Sus hijos crecidos se regocijaron al verlo y él igual se desbordó en cariño; la vida le había hecho menor la espera por verlos y él se sintió mejor.
En Houston, durante el trabajo, Humberto López, de 30 años, ansiaba el momento de reencontrarse con sus hijos, le faltaba unos días para lograrlo, ya había mandado el dinero, 9 mil dólares en total, para remodelar la casa.
Por eso, cuando la patrulla migratoria lo interceptó para pedirle su licencia de conducir tras exceder el límite de velocidad en su camioneta pick up GMC que le vendió a plazos su patrón y no la traía, Humberto López en el fondo, cuenta, no veía tan desagradable la idea de volver a Honduras.
Asistió al juicio migratorio y prometió no volver nunca; lo castigaron 20 años para no volver a Estados Unidos y, escuchó del agente migratorio decirle en privado que era un tonto porque después de tanto esfuerzo por llegar prácticamente él mismo buscó su captura.
Humberto López los escuchó y regresó con sus hijos, pero duró sólo dos meses, volvió a dejarlos y lleva un mes de travesía ilegal por México a bordo de los trenes.
Espera alcanzar otra vez la frontera pese a sus promesas de estar con sus hijos y a la juez de no regresar a Estados Unidos.
No hay festejos de Navidad ni de Año Nuevo, las fechas carecen de importancia a bordo del tren, y las razones para regresar son sencillas de entender, dice: la pobreza.
En San Pedro Sula dejó dos hijos y una esposa, un niño de 8 y uno de 12.
En sus palabras se trasluce que no es sólo la pobreza la que lo hace dejar atrás Honduras, es la vida conocida en Estados Unidos.
En San Pedro Sula ganaba 200 lempiras al día, unos 10 dólares contra los 80 dólares en Estados Unidos, en su trabajo de albañilería.
“Allá en Honduras no puedes andar con un buen celular, no puedes andar con una buena cadena, no puedes andar en un buen par de zapatos porque en la esquina de ahí mismo de tu casa te la roban, te matan, no puedes andar con nada.
“Y en Estados Unidos puedes andar con la moda que tú quieras, que tú vayas, puedes andar bien acá y nadie se mete con nadie, incluso da gusto que alguien ande luciendo sus cosas; en Honduras no puedes andar con un buen celular y si es posible se meten a tu casa a matarte por un buen celular, la crisis, es la crisis, hay demasiada pobreza”.
La juventud de Honduras no quiere regresar de Estados Unidos, dice, y su país está lleno de mujeres solas.
La misma policía hondureña en el mes que estuvo en San Pedro Sula lo paraba para revisar a ver si no traía tatuajes, sólo porque lo discriminaban por su forma de vestir.
“En Estados Unidos es la ventaja, a trabajar yo puedo ir en un short, el mejor jale, el más especial que sea, el patrón no me va a decir que no vaya así, él va a ver el trabajo que yo hago, eso es lo que les gusta a los patrones allá.
“En Estados Unidos puedo estar tatuado todo hasta toda la cara y eso no va a ser problema para que yo trabaje en cualquier restaurante, en cualquier compañía, lo que va a querer el patrón es que yo sepa trabajar, y en Honduras es que ande bien vestido, el zapato bien boleado y en Estados Unidos a mí me dejan libre”.
Humberto López dice que por la pobreza en Honduras el trabajo de una semana no alcanza para comprar comida y en Estados Unidos con un día de trabajo compra comida en el mejor restaurante y ropa en cualquier comercio.
Regresar a Honduras, confiesa, ya no lo tiene planeado si llega a Estados Unidos, buscará quedarse para siempre.
¿Y los hijos?
Intentará regresare por ellos cuando logre el sueño de alcanzar la legalización.
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