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Nuevo León.- Allá por el año de 1963, mi familia vivía en un ejido que está a un costado de la carretera que comunica al municipio de Dr. Arroyo, Nuevo León, con el de Matehuala, San Luís Potosí.

Casa de adobe, techo de terrado y viguería, piso de tierra amarilla, un amplio jardín lleno de árboles frutales y atrás de la casa la parcela de maíz.

Precisamente, parte de esa cosecha la íbamos a vender mi hermano Liborio y yo, a la Plaza Juárez de Doctor Arroyo.

Temprano acudíamos a la escuela y regresando, abríamos el puesto para vender el grano a quien lo solicitara.

Generalmente, al caer la tarde regresábamos a casa para que no se nos hiciera muy noche en el camino.

Eran cerca de 10 kilómetros los que recorríamos diariamente a pie entre carretera y monte.

Sólo cuando había luna llena podíamos darnos el lujo de pasear un rato en el pueblo, pues el camino se iluminaba y no teníamos mayor problema al regresar.

Pero una vez sucedió algo terrible, resulta que ya era noche cuando Liborio me dijo: ¿Sabes qué? yo me voy a quedar a dormir aquí en casa de mi tía, te vas a la casa y le dices a mamá que acá estoy, que no tenga pendiente.

Tomé mis cosas y salí apurado, pues ya era tarde para andar solo entre el monte.

Casi a la mitad del trayecto había una vereda que entraba a una zona de monte alto, y si cruzaba por ahí, me ahorraría cerca de media hora de camino.

Lo malo es que era muy cerrada la vegetación y tenía pendiente de que algún animal me saliera al encuentro.

Pues como ya iba retrasado decidí irme por ahí, pero cuando ya estaba entre la espesa arboleda empecé a escuchar a mis espaldas ruidos extraños.

Sin detener la marcha pensé por un momento que era mi hermano quien finalmente había decidido venirse y pretendía asustarme.

Sentía raro el ambiente y repentinamente volteaba para ver si lo atrapaba in fraganti, pero no lograba distinguir casi nada entre la oscura penumbra.

Sólo el caminito de tierra blanca se dibujaba entre los matorrales, la luna no era llena, así que eso acentuaba más las sombras alrededor.

Un airecillo se colaba entre los brazos de los mezquites y ébanos, sacudiendo las vainas que caían al suelo acompasadamente.

No sé por qué me empezó a entrar miedo, ya había cruzado muchas veces por este sendero de noche y jamás me había sucedido nada extraño.

Tal vez esos ruidos me hicieron sentir nervioso y por eso apreté las libretas y libros de la escuela contra mi pecho, como si fueran un escudo protector.

Apuré el paso, y de vez en cuando gritaba: “¡Ya, Liborio, eres tú…! No me vas a asustar, ¡ándale, salte de las hierbas!”.

Fue tal el acoso, que sentí una presencia justo atrasito de mí y en un claro del caminito me paré repentinamente.

Sin decir nada voltee decidido para tratar de descubrir al bromista de mi hermano, pero por más que busqué no encontré nada ni nadie.

Entonces sí me dio pendiente y cuando di la vuelta para empezar a correr rumbo a casa, frente a mí descubrí un bulto blanco a mitad del camino.

El pánico se apoderó de mí, y cuando quise sacarle la vuelta por un lado, con terror observé que aquél ser abría sus brazos y se movía hacia donde yo trataba de irme.

Quería gritar, pero no podía, hasta que ya desesperado, gracias a Dios me salió un tremendo grito: ¡Mamá. ayúdeme! Fue entonces que se hizo a un lado y pude correr tan rápido como mis piernas podían y a grito abierto llegué a la casa.

Toda la familia salió a ver qué me pasaba, y yo les dije que un bulto blanco me había asustado entre el monte.

Mis primos mayores agarraron los machetes y fueron a buscar al mentado fantasma, pero no hallaron nada, incluso se pasaron al pueblo a buscar a Liborio y lo encontraron roncando en casa de la tía.

Jamás supimos qué pasó esa noche, pero lo curioso fue, que a las dos semanas, lamentablemente falleció mi abuela.

¿Sería esto un presagio de su muerte?