Eduardo García | Saltillo, Coah.- Como un completo desconocido llegué a la colonia Nueva España en busca de unos parientes que hace años dejaron de vivir ahí. Perdido en el sector me acerqué a un trío de jóvenes que se encontraban en una esquina. Entre una pregunta y otra en pocos minutos me hallaba inmerso en su dinámica, en su conversación, en su rutina diaria de fin de semana.

LAS PANDILLAS CON MAYOR TRADICIÓN

Guerrilleros, Gavilanes, Distintos Zona Centro, Trolas de la Águila de Oro, Pelones de la Mira, Pesados y Bagguis de la Chamizal, Pilos del Cerro del Pueblo, Los Rieleros de la Cárdenas, Los Papuchos Vista, Los Crazys de la Zapa, Los Chicos de la Hidalgo, Los Catrines Berrueto y Vampiros San Isidro.

DEFINICIÓN

En términos del artículo 164 bis del Código Penal para el Distrito Federal en Materia de Fuero Común, y para toda la República en Materia de Fuero Federal, por pandilla se entiende: la reunión habitual, ocasional o transitoria, de tres o más personas que sin estar organizadas con fines delictuosos cometen en común algún ilícito.

EN NÚMEROS

575 bandas, según los últimos registros de la Policía Preventiva Municipal, se estima que en Saltillo existen. Entre 12 y 23 años son los que tienen los integrantes de una pandilla. Alrededor 70% de las pandillas únicamente se dedica al ocio, riñas o grafiti.

Entre las más violentas se tienen registradas las que habitan en las colonias Cerro del Pueblo, Guayulera, La Minita, Pueblo Insurgente, Espinosa Mireles, Satélite Norte y Sur, Bellavista, Buitres, Las Teresitas, Lomas de San Javier, Morelos, Universidad Pueblo, Vistahermosa, la Berrueto y Tanquecito, entre otras.
Luego de presentarse cada uno con su sobrenombre, me dijeron que se hacen llamar “Los Papichulos”, una de las 575 pandillas que habitan en Saltillo, y también una de las que tienen mayor tradición; más de 30 años y con 40 miembros activos de diferentes edades.

Los más chicos entran a la banda sin ser parte de ella, son alrededor de cinco niños de entre 8 y 14 años, generalmente hermanos o incluso hijos de alguien que está o estuvo en la pandilla, pero sus actividades se limitan a reunirse en la esquina de siempre después de la escuela y a amedrentar a pedradas a cualquier desconocido que pase por el sector, más aún si son de otro bando.

El siguiente nivel está conformado por 19 jóvenes de 15 a 25 años. La mayoría de ellos con estudios inconclusos; terminaron la primaria, pero desertaron en secundaria, de los cuales sólo unos pocos lograron concluirla gracias al sistema de educación abierta. Cuentan con trabajos temporales, pero la mayor parte del tiempo se la pasan en la calle.

Los más grandes tienen de 25 años para arriba, la mayoría de ellos son casados y trabajan, ya sea en labores de construcción o en fábricas, pero se dan sus tiempos para reunirse con la banda, mínimo los fines de semana, que es cuando la mayoría descansa.

LA REUNIÓN

Ese día ninguno de mis tres anfitriones había dormido nada en 24 horas, se la pasaron “loquiando” toda la noche, de un punto a otro consiguiendo algo de dinero para ir por las “guamas”, porque para ellos la cerveza es tan vital como el agua y, una vez entrados en la bebida, hacen cualquier cosa por conseguir más.

“El Ratón”, joven de 22 años y apariencia “normal” (no usa el tipo de ropa que comúnmente identifica a su pandilla), casado y padre de una pequeña de 5 años, se ganó el apodo gracias a su habilidad para sustraer todo tipo de artículos de los centros comerciales.

“El Marco”, joven de 15 años, delgado, hiperactivo, ceja rapada, cabello largo y ropa sucia (confiesa que no se ha cambiado en cinco días). Su madre era integrante de una banda de la colonia Saltillo 2000 y su padre uno de los fundadores de “Los Papichulos”; ambos retirados de las pandillas, ella es ama de casa y él se desempeña como cantinero.

“El Fercho” es el cuarto de ocho hermanos. Conoce a la mayoría de las bandas del oriente de la ciudad, con nombre y apellido de los integrantes. No vive en el sector, pero sus amigos “El Lobo” y “El Difunto” le dan asilo en su casa mientras les lleve un “chemo” (bote con resistol) de vez en cuando y un poco de alimento.

