para patear. Ahora me da gusto que tiene la personalidad, hasta en Selección, de ponerla (en el manchón de penalti). Seguro que se puso a trabajar lo técnico y lo mental. Porque algo le pasó por ahí que no recuerdo, que tomó una inseguridad en los tiros, fue una parte que le costó. Eso sí, entrenaba a tope. No recuerdo entrenamiento o partido donde no diera el máximo. Es un gran hábito, está acostumbrado a siempre hacer el máximo esfuerzo”.

—¿No tenía distracciones con las niñas, como Carlos Vela?

—No, fíjate, era un chavo muy tranquilo, centrado, no se distraía tan fácil, por lo menos que yo me diera cuenta.

Un comienzo incierto

Javier Hernández debutó en Primera División el nueve de septiembre de 2006, en un partido de Chivas contra Necaxa. El Chepo de la Torre le dio esa primera oportunidad, en la fecha siete del Torneo Apertura 2006 (esa campaña se coronaría Chivas). La aprovechó y marcó un gol un minuto después de ingresar de cambio por Omar Bravo, al minuto 83, para colocar el cuarto y definitivo de esa goleada de 4-0. Recibió un pase en el centro del área chica, se quitó a un defensa con un amague y colocó el balón fuera del alcance del portero. Ese nueve de septiembre de 2006 había nacido una leyenda, pero nadie lo sabía.

Ese torneo recibió algunas oportunidades más, pero se iba a quedar con un solo gol. Al siguiente, el Clausura 2007, sólo participó 28 minutos y se fue en blanco. En el Apertura 2007 sólo pisó la cancha 10 minutos, quedó en cero también. En el Clausura 2008, con Efraín Flores como entrenador, tuvo más minutos (136), ofreció destellos, pero el gol se le seguía escondiendo. Misma situación para el Apertura 2008. Su saldo: 76 minutos jugados, cero goles. Ah, y una tarjeta amarilla.

Su segundo gol en Primera División llegó hasta la jornada tres del Clausura 2009. Fue el 31 de enero de 2009 ante Monterrey, en la victoria de Chivas 1-2, al minuto 76, de pierna derecha, era el gol del gane. Dos años y cuatro meses después de su tanto iniciático. Algo andaba mal.

El Chicharito reconoció hace poco que por esas fechas estuvo a punto de retirarse con la intención de estudiar una carrera. A sus 20 años sentía que estaba viejo y por el camino incorrecto en su sueño de triunfar en Primera División.

“Estuve muy cerca (de retirarse), fue hace como tres años, tenía muchas dudas sobre si seguir o no en este camino que Dios me había puesto. No estaba jugando mucho futbol, me tenían en las reservas. Estaba decepcionado de que jugadores más jóvenes me superaran, eso me entristecía, me alejaba del futbol. Hablé con mis padres, mis abuelos, mi hermana y mi novia sobre la situación. Ellos me ayudaron a percatarme que esto es lo que yo estaba destinado a hacer”, le contó a Inside United, la revista oficial del Manchester United, a principios de noviembre.

Por esas fechas, trabó una profunda amistad con el veterano jugador Ramón Morales. Compañeros de cuarto en Chivas y de largas noches en vela contándose sus pesares y sus alegrías.

En una charla telefónica desde Guadalajara, Morales, ahora retirado, revive esos momentos de una amistad inesperada por la diferencia de edades, se llevan 13 años de edad: “Fíjate que me tocó vivir todo ese proceso, fue difícil, porque es una persona que quieres, que sabes que no le está yendo bien. Yo lo apoyé en no dejarlo caer. No era quizá tanto que se quisiera retirar, sino que era una desilusión en ese momento. Le entraban muchas cosas negativas en la cabeza. La forma en que traté de ayudarlo era decirle que confiara mucho en Dios, yo creo, él cree mucho en Dios, su familia cree. Y que Dios da cuando nos esforzamos, cuando hacemos las cosas con honestidad, respeto y dedicación. Tarde o temprano Dios te va a dar algo. Traté de inculcarle eso, que cuando fuera a entrenar lo hiciera de la mejor manera para que saliera satisfecho con su trabajo. De repente las decisiones no las puede tomar uno, las toman otras personas y están fuera de nuestro alcance, pero lo que sí es que había que entrenar bien, trabajar bien, salir satisfecho y confiábamos en que tarde o temprano Dios nos iba a dar una oportunidad. Eso es lo que queremos. Él siempre luchó bastante, fue muy disciplinado y logró al final algo importante”.

