Y mientras afuera los militares hacen su labor, los depósitos de cadáveres lucen repletos de cuerpos que en calidad de desconocidos esperan su traslado a la fosa común.
El coordinador de los peritos forenses del estado, Héctor Hawley Morelos, tiene en su mano una prueba de las “rarezas” que ocurren aquí desde que 5 mil militares más se apoderaron de las calles y las recorren día y noche. Pero todos preguntan cuánto durará la “paz”.
Es un oficio en el que se lee: “Hago de su conocimiento que el turno transcurrió sin novedad alguna”. Lo firma uno de sus subalternos.
Corresponde a la primera vez que el Forense no fue notificado de ningún nuevo homicidio, o “evento”, como le llaman aquí.
“El mes pasado todos tenían un evento que reportar, estos son todos los de febrero”, dice mientras enseña el monte de oficios que va desglosando de manera casi pedagógica: “Este perito de turno tomó tres eventos... A este de acá le fue bien, nomás tuvo un evento... A este de acá le fue muy mal, tuvo ocho eventos con 14 muertos... Pero ya están apareciendo otras rarezas: tengo varios reportes de sin novedad, ya han habido bastantes turnos que reportan sin novedad”.
El abrupto quiebre de las estadísticas hace sonreír a Hawley. Aunque febrero fue el mes más violento del año en la ciudad más violenta del país (231 asesinatos sólo durante esos 28 días, casi los mismos que en todo 2006), el puro anuncio de la llegada de 8 mil soldados y policías federales parece haber espantado a los delincuentes.
» A tal grado llega el estado de terror en la ciudad más violenta del país que, de hecho, la esperanza ahí prácticamente ya no tiene cabida. Si acaso, una fugaz sensación de calma –producida por débiles indicadores de que la violencia baja— genera espejismos que son la contracara de la frustración, de la angustia…
» Los habitantes de Ciudad Juárez admiten que la intervención del Ejército es necesaria para enfrentar a los poderosos cárteles que se adueñaron de la plaza. Sin embargo, ya vivieron el fracaso del Operativo Conjunto Chihuahua a un año de su arranque, y advierten que si la invasión de 5 mil soldados más no basta, “se acabó Juárez y se acabó México”.
» Las frías estadísticas lo confirman; con la llegada de 5 mil soldados el número de homicidios se redujo; pero así sucedió cuando se echó a andar el Operativo Conjunto Chihuahua... luego, la violencia se recrudeció.
MIL SOLDADOS A PONER ORDEN...
El sábado 28 de febrero comenzó un desfile de fuerzas militares que a todos dejó con la boca abierta. Ese día llegó la avanzada de los más de 5 mil militares y mil 800 policías federales que el presidente Felipe Calderón prometió enviar a Juárez fronteriza para reforzar la Operación Conjunta Chihuahua.
A casi un año de haberse puesto en marcha, los resultados de esta operación eran una escalada de violencia y muchas expectativas incumplidas, como el desmantelamiento de las redes financieras del narco y la reducción de los asesinatos (Juárez pasó de 300 ejecuciones registradas en 2007, a mil 607 el año pasado).
En un intento de salvar la situación, el sábado llegó el primer contingente: militares y federales en un convoy de medio kilómetro formado por transportes Humvee, pick ups, Hummer y camiones. Al paso de los días arribaron más efectivos en aviones Hércules. La ciudad se pobló de uniformados.
Ahora son ellos los que, a modo de bienvenida, les piden a quienes llegan a la central camionera que abran su equipaje. Plantados en las carreteras improvisan retenes junto al puente internacional que conduce a El Paso, Texas, y en cualquier calle. También están afuera de los hoteles de las avenidas importantes, copando gasolineras, comprando en el Sanborn’s, esperando que cambie el semáforo a bordo de una fila de vehículos... y acampando en estacionamientos.
