Madre amable, fuerte y tierna déjame estar a tu lado.
Quita de mis cansados hombros la pesada carga que la vida ha puesto sobre ellos: trabajo, preocupaciones, poder y lucha, y la incesante competitividad de sentirme a prueba cada minuto. Ante ti, Madre mía, me encuentro totalmente seguro.
No tengo nada qué demostrar, nada qué temer.
Tú eres el único amor que no necesito merecer, el único corazón que nunca renegará de mí. Cuando me siento débil, tú me das fuerza.
Cuando vacilo, afianzas mis pasos.
Si caigo, me levantas innumerables veces. Cuando más me desaliento, más te encuentro junto a mí. En medio de la confusión, tú eres mi puerto de salvación.
En la batalla de la vida, cuando me acerco a ti, herido y asustado, siempre te encuentro esperándome.
Tú estás a mi lado en mi pecado y en mi vergüenza, contra mi pecado y mi maldad, pero nunca contra mí.
¿Cómo podré darte gracias por esta inexplicable ternura? ¿Cómo podré pagarte tan tremenda deuda? Mientras me aprietas contra tu corazón, me susurras palabras que sólo una madre sabe decir:
- Nada me debes, dices, nada me tienes qué pagar, nada qué borrar.
Mi gozo es el tuyo-.
Esto es lo único que tú deseas: mi completa felicidad, ahora y siempre.
Me siento sorprendido ante un amor como éste. Grande, mucho más grande de lo que podía imaginar.
Mis palabras, Madre, se hunden en mi garganta. Me arrimo más a ti, con lágrimas de alegría.
Reclino mi cabeza en tu tierno corazón: un corazón que siempre será mi refugio.
Estas lágrimas, Madre, son mi mejor oración: lágrimas de gratitud, lágrimas de paz, lágrimas de profunda y completa curación. Mantenme cerca de ti hasta que me encuentre completamente curado, ayúdame a ser todo lo que quieres que sea.
| Comparte ese artículo: |
|



