Los haitianos están parados sobre lo que fue la Comisaría de Delmas, irónicamente ahí quedaron sepultados juntos los cuerpos de policías y delincuentes recluidos en la prisión convertida a escombros.
Los sobrevivientes del terremoto se lanzan uno sobre otro, cuatro oficiales de los cascos azules de Nepal y Bangladesh inquietos se acomodan los fusiles, dos policías haitianos a gritos intentan poner orden y cierran el contendor para apaciguar los ánimos.
Serge Mario, un mulato de 22 años, sale sudoroso, con el rostro iluminado, carga sobre su hombro derecho un costal de arroz y en sus bolsas del pantalón dos botellas de aceite de soya.
Una sonrisa de quien se sabe triunfador de una faena complicada se dibuja en su rostro y abandona de prisa el lugar lleno de polvo y gritos de: "queremos ayuda, tenemos hambre".
Rosa María observa las escenas y opta por alejarse más. "Parece que quieren más muertos, parece que quieren que la gente se mate por comida, si ya saben que tenemos hambre y necesidades deben de poner orden.
"Mire aquí ahora en este patio había una comisaría, aquí quedó mucha gente enterrada, no saben ni cuántos murieron y mire aquí nos vienen a entregar la comida. Debería de haber orden, así vamos a terminar matándonos unos a otros por comida", reflexionó.
Rosa María es una mulata de 50 años, rara por el cabello lacio largo. Ella narró que vivió un tiempo en Santo Domingo, donde conoció a un mexicano con quien procreo una hija.
"Sí, tengo una hija mexicana de 22 años, se llama Tony, por su papá que es mexicano y ahora voy a buscar que nos ayuden para poder mandarla por lo menos a ella a México, vamos a ver si es posible eso.
"Mire ahora no tenemos casa, se nos cayó encima, pero gracias a Jesucristo todos sobrevivimos, mi otra hija Cristiana, Tony y yo. Sí dormimos al aire libre y comemos lo poco que podemos conseguir, así es la vida acá, bien difícil", comentó.
Pero bueno, agregó, "vivo con la fe del señor, sin ella sería imposible seguir de pie en nuestra tierra que ha sido bañada de sangre".
La oscuridad empieza a cubrir el cielo de Puerto Príncipe, los cascos azules y policías haitianos prefieren cerrar el contenedor y posponer la entrega de ayuda hasta la mañana del sábado, que sin duda no será diferente, pues son tiempos de crisis alimentaria.
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