Morales aventura una radiografía humana de El Chicharito. ¿Quién es fuera de las canchas?: “Qué te puedo decir yo (risas). Es un muchacho que es muy justo, le gusta mucho lo justo, es muy honesto ¿eh? Muy trabajador. Siempre de los primeros en llegar, de prepararse, muy profesional en su alimentación, en todo, muy humano con su familia, siempre buscando que todos a su alrededor estén muy bien, que estén a gusto, que tengan… que estén cómodos, eso es algo muy importante para él, y sobre todo es muy honesto. No le gustan las injusticias y siempre te lo expresa, quizá algo (que) no sé si defecto porque depende cómo se pueda manejar, es… es de un carácter explosivo, por lo mismo que le gusta lo justo, las injusticias lo hacen alterar un poco, pero bueno, eso yo creo que todos tenemos un poquito de carácter y él tiene esa personalidad”.

El despegue

De la lona se levantó El Chicharito para comenzar a ganar batallas. En un tiempo muy corto pasó lo que todos ya saben.

Del ostracismo en Chivas se convirtió en campeón goleador del torneo Bicentenario 2010, con 10 goles. Fue convocado a la Selección Mexicana y se apoderó de la titularidad. Comenzaron entrevistas, vítores en los estadios, flashazos. La fama y sus demonios.

En abril de 2010 se concretaron las negociaciones para ficharlo con el Manchester United, les urgía incorporarlo en sus filas antes del Mundial de Sudáfrica, que se realizaría en junio, para evitar que su talento, puesto bajo el reflector global, encareciera su costo.

En su primera temporada con el ManU (2010-2011) anotó 20 goles en todas las competencias de su equipo. Y lo que falta, porque este joven de 23 años, que se toma la adversidad como un resorte, no conoce límites. “Aún no han visto nada de mí”, dijo en elocuente inglés a la revista Inside United, en el pasado mes de julio.

Fue el mejor negocio del mundo: su ficha “solamente” les costó 10 millones de dólares, precio muy bajo para los estándares de ese club. Ahora vale por lo menos cinco veces más, pero su escuadra no tiene planes de venderlo. El Mundial de Sudáfrica corroboró su acierto: Hernández metió dos goles, ante Francia y frente a Argentina, en el poco tiempo que le dio oportunidad el entrenador de la Selección Nacional, Javier Aguirre, quien confió más en Guillermo Franco, que se fue en cero.

Esa negociación, contrario a lo que pasa en el futbol mexicano, se realizó en secreto. Fue un portento de equilibrio que no se filtrara el interés del Manchester United a los medios, sino hasta que ya era un hecho su contratación. Regularmente, en el futbol mexicano esas maniobras se cuelan por una rendija y todo mundo acaba enterándose de los pormenores del fichaje, en ocasiones antes que el propio jugador.

Cosas del destino. Todo esto no hubiera sido posible si Marco Garcés, ex futbolista que ahora trabaja en un escritorio con los Tuzos del Pachuca, no hubiera decidido estudiar futbol en Inglaterra.

En la John Moores School de Liverpool, donde cursó la licenciatura en Ciencias del Futbol, conoció a John Lawlor y se volvieron muy amigos. Conservaron el vínculo a su regreso a México. En uno de sus charlas, Lawlor, el buscador de talentos del Manchester United, le pidió que le recomendara un delantero mexicano con futuro. Garcés le comentó de Javier Hernández. Así lo cuenta: “Esto fue como seis meses antes que se lo llevaran. Yo llegué aquí en julio de 2009, creo”.

—¿Recuerdas qué comentarios le hiciste a Lawlor sobre El Chicharito?

—Sí. Ellos ya tenían una idea más o menos clara de lo que estaban buscando. El tipo de cualidades que él considera que aunque se hagan mal se pueden modificar y otras que ya no tiene remedio.

—¿Cuáles fueron las características que resaltaste de El Chicharito?

—Que tiene muchas cosas positivas. Si tú ves, remata de izquierda, de derecha, es rápido, remata de cabeza. No necesita otro toque para definir, casi siempre lo hace como esté parado. No reclama a sus compañeros, siempre se le ve con una buena actitud. Trabaja sin la pelota. Son una serie de indicadores y características que vas desglosando y él mismo (Lawlor) te los va pidiendo con sus preguntas.

