A Gerardo Javier Solís García le cuesta trabajo aceptar que está preso por el delito de robo simple, pues con la ayuda de sus padres espera salir lo más pronto posible, aunque tenga que pagar más de lo que costaba el aparato que robó.
“Sólo estaba de paso, vine a visitar a mi novia con la intención de instalar un cibercafé en Saltillo”, comenta a cerca del día en que lo detuvieron en el interior de una vivienda, ya que asegura que ni siquiera sabía lo que estaba haciendo por el efecto de las drogas.
“Nunca me había robado nada, soy egresado de la carrera de comercio internacional en la ciudad de Monterrey, me gasto más dinero en los vicios que tengo de lo que costaba la dichosa computadora”, dice.
Según Gerardo, sólo está en espera de que las autoridades del reclusorio regresen de vacaciones para finiquitar su estadía en el Cereso, pagar la fianza y poder olvidar el bochornoso acontecimiento que lo dejará marcado para siempre.
“Sí, necesito ayuda urgente para salir de las drogas, pero este no es el lugar adecuado para comenzar el proceso de desintoxicación”, reconoce mientras le baja el volumen a su voz.
Para Gerardo, el sólo hecho de pisar el reclusorio es tocar fondo, es caer en lo más bajo que jamás pudo haber imaginado, pues siempre se consideró hijo de familia y, a pesar de que siente que les ha fallado.
“Pues gracias a mis padres y a mi novia que no me han dejado solo, han estado al pendiente desde el primer día” expresa con un nudo en la garganta, pues asegura que sin su apoyo se sentiría completamente desamparado.
En estos momentos, lo único que desea es ingresar en una cínica especializada para tratar su adicción a las drogas, comenzar desde cero para poder ejercer su profesión y formar una familia con su novia.
“Esta experiencia no se la deseo a nadie, es lo peor que le puede pasar a una persona, apenas llevo una semana y los días me parecen años”, concluye.
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