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García, NL.- Un sabor amargo era el que se sentía en la capilla de San Judas Tadeo. Las lágrimas no sólo eran el reflejo de una despedida eterna, sino eran parte de un sabor áspero cargado de impotencia, desdicha, pero sobre todo de injusticia.

Esa era la fotografía que se podía ver y tocar, incluso respirar en la pequeña capilla de velación ubicada en pleno Centro Histórico del municipio de García, Nuevo León.

“Queremos que se haga justicia, no vamos descansar hasta que pague el responsable”, exclamó la profesora Yadira Elizalde, quien viajó en compañía de tres maestras desde la ciudad de Saltillo para dar el último adiós a Miguelito.

Mientras el llanto inundaba el lugar y los reclamos eran obvios, Miguel Ángel sólo se dedicó a descansar en el féretro color blanco, pequeño, acompañado sólo con un arreglo fúnebre sobre su cajón y con seis veladoras bajo su lugar de despedida.

“¡Le arrancaron la vida! ¡Era sólo un niño!”, manifestó Samuel Hernández, padre de Miguel, mientras de su cansado rostro caía la primera lágrima de la mañana.

ME ARRANCARON EL CORAZÓN

Miguel, estaba en pie, sonriendo, vestido con un pantalón de mezclilla color azul y con camisa de manga corta a cuadros, como cuando solía ser feliz en casa de su abuelita Rosa Jacinta.

Sólo era una imagen, una fotografía enmarcada en un cuadro de madera y sostenida por las manos cansadas de su padre, Samuel, quien enmudecido por el acto, no dejaba de mirar a su “angelito”, a su “pequeño pedazo de corazón”, como él le llamaba.

“Cuando me avisaron que el niño había fallecido yo pensaba que fue por una enfermedad, pero cuando me enteré que fue porque lo había golpeado su mamá… ¡Sentí que me habían arrancado el corazón!”, expresó en medio de una tristeza sublime.

La voz ya no era la misma con la que le dio la bienvenida a Zócalo Saltillo en el momento que le tomó la mano, sino ya estaba resquebrajada, hundida en el delirio de la tristeza y puesta al deseo de Dios.

“Yo siempre lo traté bien, nunca le puse una mano encima. Siempre lo sacaba a jugar a los parques, era un niño lleno de vida”, comentó en medio de un llanto inagotable.

De pronto, voltea su mirada al féretro, da un largo suspiro y a su mente le viene aquella imagen de Miguelito cuando tenía dos años. Sin duda, un recuerdo que tendrá que borrar.

“Una vez Fernanda lo encerró en el baño, él tenía dos años. Recuerdo que llegué del trabajo y le dije que no lo hiciera porque lo asustaba, sólo me comentó que lo hacía porque no lo quería llevar a la tienda”, manifestó.

Pero ahí seguía Miguelito, en medio de caras largas y rostros enmudecidos, esperando a que los seres queridos que alguna vez lo vieron reír, llorar y jugar le dieran un último adiós, aquel que será para siempre.

“Yo siempre lo llevaré en mi corazón, siempre estará en mis sueños, nunca lo dejaré de amar, ahora sólo hay que darle la cristiana sepultura que merece” (a las 15:00 horas de ayer).

LO AMARRABA

Los tíos de Miguel (Obispo, Benigno y Rosa Mireya) no se quedaron callados y contaron sobre los maltratos que alguna vez fue sometido su sobrino.

“Una vez nos dimos cuenta que lo mantenía amarrado con unos cintos en una de las camas, él sólo nos comentó que era un sonámbulo, pero no es cierto. También vimos que lo golpeaba, pero Fernanda sólo nos decía que era su padrastro y que tenía el derecho; no es justo que esté libre”, señalaron los tíos de Miguel

Por su parte, Rosa Jacinta Enríquez, abuela de Miguel, mencionó que su hija Fernanda jamás fue maltratada en casa, al contrario que fue una niña consentida y bien portada, por lo que se le hizo extraño que cometiera dicho crimen.
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