Los tres me dieron la bienvenida a la colonia y me ofrecieron sus hogares para pasar la noche, “aunque la mera neta no creo que vayamos a dormir, es viernes y es día en que se junta toda la bola”, dijo “El Ratón”, mientras saludaba a “El Loco” y a “El Piolín”, quienes recién llegaban de la obra; sucios, aterrados y hambrientos, ambos tienen 17 años.

EL GRUPO

A partir de las 3 de la tarde se fueron reuniendo la mayor parte de los integrantes de “Los Papichulos” “El Lobo”, “El Difunto”, “El Cowboy”, “El Buenote”, “El Cochinote” y “El Pimpollo”, cada uno con sus respectivos botes de resistol en sus ropas, que sacaban de tanto en tanto para inhalar.

Me ofrecieron un “baisi” (un toque, una probada) para estar a tono con ellos, pero cortésmente les dije que a mí no me hacía ningún efecto, “pos a nosotros tampoco, nomás nos avionamos un poquío, nomás aquí mi carnal es el que se alucina todo”, señaló “El Lobo” en relación con “El Difunto”, su hermano de 35 años, quien literalmente ya no puede vivir sin el vicio del resistol, pues lleva más de 20 años respirándolo y, según sus propios compañeros, ya no coordina, a veces ni se alimenta ni se baña ni nada, es un bulto andante.

“El Chompas”, antes de partir a la fábrica de metales donde trabaja, llegó a pedir un “baisi” a los que ya andaban “arreglados”, con la excusa de que entraba a laborar a las 6 de la tarde y doblaría turno. Según él, un trabajo de más de 12 horas diarias en el que percibe alrededor de mil 500 pesos por semana y en el que apenas le da tiempo para descansar.

“Pero ya mañana y el domingo me desquito, estos vatos van a estar aquí hasta la mañana que llegue”, dijo “El Chompas”, mientras caminaba cuesta arriba a tomar el transporte público.

Generalmente en la esquina donde estábamos sólo se reúnen los más jóvenes, pero el punto de reunión de los mayores se encuentra en la siguiente calle, doblando la otra esquina, así que mientras platicábamos de la familia, las bandas, el trabajo y las drogas se fueron acercando “El Pingüino”, “El Pelucas” y “El Marrano”, los tres mayores de 30 años y de los que sólo se quedó “El Pingüino” el tiempo suficiente para conversar.

LOS VICIOS...

Las sustancias más comunes en la mayoría de las pandillas, según los miembros de “Los Papichulos”, no sólo por lo económicas, sino por lo fácil de conseguir, son el resistol y el thiner; sin embargo, desde la adolescencia los integrantes le entran a drogas más fuertes.

Aunque a decir de los jóvenes, a nadie se le obliga a nada ni se le condiciona para que pruebe algún tipo de droga. “El que quiere, quiere, y el que no pos ya la libró, porque una vez que le entras ya es muy difícil de salir, la necesidad está cabrona”, señaló “El Pingüino” acerca de su adicción a la piedra que, luego de 5 años de consumirla, le cuesta dejarla. “Luego te ataca la ansiedad, el mal humor y no hay nada que te pueda tranquilizar, ni en tu casa ni el trabajo ni en ningún pinche lado”.

“Antes era de todos los días, pero pos ora nomás los fines, con el trabajo y la casa, pos ya no es tan fácil, luego a veces uno no da ni un centavo en la casa por meterse mugrero”, aseveró con un dejo de arrepentimiento porque ya no quiere seguir en las drogas, pero no encuentra el modo de alejarse de ellas.

Mientras “El Pingüino” habla de su relación con las sustancias tóxicas, “El Ratón” se torna pensativo, su hija tiene 5 años y le preocupa que crezca mirándolo como él mismo se ve en estos momentos: perdido; sin embargo, la reflexión le dura pocos minutos.

Se casó a los 17 años porque embarazó a su novia, desde entonces ha tenido más trabajos que toda la pandilla junta. Las fábricas le aburren, en la construcción es mucho el esfuerzo y poca la paga y en los centros comerciales piden estudios de preparatoria como mínimo y él, como la mayoría de sus compañeros, no concluyó la secundaria.

Lo más que ha durado en un trabajo son seis meses, razón por la que ahora se dedica a robar, algunas veces a casas particulares, pero asegura que es más fácil extraer artículos de tiendas departamentales para después venderlos o empeñarlos, pues como ya lo conocen en el barrio y otras colonias, tiene clientes seguros.

