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Cuauhtémoc, Chih.- Saltillo, Coahuila, se separa de Carichi, Chihuahua, por miles de kilómetros de distancia, por cerros y desfiladeros sin fondo, pero los une la solidaridad para apoyar a un pueblo olvidado de la mano de Dios: los tarahumaras.
Veintiún toneladas de alimento donadas por habitantes de la Región Sureste de Coahuila fueron entregadas ayer en la comunidad de Ocoraré, municipio de Carichi, por integrantes del Banco de Alimentos de Saltillo luego del grito de auxilio de Araceli Torres, directora del Banco de Alimentos de Cuahutémoc, Chihuahua, ante la hambruna que viven los rarámuris.
No sólo se trataba de saciar el hambre, sino de salvar vidas a costa de todo, incluso de la propia vida: “para nosotros significó mucha responsabilidad; se nos hacía que nos íbamos por el voladero, creíamos que no íbamos a subir, que se nos regresaba el camión”, dice Vinicio García, del Banco de Alimentos de Saltillo.
Arturo Charles, Luis Alberto Jasso, al igual que Vinicio, fueron los encargados de cumplir el objetivo de aquellos saltillenses que se pusieron la mano en el corazón para ayudar convocados por Martha Garay, directora del Banco de Alimentos, y los medios de comunicación locales.
Camiones y camionetas de ocho comunidades tarahumaras de Carichi llegaron hasta Ocoraré, donde otro buen número de mujeres y hombres tarahumaras esperaban con paciencia la entrega de lo que será su alimento durante un mes, pues inexplicablemente esta entrega fue diferente, esta vez nadie se fue con las manos vacías, como siempre sucede.
“En el municipio Carichi, efectivamente, hemos tenido apoyo, pero es poco comparado con el tiempo que se ha prolongado la sequía; nos hemos dado cuenta de que en municipios de Creel o de Balleza se ha concentrado el apoyo, ya que poseen una gran cantidad de personas indígenas, pero también quisiéramos que no olvidaran que Carichi existe, por eso ahorita agradecemos bastante el apoyo que nos da el Banco de Alimentos”, comenta Ignacio Varela, Presidente Municipal de Carichi.
El Munícipe facilitó los transportes para traer a los rarámuris desde sus alejadas comunidades, pues algunos tuvieron que caminar más de 17 kilómetros para alcanzar una despensa.
Poco más de cuatro horas bastaron para organizar la anhelada entrega; rostros curtidos por el sol de mujeres y ancianos que no trasmitían sentimientos ni de alegría ni de tristeza y en cambio una gran paz, mientras los perros pelaban fastidiados por el hambre y sin miedo los bebés rarámuris gateaban entre el polvo buscando algo en qué entretenerse.
Las niñas tarahumaras que no pasaban de los 15 años amamantaban a sus bebés o los sostenían sobre sus espaldas para adentrarse en la fila y alcanzar una de las surtidas despensas que para ellos, que usualmente comen maíz y frijol, serán un lujo.
Carichi es uno de los 32 municipios de la sierra tarahumara, de los cuales 22 están en zona de emergencia por la sequía, situación que para ellos no es un castigo y toman con respeto, aunque no se acostumbran a no comer.
A lo lejos Don Evaristo Varela, médico y curandero del pueblo tarahumara, se toca el pecho, voltea hacia el cielo y regresa su mirada a su gente, pues dice que el soñó lo que sucedería e implora a su Tata Dios que el “corimá” o la ayuda no termine.
Y parece mentira que tanto color en medio de la belleza de aquel paisaje se marchite entre los pies descalzos de los niños, que aún no tienen nombre pero que igual no alcanzan a entender lo que sucede.
Pues al final de una larga jornada, inexpresivos, ellos aceptan a besos las más de dos despensas con las que se pierden en la sierra.
“Ellos aceptan todo esto a besos; aunque su cultura simple ha sido muy cohibida, en su largo caminar para llegar aquí se ve la necesidad, Dios no se equivoca y gracias a ustedes hoy tuvimos algo que llevarles”, finaliza Araceli Torres al marcharse de Ocoraré, seguida de decenas de tarahumaras que suben a su vehículo con la esperanza de volver a sus hogares con algo qué comer a falta de su preciado maíz y frijol.
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