La última opción
El jueves 5 por la noche, afuera del bar Hollywood –en cuya puerta se lee: “No drogas, no alcohol, no menores”, tres soldados con su uniforme, casco y chaleco antibalas, intentan cumplir una de sus primeras labores: mediar entre un grupo de pandilleros que pelean por una cartera.
“Nos mandaron llamar y teníamos que dar respuesta”, se justifica uno de los soldados cuando se le pregunta por qué está en el antro.
Y aunque se desconoce la fecha en que se irán, Federico Ziga, el presidente de los restauranteros, confirma que “con la llegada de las tropas, el comercio está teniendo un repunte porque son gente que tiene qué comer”.
Opina: “Es más peligroso no tener a los militares, la mera verdad. Mientras los narcos ajustan cuentas nosotros estamos en medio”.
Y concluye: “Si falla (la estrategia militar), ya no hay más, falla la estrategia de Felipe Calderón. Si no limpiamos la ciudad, se acabó Juárez y se acabó México”.
LA PAZ: ¿UN ESPEJISMO?
Pero la paz que comienza a notarse en esta ciudad puede ser un espejismo. Al inicio del Operativo Conjunto Chihuahua se observó una fugaz disminución de los homicidios parecida a la que ahora se presume. Durante abril, el mes en que arrancó el operativo, las ejecuciones bajaron a la mitad, pero el respeto de los narcos por los militares duró poco y mayo fue más violento.
Sin embargo muchos juarenses se dicen convencidos de que la presencia de los militares es necesaria. Es el caso, por ejemplo, del gerente de un restaurante de comida mexicana que abandonó su casa cuando un extorsionador lo llamó por teléfono para exigirle más de 100 mil dólares. Para él, lo único que puede remediar esa inseguridad es la entrada del Ejército. “Si ellos pierden, se pierde todo México”, dice desalentado.
Jornada de riesgo
Los policías locales que platican en la caseta del edificio de Seguridad Pública Municipal, hecha de madera, tienen una actitud ambigua. Llama la atención la barricada de costales que rodea su puesto.
–¿Para qué están los costales?
–Estos los pusimos porque en esta ciudad llueve mucho –explica uno de los uniformados, y completa: –Llueve mucho plomo. Los otros dos festejan el chiste.
Ellos aprueban que un militar asuma la Dirección de Seguridad Pública del municipio. Coinciden en que es necesario porque la violencia se salió de control, pero no dejan de ser escépticos sobre la eficacia de las medidas contra el narco, pues desde el año pasado el presidente Calderón envió 2 mil 500 militares y la violencia recrudeció en vez de apagarse.
Uno dice: “Por la seguridad está bien, porque nosotros también estábamos inseguros. Pusimos los costales desde que se hizo costumbre ir a los funerales de los compañeros porque la caseta es de pura madera, no nos protege nada”.
Otro agrega: “Mientras (los militares) respeten nuestro reglamento, está bien”.
Y el tercero: “Muchos no vienen a cuidar a la comunidad, sino a fregarnos, a hacer dizque nos detienen y a sembrarnos drogas. O llegan a casa y roban”.
Los tres, incluso el de ingreso más reciente, contrataron seguros de vida. Uno contrató dos seguros porque no confía en que el Municipio se haga responsable de pensionar a su viuda si él muere. –Creo que sí se ha calmado poquito.
–Ojalá se componga. Los policías no estamos preparados para el narco y ya ve los soldados: todo el tiempo que han estado ahí y no han podido. Ya si de a tiro no sirve nada, no servimos ninguno –es la respuesta de uno de sus compañeros.
El tercero se ríe. No quiere alabar a los militares y no concede todo: “Eso sí, los policías estamos más preparados para atender a la comunidad. Los otros no tienen estudios, son malamansados, bajados de la sierra, que no entienden razones. Desde que llegaron hubo problemas: querían implementar 48 horas de trabajo que no estaban en nuestro reglamento”.
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