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Saltillo.- Sinaloa, Baja California, Vizcaíno, San Quintín, Ensenada, Nuevo León y Saltillo han recorrido desde diciembre Dionisio Vega y su familia. La sequía le ha quitado el trabajo, nació en la Sierra Alta de Guerrero y desde hace 20 años es jornalero agrícola migrante. Llevaban dos días en la central y una noche sin comer él y dos de sus seis hijos.
Son las 11 de la mañana y esperan el camión que va para Jiménez, Chihuahua en la Central de Autobuses de Saltillo. “Esta sequía no nomás está matando a los animales, ni a la tierra, nos está matando a nosotros porque no hay nada que recoger, no hay trabajo, pero tenemos que seguir adelante”, dice el hombre de 48 años.
Migrar o morir es el único camino que se le ha dejado a los pueblos indígenas que vienen desde Guerrero, ante la negativa de las autoridades para asumir el compromiso de defender sus derechos, no les queda más que vivir como nómadas.
“Venimos de Doctor Arroyo en Nuevo León, pero no hubo nada, andábamos para ver si piscábamos chile, pero está quemado, no hay nada y donde hay tomate o papa está seco, los contratistas agrícolas dicen que no hay trabajo”, relata Dionisio.
“Le supliqué a la señorita del camión que no nos cobrara el pasaje de los niños más chiquitos, no tenemos dinero y lo que traemos es para que coman ellos, porque uno tiene que ver por ellos, mantenerlos comidos y seguros”.
El padre de familia dice que los niños no trabajan y que espera establecerse en Chihuahua para inscribirlos en la escuela y no pierdan el año escolar, el más pequeño tiene 4 años y la más grande, Marisol, tiene 14. “Quiero ser doctora cuando sea grande”, dice mientras cuida el único patrimonio de la familia: unos bultos en bolsa de plástico.
Dentro llevan ropa, juguetes artesanales para entretener a los niños, cobijas, trastes… la madre no habla, parece ausente.
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