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hace 5 años
[La Castañeda]

‘Las casas del horror en México’: centros psiquiátricos

Excélsior

Alistan un documental con voces e imágenes de médicos, pacientes y empleados sobrevivientes de La Castañeda

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La fachada del manicomio La Castañeda es lo único que sobrevive en Amecameca. Foto: Excélsior

Ciudad de México.- Hace 45 años, pocas semanas antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos de 1968, el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz consumó la “Operación Castañeda”, nombre dado a la decisión gubernamental de demoler el Manicomio General que durante 58 años funcionó en Mixcoac, en la Ciudad de México, reubicar a sus tres mil 500 internos en seis nuevos hospitales y dar así vuelta a una de las páginas más oscuras de la historia de la siquiatría en México.

Por décadas, el paradero de las personas que habitaron La Castañeda (como popularmente se le conocía al enorme asilo de “imbéciles”, “agitados”, “perturbados” y “toxicómanos”, según la clasificación de pacientes en aquellos años), así como sus expedientes y testimonios permanecieron en el olvido.

A finales de los 90 del siglo pasado, sin embargo, un grupo de investigadores, entre ellos Cristina Rivera Garza y Alberto Carvajal, se sumergieron en el Archivo Histórico de la Secretaría de Salud con el propósito de averiguar cómo fue el trato a los enfermos mentales durante las casi seis décadas que operó el manicomio y qué percepción tenían del país y de la ciudad los habitantes del Palacio de la Locura.

"Yo no nací, me despertaron”

—¿Y recuerda algo del pabellón donde estuvo, algo importante para usted?

—Me acuerdo que me iban a matar los electroshocks. Me dieron electro-shocks, sí.

—¿Y recibía visitas en el manicomio?

—Pues tres veces me fueron a visitar.

—¿Cómo?

—Tres veces nomás, cuatro veces.

—¿Cuatro veces?

—Sí.

—¿Quién?

—Un señor me fue a visitar al manicomio... cuando estaba en el pabellón de reos y agitados, en el manicomio.

—¿Y qué era de usted?

—Pues dicen que era mi tío, pero no. Porque yo no tengo familia.

—¿Qué es de su familia?

—Yo no tengo familia.

—¿Qué ocurrió con su familia?

—Pues, nunca tuve familia... no nací, me despertaron.

Nombre: Antonio

Fecha de ingreso: 1963

Año de nacimiento: 1933

Origen: Morelia, Michoacán

Motivo de ingreso: Homicidio



Los sobrevivientes del manicomio

A partir de 2001, tres décadas después de la demolición de La Castañeda, Alberto Carvajal, profesor e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, plantel Xochimilco, comenzó a buscar a los sobrevivientes del manicomio. Logró entrevistar a más de 50. Los encontró confinados en diversos hospitales de la Ciudad de México y sus alrededores. Tanto en el “Samuel Ramírez Moreno”, dependiente de la Secretaría de Salud federal, como en el “José Sáyago” y el “Adolfo M. Nieto”, ubicados en el Estado de México.

Los encontró postrados en sillas de ruedas o en camastros, sin ganas de hablar, ensimismados. De hecho, no se anima a llamarlos personas; se refiere a ellos como “cuerpos”. Al principio, el profesor y los estudiantes de sicología que lo acompañaban se quedaron sorprendidos por el silencio que dejaron años de abandono, pero con el tiempo los pacientes se fueron soltando y hablaron. Fue tal el entusiasmo de los “locos” por contar sus vivencias que Carvajal acumuló 30 horas de grabación.



Encerrado por cantar

—Estuve internado en el pabellón 2 y me dieron 15 electroshocks en la espina dorsal…

—¿En qué pabellón?

—En el pabellón 2, segundo piso de observación. Luego me llevaron a la cirugía, que me iban a poner un trasplante en la mano, pero nunca se llegó el día. Nada más me traían a vuelta y vuelta. Esta vez me trajeron porque cantaba. Porque canto, y cantaba y sigo cantando.

—¡Ah!, canta…

—Y por eso me amarraron con mecates. Dijeron: “A ver si así te callas”. No, no me callo; si así nací, así seguiré hasta que me lleve el tren. “Bueno, pues allá tú. Te vamos a amarrar las manos, te vamos a poner un bozal”. Mmmhh. Me quité el bozal y me desaté las manos. Agarré y tumbé la puerta y me salí. Decían: “Ya se escapó”, “¿quién lo desamarró?” “Pos nadie, él solo”. Un corredero y cerradero de puertas, un corredero de enfermeros por acá y por allá. Porque era algo serio y agresivo cuando me amarraban así, y luego ya me volvían a amarrar. Decían: “Verás, orita te vamos a volver a amarrar y te vamos a poner una inyección de caballo”. Una inyección con una aguja así de gruesota.

Nombre: Enrique

Ingreso a La Castañeda: 9 de enero de 1959

Origen: San Francisco del Rincón, Guanajuato

Año de nacimiento: 1930

Motivo de ingreso: Es agresivo y no para de cantar



Los hallazgos

En su investigación, Carvajal halló de todo. Desde casos absurdos, como el de Enrique, cuyo error fue desesperar a los vecinos de Tepito con su persistente vicio de cantar, hasta el de Petra, una mujer oaxaqueña que ingresó a La Castañeda a los 16 años de edad, después de haber sido expulsada de su pueblo, en la región de Tehuantepec.

