Así es el crepúsculo de Paredón, un ejido de Ramos Arizpe ubicado a unos 80 kilómetros de Saltillo, en medio del desierto coahuilense.
RECUERDOS DEL TREN
El pueblo se ubica en una planicie rojiza rodeada por montañas. Es una tierra que parece no olvidar sus orígenes, cuando estaba poblada por agua, porque el aire, al levantar aquel polvo rojo lo azota contra los árboles simulando el sonido del mar. Para comprobarlo basta con cerrar un minuto los ojos y escuchar.
Ahí entre aquellas olas de polvo está la vieja estación: erguida, inquebrantable, resguardada por un cementerio de vagones
abandonados.
Paredón era hasta 1992 un sitio obligatorio para los viajeros que iban de Piedras Negras a Saltillo o de Torreón a Monterrey. Eran tiempos mejores. Los niños corrían siguiendo los trenes, mientras las mujeres –canasta bajo el brazo– ofrecían su comida y refrescos a los pasajeros.
Aquellos tiempos se han ido, pero el pueblo conserva esa costumbre de saber recibir a los viajeros. Y la estación ha quedado como un monumento al recuerdo. Por eso no es raro ver gente que vuelve siguiendo los ecos del pueblo que, cuatro veces al día, se convertía en una fiesta.
Los nativos, como se hacen llamar, tampoco lo han olvidado, por eso en la plaza principal todavía hay quien ofrece aquellos manjares desérticos: enchiladas y tacos cubiertos con lechuga, salsa y envueltos en un papel.
Caminar por el pueblo, que no llega a los mil 200 habitantes, es navegar por un mar de historias, donde el personaje principal es aquella máquina de acero que un día se fue y no volvió jamás. Recuerdos contados por ancianos que, sentados en las bancas de la plaza, pierden la vista en el horizonte y calman en calor con un vaso de agua fresca que alguien pasa vendiendo en una bicicleta.
LAS BONDADES DEL DESIERTO
Pero aquella extensión de tierra árida, que a simple vista parece impenetrable, también tiene su
nobleza.
A unos cuantos kilómetros de la cabecera se encuentra La Azufrosa, un pequeño balneario en el que se puede disfrutar de las aguas termales que brotan ahí.
Este lugar es visitado por cientos de personas de Coahuila y Nuevo León que buscan aprovechar sus poderes curativos.
El costo para acceder a este lugar es sólo de 60 pesos y permite al viajero una convivencia directa con el desierto.
Un poco más adelante se encuentran también las termas de San Joaquín que ofrecen a sus visitantes hotel, spa y dos albercas techadas, una con agua dulce y otra termal.
La estancia en este oasis desértico tienen un costo promedio de mil 800 pesos.
Sin embargo, para los visitantes que no desean hospedarse, San Joaquín cuenta con una alberca pública de aguas termales, que tiene un costo de 130 pesos.
Es imperdonable visitar Paredón y no ir al Siete Leguas, una pequeña cantina ubicada en la entrada de pueblo y decorada con motivos de la Revolución
mexicana.
Desde ahí, mientras se disfruta de un buen trago, se puede observar la caída del sol que dará paso a los ecos y voces del tren de pasajeros que fue en otro tiempo quien daba vida a este lugar.
RUTAS ALTERNAS
» Después del recorrido por Paredón, a unos 15 kilómetros desierto adentro se encuentra Anhelo, un pequeño ejido que sirvió como refugio para Miguel Hidalgo y su tropa. Fue su última parada antes de ser aprehendido en Acatita de Baján.
» Siguiendo la carretera 57, a unos 60 kilómetros del entronque a Paredón, se encuentra la Loma del Prendimiento, en Acatita de Baján, donde se ha erguido un monumento como homenaje a los caudillos de la Independencia que fueron capturados ahí.
» Paredón colinda con el estado de Nuevo León, por lo tanto, siguiendo la carretera que lleva a las termas de San Joaquín se llega al municipio de García (a unos 40 kilómetros), aquí vale la pena visitar las grutas que cuentan con importantes formaciones de estalactitas y estalagmitas, a las que se accede por teleférico.
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