—O sea también el aspecto mental y de disciplina les importa en el Manchester.

—Muchísimo. Tienen razón, es muy difícil cambiar a alguien, puedes apaciguarlo por un rato o calmarlo si es un tipo difícil. Al final siempre acaba siendo lo que es.

—¿Y se mostró interesado Jim Lawlor cuando le dijiste todo eso?

—Sí, pero él hizo un seguimiento, lo vino a ver personalmente. Ya una vez que se interesa, pues analiza todos los videos de todo su historial.

—¿Te enteraste antes de la contratación o igual que todos nosotros?

—Sí, supe un poco antes. Sentí raro, porque parece mentira que uno pueda participar o ser parte de algo que en ese momento sonaba tan grande.

—Como es el destino ¿no? Que hayas tomado primero la decisión de ir allá a estudiar, que hayas conocido a Jim Lawlor, porque a lo mejor nada de esto se hubiera dado sin estas pequeñas coincidencias ¿cómo lo ves?

—Sí, es curioso como se van dando las cosas. Yo me siento muy orgulloso de haber sido parte de algo que cada semana te da una alegría, cada semana te despiertas temprano para ver a El Chícharo.

—¿El Chicharito tuvo manera de enterarse que pusiste tu granito de arena?

—Sí, él sabe. Siempre se muestra muy agradecido. Ha tenido grandes atenciones hacia mí, hacia mi familia, pero cuando realmente lo único que hice es decir lo que yo veía, no lo conocía entonces. Ahora hablamos de vez en cuando.

“Jugadores con calidad hay, todo el tiempo se ven, pero ojalá todos tuvieran la consistencia de mostrarlo habitualmente, no nada más de vez en cuando. Javier ha tenido la fortuna de tener el carácter para seguir intentando y de creer que cosas buenas van a venir y le vienen”.

Batalla ganada por Javier Hernández. La vida de un futbolista es una guerra, claro está, y las derrotas se asoman en la pradera, pero nadie le podrá contar nada a El Chicharito, pues ya probó el sabor de la espada y sobrevivió.

Receta para el triunfo

Ahora cada triunfo de su equipo o de la Selección es reseñado ampliamente en todos los medios informativos. Pero quizá El Chicharito nunca olvidará aquella victoria de su equipo de quinto año de primaria del Piaget contra los alumnos locales de Barra de Pichi, en la costa michoacana, a donde acuden cada año los alumnos de ese grado para observar el desove de tortugas y hacer un intercambio cultural con escuelas locales, que incluye un partido de futbol que nunca, salvo esa vez que jugó Hernández, había ganado el Piaget en 20 años o más que lleva de realizarse ese viaje.

El maestro de música Esteban Vega, tras negar entre risas que influenció a Javier para que le gustara la Arrolladora Banda el Limón, canta una estrofa del himno naturalista que entonaba su pupilo, todo para agradarle a Ana María Sánchez Reza, cuyos padres eran protectores de la biodiversidad: “Si mi voz te suena fuerte, es porque tiene la intención, de llegar a tu conciencia y tocar tu corazón. No quisiera en un futuro, desquiciarme la razón, al mirar los animales, sólo por televisión”.

De ese viaje recuperamos una foto en la que el pequeño Javier Hernández está abrazado de una de sus maestras más queridas, Marcela Iturriaga. Era el año 1998 y ese mozalbete quizá ni se imaginaba que la victoria sobre los niños locales sería una de tantas batallas ganadas, en medio de otras tantas perdidas.

En retrospectiva, si quisiéramos recrear la historia de El Chicharito como un experimento entre algún niño talentoso, tendríamos que comenzar por dotarlo de un entorno amigable, en la escuela, en la familia. De unos padres que estén en las buenas y en las malas. Si se puede, que su papá y su abuelo sean futbolistas famosos. Y de una terquedad a prueba de fracasos.

Hasta para tocar la flauta. El maestro Esteban Vega Díaz recuerda: “Hubo una ocasión en que no podía tocar una melodía en la flauta, así que se frustró y se apartó un poquito. Después llegó sin que nadie le dijera nada y lo volvió a intentar. Aun cuando no lo logró hacer correctamente, dejó en claro que era obstinado y que no se iba a dejar vencer a la primera”.




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