“Lo más importante es ir bien arregladito, que no parezcas malandro, porque si no, ya valió”, alecciona “El Ratón” a los oyentes antes de salir más tarde a un conocido centro comercial, pues se han quedado sin dinero la noche anterior y necesitan mínimo unos 300 pesos cada uno para seguirle hasta el domingo.

CONDUCTAS DELICTIVAS...

“El Pingüino”, con la experiencia que dejan los años, sólo los escucha, él mismo cuando joven hacía exactamente lo mismo, ya no roba porque trabaja desde hace 5 años en una fábrica de artículos para limpieza y además piensa en sus hijos, uno de siete y otro de ocho años, a quienes tiene que darles techo, comida y escuela.

Los más grandes todavía se juntan en la esquina, beben hasta el amanecer y de vez en cuando consumen alguna sustancia tóxica, pero se controlan porque ya no pueden darse el lujo de que los encarcelen.

“Todos hemos pasado alguna vez por ahí, unos más veces que otros, pero uno escarmienta, porque en una de esas ahí te dejan embotellado por muchos años”, comparte “El Pingüino” de las múltiples ocasiones en que la redada levantó junto a sus compañeros por disturbios en la vía pública, aunque asegura que eso era antes, porque ahora las patrullas ya ni se paran por el sector.

Y para muestra basta un botón, o dos en este caso. “El Ratón” y “El Fercho” estuvieron juntos 6 meses tras las rejas. Los sorprendieron “con las manos en la masa” mientras robaban en una vivienda.

Entre sus pláticas no pueden faltar los casos más sonados de los camaradas que han estado presos por delitos graves, tal es el caso de “La Monse” y “La Morena”, mujeres de armas tomar, quienes tomaron la justicia entre sus manos cuando miembros de la banda las quisieron atacar.

Cuentan que “La Monse” asesinó a su entonces marido, pues cansada de tantas golpizas que le propinaba cuando estaba bajo el influjo del alcohol, un día tomó un cuchillo de la cocina y le dio de puñaladas en el pecho, la metieron a la cárcel y al año siguiente salió libre, bajo fianza.

El caso de “La Morena” es un poco diferente, entre las constantes borracheras que se arman cada fin de semana en el barrio, uno de la pandilla quiso abusar sexualmente de ella, a lo que ésta respondió a navajazo limpio y lo mató. A ella le dieron cinco años, pues argumentaron que se encontraba drogada y alcoholizada y salió a los pocos meses.

Desde entonces las mujeres son casi intocables para “Los Papichulos”, ahora sólo se limitan a silbarles cuando se pasean por la calle o a compartir con ellas un “baisi”, cuando los buscan para divertirse. De hecho hay una pandilla vecina compuesta íntegramente por mujeres, con la que tienen buena relación, pues al igual que las dos mujeres antes mencionadas, las consideran peligrosas.

LA NOCHE...

Apenas oscureció y llegó el resto de la banda. Se terminó la plática y comenzaron las guerras de piedras, actividad que sirve para practicar en casos de emergencia, cuando otras bandas se quieren meter en su territorio.

A las 10 de la noche terminamos extenuados, tirados en la carpeta asfáltica, descansando mientras las madres de familia de las calles donde jugamos barrían las piedras y los restos de los envases que usamos para fabricar las “tiroleras” (instrumento que sirve para lanzar rocas). “El Ratón” “El Fercho” y “El Lobo” desaparecieron sin despedirse, pero regresaron horas después, bañados, arreglados y con envases de caguama para surtirse hasta la madrugada.

Venían de empeñar algunos artículos que acababan de robar en una tienda departamental; llegaron sonrientes, triunfantes y dispuestos a pasar una velada llena de alcohol y diversión.

Ahí estuvimos hasta la medianoche, cuando llegaron los mayores y comenzaron a pelearse entre sí, ni ellos sabían el origen de la riña, se hicieron de palabras y de las palabras llegaron a los golpes. Las luces de las casas aledañas se apagaron en su totalidad, mientras, los señores terminaron revolcados en el suelo con las botellas quebradas.

“Ya párenle cabrones, entre los mismos no se vale”, una de las tantas frases que repetían los integrantes del grupo para separarlos.

Parecía que de esa manera terminaría la diversión porque poco a poco se fueron retirando los demás hasta que sólo quedamos “El Ratón”, “El Lobo”, “El Pimpollo”, “El Fercho”, “El Marco” y yo.