Refieren los expedientes que Petra quedó embarazada a los 14 años y posteriormente dio a luz a una hermosa niña. Cuando la chica buscó al padre de la criatura para enterarlo del alumbramiento, éste le contestó que no quiere hijas mujeres. Al volver a casa, en un intento por trasmitirle su amor a la recién nacida, Petra la abrazó tan fuerte que terminó asfixiándola. Por todo el pueblo cundió la noticia del filicidio.

Al año siguiente, Petra volvió a quedar preñada, pero esta vez la familia decidió no correr riesgos, de modo que durante el parto, la segunda bebé le fue arrebatada y la madre enviada con unos parientes a la Ciudad de México. A los pocos días fue internada en La Castañeda. Alberto Carvajal conoció a Petra 50 años después de su experiencia traumática, en 2001. En esa fecha ella aún aseguraba que estaba esperando un bebé.

El momento en que se detuvo su vida fue en el segundo embarazo, pues cuando ella se despierta no sabe de la segunda niña, y además es lanzada del pueblo. Entonces, lo que ella arma es un argumento para sostenerse en vida”, relata Carvajal.



Donde duerme uno, duermen tres

Ajá, así era el Manicomio General, nada más que en proporción grandísima. Había un promedio de 14 a 21 pabellones para hombres, y de 10 a 12 pabellones para mujeres. Se llegaron a tener como un tope máximo para hombres dos mil 700 pacientes, cuando el cupo era para mil 500. Ton’s, ¿cómo se le hacía? Pues no había de otra manera mas que en una cama, donde antes dormía uno, durmieran tres.”

Ismael, trabajador de intendencia de La Castañeda



Hay unos que, pues, andaban en el patio, cada quien con lo suyo, y una de las cosas muy tristes que recuerdo, todos andaban con un bote amarrado aquí, y otro en la mano, arrastrándolo. Todos rapados, unos descalzos y con su overol azul, todos. A los más agresivos los tenían tras las rejas.”

María Elvira, vecina de Mixcoac

Así se los servían en cucharón, en su bote, y su agua. Y no usaban cubiertos, sino que bebían así las cosas, y con la mano. Sí, sí me acuerdo de eso, era muy feo. Por eso decía doña Gude que había muchas ratas. Era eso, ¿verdad?”

María de Lourdes, doctora de La Castañeda

¿Y dónde quedó la locura?

Con el ánimo de compartir los hallazgos de 12 años de investigación sobre los expedientes de La Castañeda y hacer del conocimiento público las entrevistas con los sobrevivientes de aquel manicomio, así como charlas con médicos, enfermeras y trabajadores de intendencia, el profesor Carvajal decidió elaborar un documental que está en fase de posproducción.

El investigador adelantó a Excélsior un extracto del video —que estará listo en unas cuantas semanas y llevará el título ¿Dónde quedó la locura?—, el cual muestra testimonios de los pobladores del sitio que fue inaugurado por el presidente Porfirio Díaz, en 1910, como parte de los festejos por el Centenario de la Independencia de México. Fue presentado por la clase política de entonces como una muestra de la “modernidad” a la que había arribado el país.

“La Castañeda es un icono que sigue remitiendo a la locura; no tanto a la enfermedad mental, sino a la locura. En el ámbito hospitalario hay una repulsa hacia lo que fue el manicomio, y con razón, porque en lo que devino La Castañeda fue en un asilo y en un lugar abandonado, con muchas carencias, con hacinamiento y con muchas deficiencias tanto en el nivel infraestructura, como alimentario y hasta profesional”, afirma Alberto Carvajal.



''Estamos aprendiendo”

“Imagínese un hospital que hizo don Porfirio para mil 500 enfermos, en ese momento tenía tres mil 500. Todos los pabellones tenían más de 150 enfermos, un médico y dos o tres enfermeros habilitados, porque ninguno tenía el título. Eso sí, con una experiencia impresionante todos, eran personas muy capaces todas. El doctor (Guillermo) Calderón me dice: ‘Usted venga, le vamos a asignar a algunos pacientes para que vaya usted practicando’. Y le digo: ‘Oiga, maestro, yo no sé nada de siquiatría’. Me dice Calderón: ‘Yo tampoco, estamos aprendiendo’, me dice.”

Abel Carrillo, médico de La Castañeda

Lo que a muchos pacientes, por el encierro, por la incomprensión familiar, se violentan y creen que están ya locos, y es otra la necesidad. Pero, mientras están encerrados en estos lugares, por ejemplo, y mientras están bajo tratamiento siquiátrico se olvidan, no sé, a lo mejor estoy equivocado, de la necesidad sexual.”

Ismael Escutia, trabajador de intendencia de La Castañeda

Ciegos sordos y locos

En La Castañeda no todo era desatención y sufrimiento. El documental de la Universidad Autónoma Metropolitana también refleja la vida entusiasta y festiva del manicomio.

