En víspera del 73 aniversario luctuoso de José Fidencio de Jesús Síntora Constantino, esta comunidad, “Meca del dolor”, empezó a recibir fieles del Niño Fidencio provenientes de diversas regiones del país, en un escenario de superstición popular, mito, hipnosis y semireligión, todo un fenómeno cultural que surge a partir de la necesidad de aliviar males físicos, mentales y espirituales.

Entre la polémica y el debate, el "Fidencismo" no sería curanderismo, sino una mezcla entre ritos del catolicismo, santerismo y curaciones milagrosas, además de sugestión y magnetismo y bastante hierberismo, pero nada qué ver con brujería ni hechizos.

Desde este viernes y hasta el próximo 19 de octubre, decenas de miles de devotos, turistas y curiosos llegarán al epicentro de la Iglesia Fidencista para venerar al Santo (Niño Santo), fallecido en aquella fecha de 1938 a la edad de 40 años a consecuencia de causas naturales, y que según sus seguidores fue por cansancio tras dedicarse ininterrumpidamente a sanar enfermos.

Según los fidencistas, a los pacientes graves los tocaba y rezaba junto a ellos, operaba tumores sin anestesia, con un único equipo quirúrgico que era un trozo de vidrio de botella y presumiblemente sin que los pacientes sufrieran dolores o infecciones.

VIAJA PARA AGRADECER

Rosa María Hernández Hernández llegó el domingo a Espinazo proveniente de Reynosa, encabezando un grupo de 45 creyentes del Niño Fidencio, incluyendo su familia, y destaca que la causa del viaje es para agradecerle todas las bondades que en salud y trabajo han recibido durante el año.

Dice que es “materia” o “cajita”, como se les conoce a quienes a través del espíritu del Niño Fidencio consideran que pueden sanar enfermos.

“No cualquiera puede ser materia, sino sólo aquello que Dios y el Niño Fidencio seleccionan”, aclara Rosa María, quien al igual que todas las “materias” viste con ropa de colores brillantes.

Ella, al igual que cuatro de sus hijos, hicieron un recorrido rodando por el suelo y arrastrándose desde el inicio del callejón principal hasta la tumba de Fidencio Síntora Constantino.

En la Tierra Santa de los Fidencistas, ubicada a 130 kilómetros al suroeste de Monclova, las “materias”, quienes también se visten como enfermeras porque se consideran esclavas del Niño Fidencio, hacen su trabajo con enfermos, muchos de ellos desahuciados por la ciencia médica, quienes abrigan la esperanza a la conclusión de sus padecimientos.

Las “materias” imitan la voz que haría una niña de tres o cuatro años de edad, colocan sus manos sobre los hombros del enfermo, rezan, hacen pronunciamientos, entran en trance como parte del ritual. En su lenguaje, ellas cambian la “erre” por la “ele” como si un chino estuviese hablando en castellano.

También curan con música, pues a los enfermos los sacan a bailar ya sean hombres, mujeres, niños o ancianos, generalmente al ritmo del “Pávido Návido”, porque consideran que esa una forma de llevar alegría a los que sufren de alguna enfermedad y compartir el espíritu del Niño Fidencio.

Regalan dulces al término del ritual, pero es tradicional observar que las “materias” durante la etapa intensa de las festividades arrojan cientos de naranjas desde las azoteas, por eso muchos curiosos acuden a la antigua estación ferroviaria a presenciar el suceso, aunque otros lo hacen por fe, porque les dicen que si son golpeados por el fruto entonces quedarán sanados, sin importar el padecimiento.

Durante las festividades, donde con el aniversario de la muerte del Niño Fidencio se celebra su nacimiento espiritual, abundan los homosexuales, y los pobladores explican que ellos se identifican con Fidencio Síntora Constantino por la voz delgada, lampiños y porque nunca se casó.

En esta diminuta comunidad de 250 habitantes, por todos lados se observan playeras, cuadros, llaveros y demás con la imagen de Pancho Villa, y esto ocurre porque Enrique López de la Fuente, protector y amigo inseparable del Niño Fidencio, combatió durante la época de la Revolución Mexicana con las brigadas del "Centauro del Norte".

Narran que José Fidencio de Jesús Síntora utilizaba un columpio para curar dementes, mudos y sordos, pero tenía también una pantera sin dientes ni garras, y a la jaula donde encerraba a la fiera arrojaba a esos enfermos, quienes por el susto supuestamente quedaban curados.

Fidencio no cobraba con sus curaciones ni aceptaba ningún pago por ellas. Decía que él no curaba, sino que era sólo el intermediario de los poderes divinos.

Los lugareños comentan que a los dementes los sentaba en un columpio y enseguida les arrojaba “naranjazos” en la espalda y supuestamente algunos quedaban curados.

Por eso, aún hoy en día, al igual como lo hacía el Niño Fidencio, las “materias” o “cajitas” se suben a las azoteas de las casas y lanzan naranjas a la multitud y todo aquel que es golpeado queda sanado.

La recámara donde murió Fidencio Síntora Constantino aún se conserva casi intacta, con un par de añejas sillas, los restos de lo que alguna vez fue un piano y una estufa de leña. A un lado de su tumba las “materias” hacen sus rituales, mientras que en un charco de cieno y lodo con agua de lluvia estancada durante años, los creyentes ahí se sumergen sin importarles el pestilente lugar.

El rostro lo embarran de lodo, mientras que los vendedores de yerbas y pomadas se esfuerzan para colocar sus productos entre el público.