Juntos nos dirigimos hacia la cueva: un pie de casa sin puertas ni ventanas a dos cuadras de la esquina donde estaba toda la banda, lleno de basura, escombros, y restos de botes de plástico, con un olor insoportable que trasmina la ropa y se impregna hasta el día siguiente.

Las cervezas que consumieron horas antes no hicieron efecto alguno, pero como ya eran pocos, fue cuestión de tiempo para que terminaran borrachos; cada uno llorando sus desgracias. “El Ratón” porque quiere cambiar de vida, porque teme pagar con su hija todos los desmanes en los que ha incurrido hasta el momento; “El Lobo”, “El Pimpollo” y “El Marco” no tienen expectativas, desde que dejaron la secundaria se han dedicado a la calle, pero no piensan en el futuro, y “El Fercho”, aunque asegura que controla los inhalantes que consume desde la adolescencia, reconoce que tarde o temprano si no se retira terminará tan mal o peor que “El Difunto”.

“Cuando uno está chavo aguanta un chingo, pero poco a poco el mugrero que te metes te va carcomiendo las entrañas hasta dejarte seco por dentro y por fuera”, expresó “El Fercho”, antes de quedarse dormido en una casa vacía, sin muebles, sin cama, sin nada a lo que pudiera llamarle hogar.

LA FAMILIA...

Según los miembros de la banda, al igual que muchas otras de la ciudad, la mayor parte de la pandilla está integrada por uno o dos miembros de cada una de las familias que ahí habitan, sobre todo si son colonias chicas como la 20 de Abril, que comprende apenas 10 manzanas.

Razón por la que nadie se queja de los desmanes que ocurren, ya sea entre semana o los fines, que es cuando hay más movimiento. Además, los mismos jóvenes se aseguran de alejar a otras pandillas que se acercan con intenciones de robar a sus vecinos o causar algún destrozo.

Incluso los mismos habitantes del sector defienden a personajes como “El Difunto” cuando sus compañeros se burlan de él, pues a estas alturas de su vida y con lo deteriorado que se encuentra de sus facultades no lo consideran un peligro.

“El Marco”, “El Cowboy” y “El Pimpollo”, por ejemplo, desde que dejaron la secundaria se la pasan todo el día en la calle mientras sus padres, quienes están la mayor parte del tiempo fuera de casa, no les recriminan por no estudiar, trabajar o hacer algo de provecho, esto porque saben que mientras no tengan la mayoría de edad les será difícil encontrar un trabajo formal, por lo que se conforman con los empleos temporales que los jóvenes consiguen, ya sea como cargadores en el mercado de abastos o ayudantes de albañil y, en el peor de los casos, ni preguntan de dónde obtienen el dinero.

“A veces le digo que fui a hacer algún jale y le doy dinero a la jefa y pos ya con eso se está contenta”, dice “El Marco” acerca de las ganancias que obtiene de los robos que comete en los centros comerciales cuando acompaña a “El Ratón”.

A “El Cowboy” y a “El Pimpollo” sus papás se los llevan a trabajar como ayudantes de albañil de lunes a viernes y lo más que les llegan a decir es “si ya no quiere estudiar no estudie, pero trabaje”. Así es como solucionan el problema de deserción escolar en la familia. Un problema que va más allá de cualquier conjetura, pues sus papás apenas terminaron la primaria y están acostumbrados al trabajo duro.

En otros casos, como el de “El Fercho”, quien se desaparece de su casa semanas enteras, asegura que nadie lo echa de menos, ni su mamá, quien es trabajadora doméstica, ni su papá, que se gana la vida como bolero en las calles del centro de la Ciudad, ni sus hermanos, pues los mayores ya están casados y los más chicos se la pasan en sus asuntos.

Pero no todos los jóvenes de la colonia son pandilleros, también hay muchachos que no son parte de la banda, pero que tienen buena relación con ellos, pues para lo más que los llegan a molestar es para pedirles un peso o un cigarro, aunque algunas veces hasta comida les piden para sobrellevar las malpasadas que se dan por andar en la calle.

Como el panadero que se acercó a surtir una tienda de la cuadra, apenas lo vieron y se lanzaron en bola para “tumbarle” algo de mercancía. El dueño ni se inmutó, sacó una bolsa repleta de bolillos y pan de azúcar que les regaló. Ya eran las 6 de la tarde y los panes de azúcar fueron la única comida del día, que acompañaron con un litro de leche que entre todos cooperaron, los bolillos los dejaron para hacer lonches en la noche.