Alberto Carvajal relata que en los expedientes del hospital siquiátrico hay reportes de festivales y verbenas muy animadas donde los pacientes se divertían como niños. Está la anécdota de una fiesta realizada en uno de los aniversarios del manicomio, la cual fue amenizada por un grupo de músicos ciegos.

“Hay una ficha donde refiere que el transporte que llevó a los músicos fue cortesía de una institución de sordos. ¿Te puedes imaginar? ¡Ahí se juntaban ciegos, sordos y locos!”

También se tiene registro de un hombre de rasgos orientales que llegó al centro sin ninguna referencia familiar. Como no hablaba español, llamaron a representantes de las embajadas de Corea, China y Japón con la esperanza de que alguien de pudieran interpretar sus gruñidos.

Resultó que el individuo hablaba un dialecto chino ya extinto, por lo cual pasó sus días sin poderse comunicar con nadie. Todos lo llamaban “Chom Ki”, pues era el vocablo más legible que repetía. “Nunca se supo que quería decir, igual era una maldición o una mentada de madre”, ironiza Carvajal.

También se cuenta que en un día de visita familiar llegó al manicomio una mujer hermosa, muy bien vestida y con tacones (cabe señalar que en el centro siquiátrico había pacientes de mucho dinero). Los testigos cuentan que, repentinamente, la mujer comenzó a correr al verse perseguida por un interno, pero el enfermo la acechaba con tal efusividad que la visitante debió quitarse las zapatillas para escapar con mayor rapidez.

Ya cansada, la mujer se desvaneció en una jardinera, resignada a recibir el ataque. Entonces llega el tipo que la estaba asediando, la toca con la mano y le dice: “Tú las traes”.

Permanencia voluntaria

Yo recuerdo que veníamos toda la palomilla, había un día a la semana, no recuerdo si era viernes o martes el día del cine, y nos metíamos al cine con ellos. Muy grande, muy grande el cine, y ellos encantados, les daba mucho gusto que entráramos, como éramos puros chamacos y siempre les llevábamos dulces, algo, veníamos con nuestros patines aquí y nuestra bicicleta, y ellos muy contentos, agradecidos y nos ayudaban. ‘Yo te llevo tu bicicleta’, ‘yo te llevo tus patines’, iban contentos con sus patines aquí. No se atrevían a subirse a la bicicleta o a quitárnosla, nomás nos ayudaban, y les daba mucho gusto que nos sentáramos con ellos a ver las películas.”

María Elvira, vecina de Torres de Mixcoac



El manicomio estaba aquí en el área de Mixcoac, sobre la zona que ahorita ocupan las torres de Mixcoac y la parte posterior. Era un terreno muy grande, a la entrada había jardines muy bonitos, había casas. En aquel entonces los médicos residentes... en la actualidad los médicos residentes son los que están en formación; en el viejo manicomio los de más alto nivel jerárquico eran los médicos residentes, y eran siete, y se les llamaba así porque tenían casa. Es decir, el manicomio les daba casa, entonces residían en el manicomio.”

Guillermo Calderón Narváez, médico de La Castañeda



Cuando estaba el manicomio funcionando todavía en 1966, que yo estaba en la Preparatoria (8, de la UNAM), todavía había algunos pabellones para enfermos. De hecho se iban a meter a nuestras clases, cuando nos dábamos cuenta teníamos dos o tres visitantes de ellos y deambulaban libremente porque eran tranquilos definitivamente.”

Lourdes, vecina de Mixcoac

El desenlace

La Castañeda, que comenzó operaciones en los albores de la Revolución Mexicana, dejó de funcionar el 29 de junio de 1968, meses antes de otro movimiento social clave en el siglo XX, el estudiantil, que derivó en la matanza de Tlatelolco. Después de dar atención a más de 60 mil pacientes, el Manicomio General fue demolido.

Lo único que sobrevive hasta la fecha es la fachada del edificio principal, la cual fue mandada a reconstruir por el empresario Arturo Quintana en un rancho de Amecameca, Estado de México, hoy propiedad de los Legionarios de Cristo.

Alberto Carvajal cuenta que cuando las máquinas entraron a derribar los 21 edificios que componían el manicomio, Quintana se acercó al responsable de la demolición para preguntar si le podían vender la balaustrada de la entrada. Ante la respuesta afirmativa del intendente, Quintana contrató al arquitecto Emmanuel Lugo para trasladar las rocas. Lugo relató a Carvajal que él mismo se encargó de numerar las piedras, una a una, para que el traspaso de la obra fuera idéntico.

De los planos de La Castañeda y del estudio fotográfico que había dentro del manicomio (el cual fue montado en su momento por el padre de Frida Kahlo, Guillermo), sólo se sabe que fueron subastados en Nueva York.

Al tratar de explicar los motivos de la debacle del proyecto de salud más ambicioso de inicios del siglo XX, el documentalista señala que “el manicomio dejó de ser prioridad para el gobierno”; mientras que para Porfirio Díaz era el emblema de modernidad, para Díaz Ordaz terminó convirtiéndose en el signo de la ineficiencia gubernamental.

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